Edición 359

¿Qué es una mujer desnuda?

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¿Qué es una mujer desnuda?“El erotismo es una de las bases del conocimiento de uno mismo, tan indispensable como la poesía”. Anaïs Nin

He leído en la revista Letralia de Venezuela el texto de Laura Berdejo “¿Quién es la mujer desnuda?” Se refiere a la modelo Victorine Meurent que aparece en el famoso cuadro de Manet Desayuno sobre la hierba. El título ha desviado mi atención hacia otra pregunta que siempre me ha inquietado como varón y esposo y ex cura.

Los modelos educativos y de buenas costumbres, influidos por cánones religiosos, han hecho voltear los ojos y bajar la cara para no mirar las desnudeces totales o parciales de nuestros semejantes —y aún, de animales cuando realizan actos sexuales. El sexto mandamiento prohibió mirar, desear, hojear, pensar y tocar a la mujer en directo o a través de ventanas, revistas o Internet. Todo lo que oliera o supiera a sexo se condenó e incluso hubo un santo que se preció de no haber mirado nunca el rostro de su propia madre. A partir de ese tabú se ha fijado en nuestros ijares una sensación de miedo, pecado y hasta fastidio de la palabra desnudez.

¿Qué pintura viva no es tan exquisita como el cuerpo desnudo de una mujer? Sea blanca, negra, canela, rubia, joven, madura, crespa o lacia. Esté en la alcoba, en la piscina, sobre el césped, a través de una ventana rosa en Budapest o en las tablas de la escena de un cabaret. Bien fuera la casta Susana, Dalila, Salomé, Anaïs, Monalisa, Lolita, nuestra novia o la Duncan sin los siete velos.

¿Qué es una mujer desnuda?¿Habrá que envidiar al aire que besa sus pezones, a las paredes de una sala que admiran sin rubor sus muslos largos, a la placidez de los cojines que sienten por horas que sus nalgas los aprietan contra el fondo, a sus carnes que se aferran a sus huesos, a su sangre que recorre sus laberintos? ¿Cómo puede ser pecaminoso que una mujer ronde sin aretes, sin corpiño, sin calzones por su casa y nadie se le pueda acercar a decirle a su oído un piropo? ¿Usted no es tan afortunado de que su amada ande como Sofía Loren por su casa sin ni siquiera el estorbo de una minúscula seda entre sus ingles?

El enamorado autor del Cantar de los Cantares debió disfrutar “recorriendo por entre la hierba las praderas, los viñedos y el desierto con su amada sin más vestido que su piel y sus cabellos”. Sin más adorno que sus ojos, sus orejas, el olor de sus axilas, el vello de su pubis y las uñas arregladas. Nos la presenta como una damisela grácil con sus senos “como gacelas mellizas que juegan y pastan entre rosas”. “De sus labios, como hilos de escarlata, brota miel y debajo de su lengua hay miel y leche. Sus mejillas son dos gajos de granada, los cabellos son cabritos que retozan por el monte de Galaad, sus caricias son más dulces que el vino y el perfume que de ella exhala es más delicioso que todas las esencias aromáticas”.

¿Qué es una mujer desnuda?¡Cómo no iba a ser condenado fray Luis de León a la cárcel por diez años por traducir estos versos del hebreo al latín! ¡Cómo no iba a ser prohibida su lectura si describe la dulzura animal de la mujer y sin rebozos! ¡Cómo no estar condenado al silencio, a la ceguera, a la hoguera y a la muerte quien tiene la suerte de ver a una mujer desnuda con todas sus joyas! ¡Benditas las prendas que huyeron de sus carnes! ¡Cómo no morirse alguien de celos y envidia por ver que otro ha probado todos los manjares del jardín de las delicias de una mujer desnuda! Bendita desnudez, bendita luz que nos permite ver la espalda, las piernas, sus hendiduras moradas, el sudor en la reyerta de la mujer en su condición más natural, sin más velos que su estertor y sus deseos.

Vale la pena nacer hombre y poder tener ojos, nariz y piel para poder palpar y sentir en las neuronas lo que es el nudo contorno del cuerpo de la mujer como la ideó Natura.

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