Edición 359

Marcelia, ciudad de nombres raros e historia

PDFImprimirCorreo electrónico

Marcelia, ciudad de nombres raros e historiaAcabo de leer el libro de Libaniel Marulanda "Al son que me canten cuento". Es una letanía de recuerdos de colegio y de pueblo de un soñador con mucha lengua. Tiene encima como una ruana paisa la bobada de unos 30 premios de puro cuento ganados desde hace ya unos 40 años. Su colegio el Rufinojota de Marcelia, sus gentes, calles y vecindades lo surtieron de sueños, lenguaje y de todas esas cosillas que le ocurren a un pilluelo con lápiz. 

El libro de 190 páginas parece un retazo de la historia de un paisa sin zurriago ni ruana. Medio cachaco, muy cuyabro, fogoso como el Conde del Jazmín, con bastón y cubilete, símbolo de la andariega Marcelia. Cada parte y capítulo son retratos de un jirón al viento sobre la cuerda de ropa o entre el cajón de la mesita de alcoba. Esa es su gracia. Nada extravagante, ni demasiado florido y sin sandeces. Contada como en la charla mientras se toma en el bar un café recién cernido, sin tapujos parroquiales y a calzón abierto.

Cuando me decidí a leer estos cantos en prosa, entré casi a un jardín de blanco y negro. Dibujos a derecha e izquierda, policromía en el centro, recuadros y adornos de pared con versos. Parecía una casita de campo con chambrana roja y balcón. El acordeón Bussilachio que se repite en viñetas me recordó mis años de infancia. Me intimidó un poco ver tanto premio por lado y lado. Qué reto leer a un autor de tanto perendengue encima. Pero no. Libaniel no es un creído. Lo digo por lo que leo, pues en persona de piel, nariz, corvas y carriel no lo conozco. Ni importa. Me contentaré de conocer su prosa y oír de lejos su canto.

Marcelia, ciudad de nombres raros e historiaRefrenda Libaniel la costumbre de quienes nacen en el Triángulo de Oro y del Café de cranear para sus hijos nombres nuevos, sacados de cavas y códices. Heyzennowerth, Erwin, Splinder, Francinever, Kelvinator o John Spray, Yargenis y Numancia. Nombres como Rodrigo, Horacio, La Ñata o Antonio ya nos parecen raros al lado de los comunes de Quindío o Armenia.

No me importa que los jurados de incógnito le hayan dado el primero, el segundo o tercer premio a tal o cual cuento. De nada sirve que al final de cada uno Libaniel nos lo refriegue. A medida que uno va leyendo Al son que me canten cuento y La luna ladra en Marcelia va asignando su criterio y concediendo el aplauso a Los cucos de Loli, a Aguas arriba o a La alegre casita de Arenales y a otros. Ahí se ve que a veces Libaniel se descuidó y no envió a concursar estos cuentos. Qué fluidez, qué sencillez de agua clara. Cómo narra lo obvio, lo humano y risueño, sin rebusques ni artimañas.

Cierro el libro y me queda en los ojos un sabor a ruana, a yipao, a perro de labriego, a bares con billar y tango y viaje a la capital en Bolivariano, a colegio y novias, a revolución con folletín de Mao. Ese es el regalo de la lectura de un libro al calor de lo vernáculo, de lo universal del ridículo y la vida crasa, del humor que sale del vino y la cocina y del olor a calzón de mujer cercana.

Abrazo con mi palabra las letras nacidas en Marcelia y Quindasia, de la sangre de Marulanda. Les doy el Premio de ser leídas con regodeo y sonrisa de medio lado.