Edición 353

La dama de hierro

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La dama de hierro Está en cartelera la película ganadora de dos Óscares. Uno por maquillaje y el de mejor actriz a Meryl Streep. La película, como tantos libros y discursos, dura más de una hora, pero no sostendría por 15 minutos ante las pantallas a los asistentes si no fuera por la actuación y caracterización de esta experimentada diva. Y por algunos de sus parlamentos.

Margareth Thatcher, con razón apodada La Dama de hierro, se irguió frente a los flemáticos y tercos ingleses por 11 años con su genio impertérrito y su palabra convincente. Enseñó al siglo y a sus congéneres de ambos sexos que la política es un arte y no una serie de artilugios para tapar verdades.

Al solio que ocuparon Disraeli, Chamberlain, Eden, Churchill y otros hombres que lidiaron con apetitos y veleidades de sus partidarios y opositores y franquearon dificultades y ataques subterráneos, llegó la Thatcher a darle nuevo brillo y a imponer un nuevo estilo de gobierno.

Tal vez exagero si digo que una frase resumiría el talante que hace ver Meryl Streep del rol de aquella primera Ministra de voluntad inquebrantable y enemiga del soborno.

"Antes tratábamos de hacer muchas cosas, ahora tratamos de ser muchas cosas". Cómo es de fácil decirlo, pero cuán difícil es ser fiel a un pueblo, a una idea, a un programa de gobierno para el cual alguien se postula y los ciudadanos esperan que se cumpla letra a letra sin disculpas. Más bien, optan por cambiar de cara o esconderla.

Es fácil ser de hierro y llegar a ser un Hitler, un Idi Amín, un dictador omnipotente y sanguinario. Basta con seguir las huellas nítidas del manual de Nicolás de Maquiavelo. El mandatario deberá acercarse al pueblo, abrazar niños y a continuación ordenar subir impuestos, perseguir a sus contrarios hasta llegar a destrozar vidas, carreras y fronteras nunca antes holladas.

La dama de hierro Pero es más difícil llevar en la mano, ante la faz de todos, la luz de la verdad, la voluntad de vencer dificultades, de hallar razones para conseguir el bienestar de los más necesitados - que son la mayoría de los asociados de una nación cualquiera -. Y la Thatcher logró hacerlo. No le hizo falta el fuste de caballista de pura sangre inglesa. No necesitó acudir a medidas de fuerza ni socorrió a estratagemas para engañar a su pueblo.

El mundo - y Colombia -, necesitan soluciones a problemas de mercados internacionales, de relaciones equitativas con países vecinos y amigos, de estímulo a la producción vernácula y agraria, de paz interna y resolución de conflictos, de satisfacer la sed de empleo, de salud, de mejores vías y del respeto de los derechos humanos.

La agenda de un príncipe es simple y no podrá escudarse en que falta dinero o que la Naturaleza le es adversa. Ese es el quid de su mandato. No se postula alguien para que su mandato sea plácido y sin muros que saltar. Nadie esperará que la olla esté llena y pueda sacar bocados cuando el hambre le invite a alzar el brazo. Un Estado requiere vigor, serenidad, mano firme y corazón valiente. Sin los excesos de un poder a ultranza.

No se trata de volverse un tirano en el trono por tener las mayorías y convertir al pueblo en un rebaño de ovejas que soportan el esquilme, el hambre y que aguantan el dogal para ser llevadas al matadero.

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