Edición 354

Indignación ahogada por siglos

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Indignación ahogada por siglosIndignación es una palabra y un sentimiento. Es una palabra compuesta de in –negación de- y dignidad, la característica más honda que define al ser humano. Indignación, conjunto de sonidos que parecieran salir de la garganta como en estampida. Como un borbotón de sangre herida, como un balbuceo de niño impotente, como una queja de mártir que se deja caer en tierra exánime sin posibilidad de resurgir a la vida.

Con la palabra indignación se expresa uno de los sentimientos más reprimidos que anidan en el pecho de mujeres y hombres sometidos por fuerzas exteriores al silencio, al desplazamiento, a la esclavitud, al pago injusto, a la enfermedad, a la inequidad social. La indignación se manifiesta con exhalaciones de respiración sulfurada por la espera inútil, con gritos incontenibles, con aullidos que les pedimos prestados a los lobos, con salidas en carrera a las calles para alzar pancartas y abrazados convertirse en ríos de protesta comunitaria.

Esta palabra es tan sagrada, tan reservada a momentos cumbres, que las comunidades la han guardado para ocasiones de supremo peligro y humillación. En Colombia la indignación no ha hecho su aparición todavía. José de Acevedo y Gómez la presintió. Han sucedido situaciones abominables en nuestra sociedad desde la conquista española. Como los despojos de tierras a nuestros antepasados pacíficos, como el expolio de empresas extranjeras y caseras a nuestras selvas y bosques, como las masacres por guerrilleros, paramilitares y agentes del gobierno, como la legislación que ha acabado con las conquistas laborales, el empleo digno y la salud… y la sangre colombiana no se agita en las arterias.

El pueblo, esa masa numerosa de indigentes, de jóvenes que salen de la universidad sin trabajo, de madres abandonadas y con hijos, de desempleados que han sido botados de su puesto, de campesinos a quienes les han sido arrebatadas sus tierras está sufriendo y su boca está callada. Su dignidad humana ha sido hollada, se ha pasado por encima de sus hogares, de sus propiedades, sus salarios se han empobrecido y el pecho aceza, la bilis se revuelve en sus intestinos, se siente el vértigo a punto de vomitar y no sale el grito aún que desfogue la indignación alimentada por la  falta de justicia y equidad.

Todavía la indignación en Colombia no ha sido estrenada. Bulle en los pechos, sube su ardor por el esófago, se ahoga la respiración en los pulmones, pero aún no estalla el estertor ni el grito de repulsión de lo que pasa se oye fuera de las casas. Apenas se escuchan unas voces aisladas, temerosas por la amenaza. La indignación verdadera ha sido desviada a favorecer con marchas al gobierno o se ejerce la ira en las filas de los bancos o ante los porteros de EPS o para reclamar con vehemencia al chofer de bus o al que vende caro en la plaza.

Ya vimos en vivo lo que es la indignación en España en la Puerta del Sol, en Atenas, en Bruselas, Egipto, Libia, Irak, Jordania, Yemen, Túnez, Sudán, en Jerusalén. En los pueblos musulmanes, que saben de mujeres con velo dominadas, de sultanes con harenes, de pozos petroleros y fastuosidades de los jeques, sí que se sabe qué son los días de la ira, el Muro de las lamentaciones y las Plazas de las Indignaciones.

¿Hasta cuándo nuestros legisladores, el gobierno y los caciques de pueblo, los grandes empresarios de papel, seguirán maltratando a los indefensos ciudadanos y vulnerando su derecho a clamar por su dignidad  por medio de la Indignación?

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