Edición 369

Urbe y ciudad

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Urbe y ciudadHugo Hernán Aparicio Reyes de la juvenil Revista Santo&Seña, en Crónica del Quindío titula un texto suyo con la palabra ciudad. Se asoma desde sus sandalias por la ventana o sobre el dintel de la puerta de su casa.

Es un discurso libre, desprovisto de filosofías y exquisiteces literarias. Habla como un habitante desprevenido, tal vez con profesión de observador de vitrinas y revistas. Al final de la lectura uno queda con la sensación de que la descripción no es de la ciudad que uno está acostumbrado a caminar y sentir.

Si usted vive en Cali o pasa a Popayán o va a Bogotá, a Iza o sale del país y va a Madrid, París o Ámsterdam, tendría que variar de discurso.

Sí. Porque las ciudades – ya lo dije una vez – son como mujeres. Tienen su cuerpo, su piel, su olor y sabor, sus defectos y atractivos. Hay que hablar no de concreto y pavimento para ser justos. No hay mujeres totalmente grises, ni gordas o inseguras o llenas de huecos o de bares sucios. Se ha dicho que toda mujer fea tiene su gracia y que las mujeres bellas hay que tratarlas con recelo. Pero si las mira un hombre tendrá cuidado de respetarle su derecho al buen nombre.

Por ejemplo, de una ciudad no se podrá decir, de una sola, que es maloliente. Una vez lo dije y mi mujer me volteó a mirar y retorció mi frase: - No es cierto lo que afirma. Esa ciudad huele a mar en celo, a resina de manglar, a niebla con olor a garza negra. Y mis oídos se llenaron desde entonces de la poesía que salía de esa mujer. A partir de esa ocasión mis percepciones cambiaron de modo radical.

Las ciudades deberían mirarse desde la punta del pié hasta la nariz. Cuántas curvas, sinuosidades, puntos negros, brillos y cavidades no exploradas se hallan en su geografía. Lo mejor está en el interior a donde posiblemente no hemos ido. Hemos oído rumores, nos han contado de sus defectos y nos dejamos convencer.

Si algún día nos despojáramos de los prejuicios y nos fuéramos con gorra, despreocupados del sol, de la lluvia y del dinero nos sorprendería la ciudad donde vivimos. Encontraríamos gentes, calles, avenidas, arboledas, paisajes, riachuelos con agua que cantan a todo pulmón, ruiseñores, copetones, abejas, almacenes con un nombre

pintoresco, un teatro antiguo, una colina que nos trae recuerdos, una esquina nocturnal, un bar en donde todavía canta Gardel.

Entonces, nos preguntaría alguien: - Cómo, ¿encontraste hoy la ciudad? Y con un nuevo tono tendríamos que confesar que a la ciudad no la conocíamos. Que a lo que llamábamos ciudad, era lo que en la farándula o la literatura frívola etiqueta como panorama urbano. Donde hay oficinas vacías, banco y filas, se fuma yerba elaborada, se va de rumba y se vacaciona a la puerta, butics con ropa de marca, se habla de pillarse con una hembra después de beber, hay buses articulados y se viste de yines desteñidos con un roto en cada pierna. Y es más importante el membrete que la vida.

Si ese era su caso suyo, amigo lector, lo compadezco porque estaba hablando un lenguaje urbano, lejano de una ciudad vivible y humanizante. Se dejó invadir de estereotipos y así no podrá disfrutar de los pequeños placeres que brinda una mujer que se mira con la preocupación de si es profesional, si tiene plata, si se hizo la lipo, si no es bruta o si su voz es gruesa, le falta un diente o es de poca altura.

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