Edición 371

El aire pasa y nos toca

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El aire pasa y nos tocaEl aire, elemento corporal, de tenue rostro y esquelética figura, pasa en silencio casi siempre al lado nuestro. Nos roza con su halo, con su bata de transparente pliegue. Jamás dejó ver sus pies, brazos o espalda. A veces lo sentimos respirar encima de nuestro hombro y sospechamos que tiene pulmones voluminosos.

En un ser que pareciera llenar todo el espacio y deja transitoriamente lugar a objetos, cavernas, montes y edificios. Es tan inmenso. No solo vaga por el planeta. Se anida en el firmamento y de allí baja en la mañana, arrullado por las nubes. A veces es frío cuando acompaña al alba y muchas veces se contagia de las brasas del sol, enfurece las olas del mar y sofoca a la selva y a la arena de los desiertos.

El aire es centinela de la noche que la viste con la capa negra de Batman. Pasea por rincones y basureros y bate con su boca los olores fétidos para alejarlos y vuelve a pasar de nuevo como barrendera buena para ver si su tarea dejó el aroma de la limpieza y el decoro. Entra vestido de elegante mayordomo a las casas y palacios para regalar frescura y permitir que el oxígeno llene los ambientes. Levanta el polvo de las mesas y despereza a las arañas en su palacio de anguladas hebras.

Su carácter por lo general es suave y recatado. Sin embargo, a veces los trópicos lo empujan con su calor y los polos con el frío le calan sus huesos y, entonces, se estira y enrolla su manto por sobre su cuerpo. Quisiera entrar a las casas por las ventanas y silva para que le abran para guarecerse. Cuando la presión es muy fuerte golpea paredes, tumba puertas, forma olas en los mares y mil demonios lo invaden para convertirse en turbiones gigantescos. El hombre les pone nombres de mujer embravecida a estos aires que viajan más rápido que un avión con cuatro turbinas. Catrina fue uno de esos ciclones que dejaron atónito al planeta.

La función del aire, sin embargo, es dar vida al hombre, a los otros animales, al río, a los árboles, a nevados y montes. Sin él las abejas no llevarían la miel ni los estambres derramarían su polen ni se desvestiría de su pomo blanco la flor. Muchos árboles perderían las semillas que esperan su mano para ser llevadas a las hendiduras de la tierra para que las alimente el rocío y el calor que sale de entre el humus y viene alígero del cielo.

El aire nos acompaña desde que salimos del vientre materno. Se nos metió en la garganta y nos hizo dar el primer berrido. Seña de que estábamos vivos. Llenó los alvéolos de nuestros pulmones y corrió veloz por arterias y fosas nasales. Salió por los poros y axilas y sin él no podemos ni hablar, ni caminar o dormir. Va con nosotros a fiestas, a comer, a bailar o subir a la montaña. Nos despeina en la tardes y refresca el cuerpo en la noche caliente.

Qué necesario es el espíritu del aire que cuelga como murciélago blanco del árbol del éter. Sin él no prende ni arde la llama del fuego y sin él no se purifica el agua que salta en el limo y las piedras. Sin él no habría luz, ni viajarían los rayos de la radio ni sonarían las orquestas de viento o de cuerdas. El aire puro es elemento vital y regalo inicial del infinito Universo que a cada momento nos besa.

*Los pensamientos, opiniones y expresiones de los columnistas son libres y no influyen, condicionan o significa el criterio editorial de Buque de Papel.