Edición 353

Invierno en Venezuela

PDFImprimirCorreo electrónico

Invierno en VenezuelaLos días vuelan en tono menor; casas y árboles casi borrados parecen conformar un lienzo de Mauricio Utrillo. Un solo color: gris; un solo eco: el caer de la lluvia. La televisión da cuenta de casas que navegan, puentes caídos, carreteras a media asta, mujeres, hombres, niños sin hogar.

El sur del lago está incomunicado y todas las ciudades dormitorio, como Caracas, lucen inaccesibles. Dicen que ésta es una vagüada semejante a la que en el 99 borró del mapa el castillete de Armando Reverón y condenó a la indigencia en el Departamento Vargas a centenares de familias que hasta ahora (doce años después) mal viven en carpas y tenderetes.

Hasta hace poco tiempo diciembre no era así. El viento frío que bajaba del Ávila, obligaba a los desprevenidos caraqueños a sacar los suéteres y las chaquetas guardadas durante todo el año. Una niebla adolescente entraba por la Puerta de Caracas y anegaba las tiendas, las tascas, los cafés, los mercados, los tertuliaderos. Pero hasta ahí. El famoso "pacheco", añorado durante doce meses por los habitantes de una ciudad congestionada hasta el delirio, equilibraba con sus manos de arroz la hechura familiar de las hallacas y el fluir, entre cursi y sentimental, de "Las uvas del tiempo" de Andrés Eloy Blanco.

Pero eso es historia de otro tiempo –dirán- pues no señores, ni tan de otro tiempo. Lo que sucede es que la torpeza humana y la incapacidad gubernamental, volvieron al revés el calendario y obligaron a quienes no tenemos velas en este entierro, a recordar con el alma y los brazos cruzados.

A pesar de todo, la Navidad pervive. En este valle de niebla, agua y automóviles desbocados, surgen de pronto una guirnalda multicolor, una rosa de pétalos eléctricos, un Noel desafiante. Lejos un villancico andino o una gaita zuliana salpican el golpeteo de la lluvia, los centros comerciales se defienden con sus monumentales árboles navideños y en la sala de las casas viejas el tradicional "nacimiento" de engrudo, espejitos rodantes, figuras disparejas y papel-cartón, se repite idéntico al del año pasado.

Hoy en Venezuela la Navidad gira en torno a la enfermedad presidencial, los estragos del invierno, los debates de la oposición y por primera vez las encuestas registran el bajón que ha sufrido la imagen del mandatario en lo que fue hasta ahora su fortín imbatible: los barrios de Caracas. Sin ánimo de entrar en ironías o mofas de mal gusto, creo que tanto el presidente como sus áulicos experimentan un preocupante deterioro neuronal producido por la indigestión de poder y dinero. De otra manera no se explica cómo están haciendo hasta lo imposible por cometer errores garrafales atropellando lo que por sentido común deberían preservar. Promesas incumplidas, desabastecimiento de alimentos y medicinas, arrebatones de la propiedad, inseguridad creciente, corrupción usufructuada por el Supremo, su familia y los altos jerarcas del régimen, presencia extranjera en los más delicados estamentos de la administración pública, entre otras perlas, están a la orden del día, en tanto que la impagable deuda contraída con

China y las dádivas graciosamente concedidas a países-piraña, se agigantan.

Chávez gasta 34 millones de bolívares diarios en sus caprichos y necesidades personales mientras el pueblo se muere de mengua en un país con ingresos petroleros únicos en su historia.

*Los pensamientos, opiniones y expresiones de los columnistas son libres y no influyen, condicionan o significa el criterio editorial de Buque de Papel.