Edición 374

El trino del diablo

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El trino del diabloEl diablo, un engendro religioso para significar el poder del mal, ha llenado páginas de libros y noches de insomnio de monjas y niños asustados. Hasta hace años se creía que el diablo, como también dios, eran seres espirituales que existían uno en el infierno y el otro en el cielo. Dios era bueno y daba como premio el cielo a quien se portaba bien o castigaba al pecador y el otro echaba fuego por todas partes y asechaba a los humanos para instigarlos al mal.

Nos lo mostraban en las clases de catecismo como un hombre vestido de rojo, con cola, cachos y en su mano izquierda un largo tridente para chuzar a quienes entraban al infierno. Su imagen horrorizaba a chicos y grandes, como los cuentos de espantos, patasolas y brujas. Esa manera maniquea de subdividir en personas al Bien y al Mal ya ha cesado, por fortuna, y hoy la educación nos ilustra las bondades y debilidades de los actos humanos.

A Giuseppe Tartini, músico violinista barroco y abogado, fallecido en 1770, seguramente en sus estudios eclesiásticos, también le llegó la doctrina de la concepción antigua del diablo. Sin embargo nos legó una obra musical que tituló Il trillo del diavolo, nombre que se aparta bastante de la idea bárbara de fealdad y terror que inspiraba en épocas lejanas el simple nombre de Diablo.

El pasado 14 de junio el joven pianista Marcelo Valencia Andrade, integrante de la Orquesta Filarmónica de Cali, interpretó magistralmente esta obra en el Auditorio del Centro Cultural Comfandi de Cali, dentro de la temporada 2011 de Música de Cámara.

El trino del diabloTartini, en escrito a un astrónomo de nombre Joseph Jerôme de Lalande, le confesó que en un sueño había hecho un pacto con el diablo y él le había dictado la partitura que él luego transcribió. Con seguridad Marcelo Valencia habrá captado el valor romántico de esta leyenda y por ello se interesó en practicar su obra.

Tartini en su Trino describe a un demonio lírico, bailarín, artista que se acaballa en el violín - como en un escenario de cuerdas -, y ejecuta malabares y contorsiones. Cuando veloz rueda el arco sobre las crines de caballo, el diablo va sobre ellas con paso rápido y delgado. Con zapatillas y cofia blancas salta atlético por el redondo escenario de la madera negra. Como por entre líneas de fuego danza arqueándose y cantando. A veces calla, alza sus brazos al cielo y mira sin destino, otras, lleva sus manos a la cara como para tapar sus ojos, desmadeja su cuerpo y se sienta al pie del foso. Allí, con llanto y desespero se queja de un amor huido y de un dolor encarcelado. Luce su cara triste, lejana y su voz está gastada por la herrumbre y el azogue. No produce terror sino lástima e invita a la compasión por su suerte.

Marcelo Valencia, serio y altivo, abrazado a su violín en compañía de Juan Diego Galíndez al piano, nos trajo a la vida de nuevo a Sarasate, Paganini, Wienaiawaski, Lubín y Bazzini. Marcelo pudo rozar en su piel a Tartini y el diablo sacó de su violín unos rescoldos de vida y baile.

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