Edición 355

Uvaldina entre peces y uvas de agua dulce

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Uvaldina entre preces y uvas de agua dulceCarlos Humberto Murillo vive en un segundo piso desde donde mira el paisaje y pinta. Al lado y frente a él lo observan mujeres, fantasmas y manzanas abiertas. A más de la luz del sol que entra por la gran ventana, los colores vivos de sus cuadros iluminan el atelier que ha ido formando desde sus años mozos. No. Carlos Murillo es joven todavía y el humor de filósofo rancio lo trasmite a los personajes de sus cuadros.

Los amarillos, verdes esmeraldas, el azul brillante, el rojo de carmín de una boca de mujer aparecen de golpe cuando se asoma un cuadro de Murillo ante nuestro ojo. El pintor ha robado a los colores la luz que persiguieron los impresionistas con las bailarinas y los fauves con sus fieras. Lo aprendió de los manuales y de su continuo examen en la paleta y sobre los lienzos.

Uvaldina, nombre que oculta a una mujer hecha misterio, es un cuadro que pronto llegará a esta casa a llenar de vida nuestra pared y nuestra sala. Murillo, hombre envidioso, solo quiso transmitirnos el rostro de la dama. Solo él sabe cómo son sus hombros, su torso, su talle y sus caderas, sus manos y todo el perfil de su figura. Los pintores tienen esa virtud. Traen a su estudio a las mujeres y allí captan toda su belleza y algo nos llega a los espectadores por su arte.

Uvaldina con rostro posó para Murillo durante días enteros con los ojos cerrados. Eso no impidió que arrancara de su faz todo su encanto. Sus líneas faciales – de la nariz, las mejillas, los labios, el mentón, el cuello, los párpados y las cejas – tienen la delicadeza de los objetos que frente a ella vagan como los peces. Su efigie tiene la majestad de una diosa hindú y la elegancia de una reina. Su conjunto es solemne, sagrado, de una belleza sobria y armoniosa.

Uvaldina entre preces y uvas de agua dulceLos peces que se acercan como a besarla detienen su impulso con su cuerpo resinoso. La manzana de fuego que aparece en el primer plano la puso ahí Murillo para cuando acabara su tarea, ella la tomara. Uvas verdes y moradas, una pera y otra manzana verdes descansadas sobre la bandeja no son meros adornos. Son los símbolos que el artista emplea para hacer más sensual y misteriosa a su modelo ante quien la admire. Los cabellos naturales no se ven. En su lugar, lleva hojas de parra sobre su cabeza, a modo de sombrero y racimos de uvas cuelgan junto a su izquierda oreja y parte de su sien derecha. Un aderezo más, como zarcillos o collares, hubiera sobrado.

Uvaldina, y todas sus mujeres, deben tener a Murillo entre sus pintores preferidos. Él sabe como acomodarlas en el sillón para que no se cansen. Busca que la luz les resalte sus puntos más hermosos y solo capta como una cámara agradecida los rasgos que la Naturaleza les puso sobre el cuerpo. Nada es grotesco ni malsano.

Cuando llegue Uvaldina la estaremos esperando como se merece. Pondremos un disco de Mozart o de Vivaldi. Quizás el de la Primavera. Tendremos sobre la mesa un Cousinño-Macul que le refresque los labios y le haga dibujar una sonrisa. Luego elevaremos su figura sobre el muro y la pondremos en el sitial, punto de mira para quienes nos visiten y nos sirva de bodegón mientras desayunamos.

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