Edición 363

Los cien días de Juan Manuel

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Los cien días de Juan ManuelMe atrevo a llamarlo únicamente con su nombre. Su estilo campechano y liberal, como si acabara de salir del campo de tejo Villamil de otros tiempos, lo está caracterizando. Por fortuna no se necesitarán ocho años para domesticar a un país. El ambiente que se enrareció en el gobierno pasado comienza a despejarse.

Ya no luce la pendencia, la arrogancia ni la polarización. Ni el propio presidente en su persona ni en la de sus asesores se nota prepotencia ni afán de protagonismo. Y, con todo, se nota su presencia y su gestión en estos tres meses.

Santos está desmontando el tinglado que se había armado para que en radio, TV, periódicos y hasta en facebook se viera la imagen del presidente a toda hora, a sus generales, a sus coroneles e intendentes, no a sus ministros. Había ambiente de guerra, de nepotismo general, de amiguismo, de caudillismo, de corrupción soterrada, de desenfado en la administración, de confrontación entre Ejecutivo y Legislativo contra el Judicial y de desinformación. Las relaciones internacionales, especialmente entre vecinos estaban minadas y había que andar de puntillas.

La economía la manejaron la banca, los industriales foráneos, los concesionarios de puntos mineros, en Cerrejón, Cusiana, Calarcá, Nariño, Chocó y los contratistas se llevaron buena parte de la torta, junto con los gastos del Congreso y los desfalcos de entidades como Fondelibertad, Agro Ingreso Seguro, y lo queda por verse. El mapa nacional se inundó por el invierno de la venalidad y el clientelismo. Sin tocar la escasez de seguridad social, el descuido de nuestras selvas y reservas hidrográficas, la seguridad en nuestras ciudades, el desempleo galopante, el desplazamiento forzado y las muertes ilegales de jóvenes lejos de su residencia.

Juan Manuel Santos ha ido rescatando la tranquilidad, la confianza entre ciudadanos, la transparencia en la actuación de las entidades, ha puesto orden en las filas, y ha dejado a sus ministros que hagan su tarea. Está restableciendo la institucionalidad y fortaleciendo la armonía entre los tres poderes. Nadie teme al Presidente, pues no manda como Maquiavelo en aquellas épocas monárquicas. Infunde respeto por el tacto en el manejo de los asuntos y boga con acierto en el río revuelto que ha encontrado. Remar, ciertamente, en contracorriente, no es fácil. Su bancada no lo ha respaldado con decisión porque tiene la mira en el retrovisor. El ambiente que se respira es real, sin cortinas de humo y es apto para empezar a hablar de democracia.

Veremos los cambios que introducirá en la nefasta ley 100 y las estrategias de que se valdrá para generar lo que se ha llamado el “primer empleo” para jóvenes. Estaremos atentos a ver cómo sigue la evolución de la ley de tierras y la de reparación de víctimas. Hay muchas heridas abiertas que habrá que sanar en lo laboral, en justicia, en salud, en políticas de minas y precios de gasolina, en infraestructura vial y manejo de las licencias de construcción en las ciudades que se ven ahora con las lluvias. Afortunadamente no es una sola mano como antes la que trabaja y manda, sino que tiene el Presidente un equipo capaz y crítico desde antes de su mandato.

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