Edición 353

Las olas del mar y la flauta con el ermitaño

PDFImprimirCorreo electrónico

Las olas del mar y la flauta con el ermitañoMuy de mañana, antes de que la aurora dejara su pijama negra, salió el eremita de su habitáculo y la Luna aún reía en el horizonte. Caminó erguido hasta debajo del sicomoro que dominaba repolludo en el paisaje. Acomodó la caña lisa que usaba como bastón para sus caminatas y se sentó como un beduino. Cerró los ojos y ordenó sus neuronas para oír los sonidos que venían de más allá de las arenas.

Empezó a sentir el juego del oleaje de pleamar sobre la ribera. El mar cabeceaba semidormido y daba vueltas como nadador experto. Sacaba sus rizos cubiertos de espuma y pequeñas algas y dejaba que su cabellera rodara hasta la línea que todos los días tocaba. El arrastrar de sus cabellos y el dejarse llevar por el empuje de su cuerpo de coloso producía un rumor que se parece a quejido de mujer que sueña entre los brazos de su amado. A veces el rumor subía porque el abrazo era más fuerte y la sensación subía de tono.

El sonido no era estridente e invitaba al relax, llenaba de paz todo el cuerpo del ermitaño. Hubiera querido tener más grandes sus orejas para captar más de cerca la intimidad que había dentro del sonido y que llegaba sonoro hasta sus entrañas. Así estuvo en este disfrute hasta que oyó una melodía que casi cortó el embrujo que el beso de las pequeñas olas que ya bajaban, dejaron percibir el viento que salía por entre los huecos de una flauta dulce.

¿Quién tocaba tan suave, tan despacio, la avena que una vez cantó Virgilio por sobre los montes que se disipaban entre las sombras de la noche? Quizás era un enamorado nubio errante en medio del desierto que pensaba en una hurí lejana e imposible. Su corazón salía por entre las notas y él lo sabía. Aunque su amor jamás lo sabría la canción llegaría hasta sus oídos.

La melodía venía por sobre el tul azul que ya aparecía en la mañana. El sicomoro lucía su falda ancha de esmeralda y con ella protegía de los rayos la humanidad del anacoreta. Al abrir los ojos, miró a la distancia y vio el silencio, el vapor que subía de la arena y la inmensidad que lo miraba encanecido y joven cuando se levantó de su gira por el mundo de las olas y la música. ¿Qué más necesitaba en sus días de vida?

Tenía la alforja de su cuerpo llena para una semana, para un mes o para siempre. No suspiraba por saber qué ocurriría la hora siguiente. Su lengua saboreaba el aire y su hígado respiraba limpio de grasas y de harinas.

Tomó de nuevo su bastón y erguido emprendió nuevo camino por una arena que ya había olvidado sus pasos y su presencia. Nadie lo esperaba, solo la soledad sincera y la inmensidad abierta y atenta que escuchaba su respiración monocorde y sosegada. El día prometía paz y mano cálida.

*Los pensamientos, opiniones y expresiones de los columnistas son libres y no influyen, condicionan o significa el criterio editorial de Buque de Papel.