Edición 364

Historia del mas allá

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“-Hola, mi nombre es Mariela Gonzáles (sí, con s)  y estoy muerta. Lo último que recuerdo es que estaba sentada en el asiento trasero de un auto justo al lado de  una mujer que parecía estar dormida. Era bella, como de 1.60 m. de estatura, cabello largo y negro, piel bronceada y tersa, de figura atlética y con postura perfecta. Lo único extraño en ella es que estaba desnuda; quise despertarla, pero estaba sumida en un sueño profundo del cual parecía nunca iba a despertar, y se veía tan hermosa durmiendo que cuando me decidí a moverla para que despertase me daba pesar y mejor la dejé así.

 En la parte delantera del auto viajaban dos hombres. No sé cómo eran, porque sólo les podía ver la parte de atrás de la cabeza  y nunca voltearon a ver. Uno era delgado y de cabello castaño, y el otro era un señor de edad, con poca cabellera. No sé por qué, pero no importaba cuánto subiera el tono de mi voz, ellos no contestaban, como si no me escucharan, Me dio mal genio y preferí quedarme callada durante el resto del viaje. Por cierto ¿a dónde nos dirigíamos? Lo ignoro, pero lo único que creo es que vamos por la autopista Medellín saliendo de Bogotá, gracias a los letreros de los kilómetros que hacían falta para llegar a la ciudad antioqueña o cuánto para Bogotá.

Pasó un tiempo, No sé exactamente cuánto, pero la noche ya había caído y  entramos a un pueblito bonito, con casas tipo colonial una gran catedral con dos grandes campanarios que sobresalían por sobre todos los techos del pueblo y un reloj que no funciona que marca las 2:05. No se veía un alma por las calles de aquel lugar, y solo uno que otro celador, aunque a veces, uno o dos carros que se cruzaban en nuestro camino. El automóvil entro por una calle escura hacia la catedral y cuando estábamos junto a ella giramos hacia la derecha hacia no se donde porque no se veía nada, el conductor siguió una línea recta  durante unos 2 o 3 minutos, hasta que divisó algo y se detuvo y por primera vez abrió la boca y dijo –acá es, hay que rodear la estatua del ángel y listo-.

La estatua del ángel era efectivamente eso, una estatua blanca de un ángel, posada sobre una columna de más o menos 3 metros. Parece que alguna vez sostuvo en su mano derecha una espada pero ya solo quedaba el mango del arma. Seguramente se cayó hace mucho tiempo porque la estatua estaba toda mohosa y descuidada.

El joven que conducía el auto rodeó la estatua y al otro lado de ésta, había una puerta en forma de arco hecha de hierro y en la parte de arriba había una leyenda que casi no puedo leer, pero el señor que iba de copiloto pidió que encendieran las luces del auto,  no sé para qué, pero yo aproveché ese momento de luz para leer “Aquí termina el odio, la venganza y la calumnia”.

No se veía mayor cosa tras las puertas de hierro, solamente una construcción parecida a una capilla con la imagen de Santo Domingo, la Virgen María y de Jesucristo.

Uno de los hombres que nos trajo hasta acá sacó una herramienta y cortó el candado que mantenía cerrada la puerta y así pudimos entrar. Curiosamente, y aunque era muy tarde, y estaba muy oscuro, no tenia miedo. Es más, sentía como cuando uno llega al hogar, esa tranquilidad que sólo da llegar al lugar al que uno pertenece.

Todo permanecía oscuro pero no me dio miedo entrar, pero antes de que pudiera hacerlo el joven que me acompañaba encendió una linterna y apuntó hacia la oscuridad. Como la luz me pego en los ojos repentinamente quedé ciega por unos segundos pero cuando recupere la vista y observé de nuevo, quedé absolutamente paralizada  al ver una cripta con uno de sus lados decorado con baldosas pequeñas de color morado y blanco que formaban una cruz. Luego miré más allá y vi que no era la única tumba. Entonces lancé un grito despavorido y sin pensar: “par de hijueputas, estamos en un cementerio ¿qué piensan hacernos malditos?”. De pronto  vi que uno de ellos, el más viejo y calvo se me acercaba, pero parecía no verme, y de un momento a otro me atravesó como si yo no estuviera, y justo después de eso caí al suelo y me desvanecí.

No sé cuánto tiempo pasó, pero cuando recobré el conocimiento  y yo estaba sola, me levante con algo de dolor y mucho frío. Empecé a caminar por entre las tumbas hasta que divisé una modesta casita de una sola planta que tenia las ventanas abiertas. Como tenía frío pensé en meterme y me acerqué, pero cuando llegué, vi que detrás de ella había una luz tenue. Me aproximé más porque pensé que era fuego y quería calentarme. Una vez llegué a la luz, estaban esos hombres cavando lo que parecía ser una tumba  y detrás de ellos estaba la otra mujer con la que viajaba. Estaba sentada recostada contra un muro, desnuda  y dormida, de pronto me di cuenta -no está dormida -dije -está muerta-.

Cuando los hombres acabaron de cavar alzaron el cuerpo de la mujer y lo lanzaron boca abajo  al hueco y la cubrieron con tierra. Luego, sin decir una palabra, se echaron las palas al hombro agarraron la linterna  y salieron del lugar.

Empezaba a amanecer y yo estaba sola sentada junto a aquella tumba llorando, preguntándome por qué la habían matado, por qué no recordaba nada anterior al carro de esos sujetos y por qué no tenía miedo. Había pasado una noche en un cementerio llorando y no tenia miedo, me sentía como en casa. Eran como las 6 de la mañana y ya había la suficiente luz para ver todo a mi alrededor y como ya estaba cansada de llorar me levante y me fui a ver como lucia mi rostro (era algo que quería hacer desde que desperté en aquel carro). Afortunadamente en la casita que había delante de mi había una ventana que reflejaba casi como un espejo, me asomé y esperé un rato hasta que mi imagen se definiera bien,  además había estado llegando y no podía ver bien. Lo siguiente que vi me dejó pasmada: vi en aquella ventana un rostro, era joven cabello largo y negro, ojos verdes como esmeraldas y una piel pálida, era bonita. Luego, pensé, en que esa cara la había visto en otra parte. Después caí en cuenta, que era la cara de la mujer que estaba enterrada justo a mi espalda.

Pasaron los días y las noches y yo no acababa de asumir el hecho que aquella mujer desnuda que veía era mi cuerpo. Lloré por muchos días hasta que se me acabaron las lágrimas, y luego de eso empecé a caminar por todo el lugar. Me di cuenta que podía ver y hablar con otros espíritus. No creerías lo que me contaban esas almas.

Después de un tiempo empecé a seguir al sepulturero de aquel cementerio, a ver lo que hacia, a conocer su casa y a su familia. ¿Por qué lo hice?, fácil, porque  desde el día en que descubrió mi tumba, se empezó a desahogar conmigo, a pedirme que lo cuidara, a llevarme flores, y a llamarme su novia. Eso me ha gustado siempre de un hombre, que no tenga miedo de declarársele a la mujer que le gusta.

Pasaron más o menos 5 meses en que yo no sabía ni quién era, ni porque había terminado muerta. Cuando, sin avisar, un hombre de vestido elegante habló con Manuel (así se llama el sepulturero), de no sé que cosa, y el se acercó a mi llorando y me dijo – Ya se como te llamas, tu nombre es Mariela Gonzáles y ese hombre de allá quiere que saque tu cuerpo de este lugar y que lo meta en un cajón nuevo y te guarde en una tumba nueva, de esas ultimas que construyeron-.

Me puse feliz y le dije que sí, que me gustaría mucho. Desconozco si me escuchó pero él se dio la vuelta y habló con el hombre y recibió una plata y luego se fue a traer una pala. Acompañé a aquel hombre hasta su lujoso BMW para darle las gracias y como si el fuera un ángel o algo así justo antes de que se metiera al carro se dio la vuelta y como si pudiese verme me dijo “de nada”  luego se metió al carro y desapareció de mi vista poco a poco.

Manuel empezó el trabajo de exhumación con mucho entusiasmo y no dejaba de repetir que por fin me iba a ver físicamente, aunque la verdad no importaba mucho. Luego de ese tiempo ahí metida seguramente solo quedaban huesos y olvo, pero él igual seguía entusiasmado, así que lo dejé sólo para que trabajara en paz y me fui a hablar con un niño que habían traído acá en el año 2004. Se llama Jeison Sema, dijo que era estudiante del Albert Einstein y que había legado acá por accidente, pero que estaba contento porque se había graduado del bachillerato y porque sus amigos lo recordaban a diario y venían a visitarlo seguido.

Pasaron como 2 o 3 horas y fui a ver a Manuel. Cuando llegué estaba ya sacando mi cuerpo que increíblemente estaba en un relativo buen estado, me levantó con cariño y me puso sobre su hombro como quien carga un bulto de papa,  pero sin la rudeza de los hombres que trabajan en la plaza, el decía que yo era bellísima, justo como me había imaginado. Yo me alegré mucho por esas palabras y le di las gracias y le daba ánimo para que me sacara completamente de aquel hueco sin nombre y esperaba con ansia el momento en el que me metiera en un hermoso cajón de madera que estaba adornado con flores y con un interior blanco muy cómodo. De un momento a otro sacó mi cuerpo y lo metió con cuidado en el féretro, lo alzó como pudo y lo llevó a la tumba, y mientras lo iba metiendo rezaba por la tranquilidad de mi alma  y porque lo cuidara para siempre. Yo obviamente acepté sin titubear, después de todo no había sentido tanto amor por alguien.

Una vez terminó de guardar  mi cuerpo salimos hacia la iglesia  de donde tomó agua bendita en un frasquito y luego volvió al cementerio y regó unos girasoles y rosas que me había comprado con el agua y las puso en la lápida que el mismo había mandado a hacer con el dinero de aquel hombre de vestido elegante.

Y así es mi historia, gracias por haberla leído con tanta atención, y aunque no te conozco y probablemente te conoceré jamás, te amo por haber pensado en mí aunque sea por un minutito pequeñito. Gracias otra vez, y ¡ah! se me olvidaba: hoy en día estoy cuidando a Manuel, y mi tumba sigue ahí justo como él la dejó. Él cuida  todos los días de ella y cambia las flores a diario. Como agradecimiento yo he prometido quedarme con él hasta el día de su muerte y luego cuando podamos vernos en igualdad de condiciones, lo haré  mi esposo  y lo amaré por siempre, porque no hay nada más lindo en la vida o en la muerte que sentirse amado por alguien. Así tu no conozcas a ese alguien y si lo llegas a encontrar, por favor díselo, dile que lo quieres o que lo amas, no esperes a estar en mi posición para empezar a amar.

*Diego Ariza (En homenaje y memoria de Mariela Gonzáles)
Estudiante de Comunicación Social y Periodismo, V semestre INPAHU