Edición 352

Pavana por un niño de color verde

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Rin Rin Renacuajo

Los colores nacieron el día que la lluvia sorprendió al sol en calzoncillos. El astro rey se esfumó por entre las rendijas de la neblina y apareció el arco iris con divisiones de añil, magenta, carmesí, ocre, violeta y esmeralda.

Desde entonces todas las cosas se apropiaron de uno o dos colores y las encerraron en sus cuerpos. El árbol tomó el ocre para su tronco y el verde para taparse con hojas que le dieran rostro afable. El río absorbió el azul y adornó con blanco las espumas de su canto. Los pájaros volaron hasta la esquina de su arqueada cabellera y le robaron el multicolor barniz de sus alas y su penacho.

Al niño que nació hace ocho meses parece que sólo le llegó filtrado por la ventana un color casi verde macilento. Se le aposentó en su devaluado hígado y su humor se extendió por todo el cuerpo. No va a convertirse en el Hombre Increíble (Hulk) porque no se ha hinchado ni es por rabia incontrolada el color de su cuerpito.

Su tamaño es el de un niño de dos meses. La enfermedad le truncó la elasticidad que lo hace crecer y el tejido que la Naturaleza va haciendo parece que se detuvo. Hay algo que ni su propia madre sabe. En su sangre y en su cerebro el tiempo no quisiera correr. Pero el niño vive.

Se llama Johan Leandro y medio vive en una clínica de reposo. Su madre está esgonzada y no tiene recursos. El niño es tierno, de grandes ojos negros que miran desesperados, con bracitos delgados como junco de un pantano. Su prominente estómago muestra abierto todavía el umbilical retoño. Sus labios pareciera que no nacieron para reír. Si mirada es fosforescente pues despide rayos de amarillento color de bilis. La hepatitis, que ya se convirtió en cirrosis, se evapora poro a poro por su piel de inocente víctima.

¿Quién se compadece de un Destino así, temprano? ¿Logrará alguien arrebatar a este niño de la indolencia de una E.P.S. que lo ha dejado en donde descansan los que ya la edad les reserva un lugar para sus recuerdos? ¿Quién le pondrá en la mano un sonajero que lo alegre mientras su madre hierve su tetero o un móvil para que sus manitas lo agiten ante sus ojos? ¿Quién tendrá la suerte de hacerlo sonreír con sus mimos y sus juegos? Ojalá la extranjera muerte no se aparezca con su sombra a cubrirlo con un beso y con el mimo generoso que los humanos le negaron.

El niño es aún una crisálida envuelta en su vellón. Johan no es como todos los niños, la mariposita que corre tras el gorrión y sube hasta la barda con ansias de volar. ¿No habrá una E.P.S., un médico humano que le brinde el dedo para que pose sus patitas y se anime a decolar?

Tal vez el niño Johan sea un símbolo verde, enfermo y desamparado, en una casa extraña. Mañana, si se muere, vendrán los gritos y reclamos, los clamores que en Colombia la salud y la vida de los niños es pura fantasía. Seguiremos hablando de nuestra democracia, que aquí todo lo tenemos y que siga resonando la frase tan manida de la gran Colombia es pasión.

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