Edición 369

Los campesinos no van con ruana a Palacio

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Los campesinos no van con ruana a PalacioEl campesino colombiano es un ser tímido, ingenuo, madrugador, casi sin dientes, con arrugas en la frente y sudor en el sobaco, no usa perfumes, ni fue a un bachillerato, habla el idioma de los surcos y se aprendió el estribillo de la rana en la cañada.

Ya no tiene para comprar un machete y lucirlo en su cintura, tiene las manos ásperas de tanto sobar el lomo del azadón. Conserva todavía la fortaleza en sus músculos para lidiar el toro y el buey que le ayudan a sacar del corazón de la tierra la comida. Lava sus manos para ordeñar su vaquita y saca tiempo para arrullar por la noche a su hijita menor que nunca hablará porque nació muda. Esa es su suerte y su destino secular.

El sol y el agua se acostumbraron a ver al campesino acurrucado junto las arracachas, la yuca, las papas y escarbando la tierra para extraerlas con sus uñas carcomidas. O también lo vieron cansado desgajando las mazorcas de su tallo, o los fríjoles o arvejas de su hilo, para llevarlo en bolsas al revendedor o rozando con la guadaña el esquivo pasto para darlo de comer a su vaca y al burro que le sirve de vehículo. Para él nunca hubo un tractor con cuchillas, ni maquinaria que cortara y recogiera el arroz ni el trigo. Para él no hubo subsidios millonarios, nadie lo invitó a una capacitación, ni se le adjudicó una beca a sus hijos ni aprendió lo que es una ecuación o una metáfora.

El campesino nació en la vereda escondida  en donde tiene su casita de bahareque con ladrillo al aire. Conoce y conversa con el horizonte de sus penas, ve pasar las mariposas y los toches sobre los guayabos y mandarinos y saluda de paso a la maestra que da clases a cinco grados en la escuelita abandonada. Cada mes baja al pueblo un domingo con su mujer y sus cuatro hijos que le ayudan a llevar por el camino de herradura, legumbres, granos y pan de maíz hecho en su horno de leña. En las noches reza el rosario para que le vaya bien en sus cosechas y la virgen no permita que los paras o la guerrilla le arrebaten su parcela.

Los campesinos no van con ruana a PalacioDesde que sus padres se instalaron en el campo, heredaron la hierba, las flores, el cantar de los pájaros en la tarde y la frescura de la quebrada. Al analizar su vida quieta, más parecieran anacoretas que llevan una vida con votos de pobreza y de resignación a sus penurias.

Se levantan temprano, casi sin saludarse, ni se bañan todos los días, visten sus mismos pantalones y camisas comprados de segunda, van a las eras a sembrar o cosechar, según la época, comen en platos esmaltados, casi sin sal ni azúcar y ni conocen el champú ni el talco ni los enlatados de café ni de verduras.

Su vida social es casi nula. Las casas vecinas quedan algo lejos y sus moradores sólo se acercan para intercambiar productos de la tierra y para pedir ayuda en la enfermedad o la sequía. Sólo tienen a una visitante extraña que es la maestra, porque el cura cada año viene y le matan una gallina. Su vocabulario es más pobre que el humilde campesino, su mirada es lánguida y su voz es quebradiza como los chamizos que descansan secos junto al horno. Vive solo, olvidado, casi desechado por la otra Colombia citadina.

¿Quién se acuerda, quién sabe que en Colombia hay campesinos? ¿Será que ni el gobierno repara que el campo y el campesino que vive allá, es la gran reserva espiritual y económica del país?

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