Edición 371

Alas rotas en la economía de la casa

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Marcha de la minga Indígena desde el Cauca hasta Bogotá

Pobres corazones rotos, adiós a sudores e ilusiones de padres y madres de familias que cifraron su esperanza en los números de personas que vinieron como pastorcitos generosos a ofrecer dividendos fabulosos

Colombia está en la misma situación que cuando llegaron Colón y sus rudos hombres con baratijas y espejos para que se vieran el rostro. Engatusaron a los ignorantes aborígenes y trocaron su oro por señuelos y engañifas celestiales.

Si de verdad volvieran el padre De las Casas y Álvar Núñez Cabeza de Vaca, con sus crónicas, encontrarían la misma miseria, los mismos despoblados, el abandono y unos ojos en busca de esperanzas en seres que les ofrecen riquezas, seguridad y buen futuro.

Razón tuvo García Márquez cuando denominó a Colombia como a la nueva Macondo, una región que cree en magias, historias tremebundas y milagros. Han pasado más de 500 años y la ingenuidad sigue siendo factor común en la matemática de los vivos. Los pobres incautos depositan su fe en señores bien peinados, con lengua de serpiente femenina que ofrecen la manzana de la ganancia y luego voltean su espalda y dejan a Eva y Adán por fuera de su paraíso.

Esta es una muestra de hasta dónde ha llegado la falta de credibilidad en nuestras instituciones bancarias y financieras. Ya nadie, ni los de bajo ni alto estrato confían su dinero a las arcas de la famosa águila, porque recuerdan su escapada a Panamá y las trapisondas del honorable padre Gaitán Mahecha en la Caja Social bendita con aguas lluvias. Es mejor confiarlos al colchón o al primer avivato que ofrezca jugosos dividendos.

Las economías domésticas de los colombianos que recogen pesitos en sus afanes ordinarios, no tienen un lugar seguro. En los bancos le cobran comisiones, le salen con cuentos de la baja de la bolsa y de las grandes pérdidas por la globalización, pero al final de los trimestres se solazan de sus altos porcentajes de utilidades.

La voracidad de las entidades financieras ha sembrado dudas, han cambiado las reglas de juego en la mitad del tiempo, y ahora la cosecha la vienen a recoger los mesías que prometen sacar de la inopia a los infelices y nuevos ahorradores.

La Wall Street colombiana ha quebrado su fe en el pueblo raso de Colombia. No serán los 600.000 millones que se han embolatado. Las pequeñas economías, ante los ojos pasivos de las entidades de protección y seguridad de los bienes de los ciudadanos, han quebrado. Hombres honrados, campesinos, empleados de salario mínimo han caído en la trampa y la noticia se sabía por quienes tienen a su cargo el control financiero en el Estado. ¿Cómo va a responder por esta cadena de pirámides de estafas, más inmensas que las de Kefrén y Micerino? ¿Habrá algún responsable? ¿Pagará con su dimisión y tendrá que repetir por su negligencia en frenar tales desmanes?

Habla el Procurador, habla la prensa, habla el Presidente cuando el largo chaparrón ha destrozado esperanzas y el pueblo se ha exacerbado. ¿Para qué entidades de control, Defensoría del Pueblo, Congreso bien remunerado? Ellos allá están bien alimentados, pero los que no tienen un porvenir asegurado no tienen en quién confiar su vida, su comida, y la educación y futuro de sus hijos.

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