Edición 374

Las virtudes de la postmodernidad

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Las virtudes de la postmodernidadDe regreso a casa me crucé por el camino con Edna Rocío, una joven bibliotecaria, con quien compartí hace años su sonrisa y su trabajo por la Cultura, en Cali, donde vivo. La saludé y me permití decirle que me había dolido que la retiraran de su cargo de un plumazo. Como a cualquier mosca que se cuela en nuestras alcobas.

-¿En dónde andaba, por qué se había perdido? Dije yo, con mirada un tanto compasiva. Inocente, ella, respondió: - Tendrá que ir una acomodándose a este mundo de cambios y a prevenir los acontecimientos en su modo de vivir.

Creí que la filosofía de Sartre, sobre la vida, se había perdido entre la gente relativamente joven y no hacía parte de su cotidianidad.

Las generaciones hasta comienzos de este siglo, se habían acostumbrado a la frase que alguien, enredado en la utopía y los colchones de plumas, había acuñado: Lo ideal es gozar de tranquila estabilidad en el trabajo de una empresa.

Los abuelos de nuestros capitalistas y el Estado benefactor crearon la industria, el comercio y los bancos en nuestro suelo y repartieron sus ganancias con la visión de un padre. Crecimos al igual que ellos, envejecimos y ellos dejaron herencia a hijos que no participaron en su quehacer ni sus ideales.

Los empleados, -así se llamaban-, se levantaban a las 6 de la mañana cuando las campanas daban el ángelus, se desayunaban sin afanes y a pié iban hasta la fábrica, el almacén, el banco muy a las 8 a.m. Se cambiaban los varones el pantalón planchado y se enfundaban el overol. Las secretarias limpiaban la mesa, quitaban la funda de la máquina de escribir, y empezaban a teclear, a contestar cartas o a recibir los dictados de su jefe. En la fábrica o el ingenio, el operario con su casco, ordenaba su sitio, prendía la maquinaria y a trabajar, hasta medio día sin levantar cabeza. Al final de la jornada iban a casa a disfrutar de la compañía de la familia.

Y así pasaban días, semanas y años. Hasta que llegaba la hora de la jubilación. A eso se llamaba, en lenguaje ordinario, estabilidad laboral. Fue una época de amaneceres con sol, lluvias en abril, dulce de zanahoria y fiestas de San Pedro y Navidad. La lechona era un plato sano y las apuestas y juegos entre novios con sus novias hacían de telón rosa en el correr lento de los días. Porque los años se demoraban en empezar y la otra navidad estaba demasiado lejos.

El desparpajo de Edna Rocío me hizo echar un paso atrás. ¿Qué clase de sociedad se ha ido formando en este mundo global? ¿Tanto han calado los principios del mercado del capitalismo salvaje en los jóvenes que ya la estabilidad es una palabra caduca? ¿Cuántas otras palabras han cambiado su estatus? ¿Ya no es importante llamarse Ernesto, ni Virgilio, ni las mujeres se dejan conquistar por un verso de Neruda? ¿Prefieren una frase del reguetón que oyen en la discoteca o que las inviten a perrear?

Solo los idealistas y románticos de otros tiempos nos quejamos de la ausencia de honestidad, de caballerosidad, de flirteo con elegancia, de los bajos salarios, de la escasa calidad en la educación. Los jóvenes pasan por encima de la basura, desprecian la etiqueta y parece que no fuera con ellos la insensibilidad de banqueros, industriales y dueños de cadenas comerciales.

Las iglesias seguirán pidiendo al rebaño paciencia y mucha limosna, los políticos en las plazas gritarán promesas y darán puestos a quienes les garanticen votos, los dueños de empresas consentirán a las bolsas de empleo y a las cooperativas de trabajo por el "favor" que les prestan, los bancos despedirán a los empleados que hicieron crecer sus arcas y rezarán a su dios dinero para que nadie chiste ni haga huelga. Que se acomoden al cambio de esta nueva era cool.

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