Edición 374

Falcao fue Colombia ante Bilbao y Liga Europa

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Falcao fue Colombia ante Bilbao y Liga EuropaQué emocionante volver a mirar jugar fútbol. Qué desborde de ganas, de pases, de quites, de avances al arco. Cuántas carreras, sudor, caídas al césped, quiebres de caderas y gritos que secaban la garganta cantando el gol.

Eso y más fue el partido de final de la Copa Europa (antigua UEFA) en Bucarest. Atlético Bilbao y Atlético de Madrid cada uno con once figuras salieron a disputar como atletas la gloria de ser campeones y poder subir al podio. El equipo vasco tenía sus esperanzas en el espigado Llorente y el de Madrid tenía confianza en la sapiencia del colombiano Radamel Falcao García.

El nerviosismo fue el ingrediente que dominó en los primeros minutos. Todo presagiaba que en el partido iban a llover golpes, tarjetas, reclamos, fallas de jueces de línea, desaciertos del árbitro en el cobro y penalización de faltas. Y así sucedió. Llorente empezó a presionar al árbitro con su cara congestionada y sus gestos de asombro.

Peró a los pocos minutos Falcao en el área de candela tomó el balón, se deshizo de dos a tres defensores, revolvió el cuerpo, escondió el balón, se puso en ángulo para el disparo con su izquierda y el balón se clavó en la malla cerca del cruce de arriba donde apenas cabe el gol.

Solo él sabía que era el momento de poner en alto su nombre e inscribir en la historia un récord en su joven carrera. El Estadio, los periodistas, no tuvieron más que asombrarse y no contuvieron el grito que brota espontáneo cuando no lo espera la garganta, pero ocurre sin que nadie lo explique.

Entraron como por ensalmo los madridistas en un trance de seguridad que dejó atónitos a los bilbaínos. No daban una patada al frente. Nunca encontraron el arco y la suerte les jugó su partido fatal. Aunque tuvieron llegadas ante el arco marraron en todas las oportunidades y el gol olvidó su nombre para ellos. Los vascos se fueron a camerinos a tratar de organizar el contraataque en el descanso.

Pero en el segundo tiempo siguió el trámite fiero y certero que había trazado Simeoni. De nuevo Falcao, en una jugada enredada en la que el balón se escondía entre ocho piernas, la sacó en cuchara, la colocó en su zurda y la levantó a la malla donde duermen siempre los goles. Dos goles para la antología de un crack y del fútbol mundial. Falcao era Colombia, Atlético de Madrid y Liga Europea, en una corta frase.

Falcao llegaba a sus doce dianas, Falcao llevaba a su equipo a la cima de la Liga Española y llevaba a su entrenador a su primer torneo fuera de su patria. Falcao en ese momento era todo un triunfador. La tribuna lo comprendía, el mundo lo mirada a través de la pantalla y Bucarest lo mostraba como hecho en Rumania.

Qué bueno que un colombiano joven, disciplinado, sin gestos alborotados ni sacramentales, se haya coronado de fútbol. Qué satisfacción para él ostentar por segundo año consecutivo el récord de goleador de la liga, que funja como salvador de un equipo al que llegó cuando se hallaba sin esperanzas. Qué bueno que su actitud inspire a niños y adultos, que sea un individuo que desde su sencillez hable sin decir una palabra. Falcao con sus goles, su imagen, con la bandera al cuello, vale más que mil discursos y promesas.

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