Edición 364

Un pequeño Dios ha muerto

PDFImprimirCorreo electrónico

Un pequeño Dios ha muertoNivaldo Augusto Hoyos, un pequeño dios, enfermo de filosofía y muchos años en su lomo, ha muerto “en olor de poesía”. Murió como mueren los humanos, rodeado de los brazos amorosos de su esposa e hija y atiborrado de paliativos y agujas en su cuerpo.

Los amigos, otros locos que comíamos en el mismo plato, no pudimos revivirlo. Los poetas no sabemos hacer el milagro de insuflar las venas ni de hacer brotar versos de una boca por la que ya no sale el agua de la palabra.

Ya Augusto no echaba su cabeza hacia atrás ni sonreía con sarcasmo por un chascarrillo o comentario. No hilaba en su memoria las historias de muchacho trashumante, ni caminaba erguido con la frente en las estrellas. ¿Para qué un Augusto, pensaría él, sin la gracia acuosa y resbalante de su estilo reposado y meditativo? Era mejor esconderse para siempre de la mirada de  sus amigos. Dijo alguna vez:

“La inocencia se arrojó de mi rostro
y me dejó este gesto parecido a la sonrisa
y estos ojos de lluvia
parecidos en tormenta a la tristeza”…

El mundo queda hoy semivacío. Porque cuando un hombre con otro mundo adentro se va, deja un hoyo más grande que el de su apellido. Sería inútil volver a mirar el rostro bonachón del amigo, porque ya no responde ni es capaz de articular un sarcasmo o un monosílabo de consentimiento.

El mundo ya no será el mismo sin él. Dejó la huella de su talla 43, deja a su hija Natalia y hoy nos deja el tesoro de sus versos. Su epitafio, sin pretenderlo él, porque jamás lo proclamó en voz alta, podría ser este pensamiento salido de su ingenio:

“Regresaré  al insondable laberinto
de mis formas iniciales
donde todo y nada suman infinito”.

Dejemos, entonces, que Augusto salga solemne y sin  ceremonia de esta caja ocre para ingresar a ese laberinto sin fondo que es la eternidad. Allí se sumirá con las formas iniciales del Big Bang y entrará a sumarse nuevamente a la materia que lo moldeó una vez. Irá a ese mar que soñó y nunca cruzó. Levantemos la mano los familiares y amigos que quedamos en el puerto y despidámoslo con estas palabras sentenciosas que nos deja:

Nada hacía presagiar
que mi barco tomaría un rumbo desconocido
Nada hacía presagiar
la soledad, el silencio
y ese rumor de olas
que me acompaña en playas sin nombre
Lentamente desperté del sueño
a una realidad increíble
Mis ojos se detuvieron a la orilla del mar
y unas olas con peces diminutos
cubrieron una sombra reflejada en la playa
por la luz de la tarde

*Los pensamientos, opiniones y expresiones de los columnistas son libres y no influyen, condicionan o significa el criterio editorial de Buque de Papel.