Edición 367

Perdonar no es olvidar, es recordar sin dolor

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Perdonar no es olvidar, es recordar sin dolorAl tomar conciencia de que infestamos nuestra mente con resentimientos y rencores, podemos empezar a hacer algo para detectar de dónde vienen y para dónde van, pues si no aprendemos a perdonar a los otros y a nosotros mismos, jamás en la vida podremos ser felices.

El punto de partida para erradicar el rencor  es arrancarlo de la raíz, para así poder activar nuestros procesos creativos y lograr percibir toda una visión clara, sin esa nube de bacterias y virus que torturan, arrebatan y destruyen no sólo nuestra paz interior sino la de todos lo que nos rodean.

Luego de detectarlo y de acuerdo con los síntomas, debemos examinar en qué estado de incubación se encuentra para poder aniquilarlo y desarrollar un mecanismo efectivo de protección, que será nuestro antivirus.

Si dejamos que la ira, el temor, la culpa y el odio ahoguen el corazón, nuestra vida se verá afectada de tal manera que perderemos la paz interior, llenos de resentimientos que nos atraparán en un círculo vicioso sin salida.

En mi infancia era castigado continuamente  y la mayoría de los castigos tenían como finalidad que, a través del temor y el condicionamiento, aceptara el virus y fuera como todos los otros, sin embargo, entendí que tenía la opción de escoger lo que quería hacer con mi propia vida, aceptando los virus y convirtiéndolos en antivirus que me fortalecían como vacunas. Así, a pesar de ser tan chico, comprendí que en la vida tenemos la oportunidad de escoger lo que queremos ser, hacer y tener.

Por aquella época, tuve que aprenderme las tablas de multiplicar pero no como todos los niños, que se las aprendían del 1 al 9, sino del 11 al 99, y cuando me equivocaba en alguna me dejaban mínimo otra medía hora repitiéndola. Jamás me preguntaron las del 1, el 10 y el 100 porque eran demasiado fáciles. Fue así como en aquella época desarrollé mi pasión por las matemáticas y nunca he necesitado calculadora. De hecho me gradué como ingeniero geofísico y de petróleos.

Perdonar no es olvidar, es recordar sin dolorTenía que escribir en el tablero, con mi mano derecha, miles de frases como: “Soy un niño muy bueno, amoroso, paciente, calmado y muy servicial”, para que dejara de ser zurdo. De tanto escribirlo me lo creí y aprendí a escribir, a pintar y a hacer cualquier tipo de actividad con ambas manos.

Me sentaban en una esquina del salón de clase con un cartel blanco que decía: “Yo soy un burro” o “Soy un tonto que no entiende nada”, y todos los compañeros se reían de mí. Un día llevé al bobito del pueblo, lo entré al salón de clase y lo senté en mi esquina. Cuando la madre trató de expulsarlo se puso muy bravo y violento. Ella tuvo que suplicarme que lo sacara, muerta de miedo, y desde aquel día no nos volvieron a poner ese tipo de castigos. Lo lindo de todo eso fue que aprendí a reírme de mí mismo y entendí que no importa lo que hacen conmigo, sino lo que yo hago con mi propia vida.

Tenía que acompañar a los misioneros a trabajar un fin de semana en los barrios pobres. Eso sí fue lindo, porque ahí ratifiqué y entendí que mi misión en este mundo es servir con amor.

Me sentaban en el bosque de los pinos y debía quedarme allí solo, en silencio y sin moverme por tiempos prolongados, según la falta que me imputaran. Así aprendí el arte de la contemplación interior, la visualización creativa y la meditación; aprendí a escuchar esa voz interior que sale del corazón y a disfrutar plenamente de la naturaleza. Probablemente ésa es la razón por la cual todos los días subo a las cuatro de la mañana a meditar en la montaña, y espero a que llegue el momento mágico en que desaparece la última estrella y sale la luz, para descender trotando mientras disfruto el paisaje.

Me obligaban a ir a misa todos los días y a rezar el rosario, que en esa época se me hacía muy largo. Así aprendí que Dios no está solamente en una iglesia y que, por más que rezara el rosario, no iba a ser mejor persona a menos que le diera de comer al hambriento y de beber al sediento, le tendiera mi mano a quien la necesitara y reconfortara con mi palabra al desamparado.

Después de vivir éstos y muchos castigos más entendí que tenía dos formas de ver la vida: podía llenarme de resentimiento, rencor o afán de venganza y convertirme en una persona amargada, o podía elegir recordar sin dolor ni resentimiento y ver que todo pasa para nuestro bien, que no debemos resistirnos a nada, sino aceptarlo, porque aquello contra lo que luchamos nos debilita.

Hay una realidad que no podemos dejar atrás: no podemos controlar el odio ni las críticas de los otros porque están fuera de nuestro alcance. Sólo podemos liberar la culpa y los resentimientos que tengamos en el corazón, porque en nosotros está la fuerza poderosa del amor que todo lo sana.

Perdonar no es olvidar, es recordar sin dolorLos principales y más comunes nutrientes del virus que nos impide perdonar son el odio, la ira, la culpa y el temor. Si no los erradicamos de nuestra mente, nunca podremos perdonar.

Para perdonar y liberar la culpa debemos tratar de ponernos en los zapatos del otro, mirando la situación desde su punto de vista, de manera que nuestras ideas, pensamientos y emociones cambiarán, logrando una nueva percepción de la realidad.

Recuerda que nunca debes identificarte con el sufrimiento, porque hoy tienes toda la capacidad para aprender a elegir si amas o sufres. No olvides que tienes dos opciones para enfrentar y dominar el dolor: sanamente, sin sufrimiento; o con un sufrimiento destructivo, para llamar la atención, compadecerte o quizá disfrutar torturándote.

Todo pasa. Ninguna emoción, situación o circunstancia es permanente, pues así como hay día y noche, luz y sombra, tenemos momentos de alegría y de tristeza. Lo único que puedes hacer es aceptarlos como parte integral de la dualidad de la naturaleza, tendiendo siempre presente que tú eres lo que piensas.

Ámate, quiérete, cuídate y valórate. Experimenta la presencia de Dios en tu corazón, siente que eres amado por Él y devuelve amor a quien te arremete, orando como si todo dependiera de Dios y actuando como si todo dependiera de ti.

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