Edición 369

Héroes en Buenos Aires… a punta de empujones y codazos

PDFImprimirCorreo electrónico

La cita tardó 11 años en cumplirse. También fue en un septiembre, el de 1996, cuando los vi por primera y única vez. Fue en Bogotá, en una discoteca del norte de la ciudad, y como Enrique Bunbury dijo en esta ocasión, durante el Pepsi Music en Buenos Aires, Los Héroes del Silencio “son un grupo más de pub, de cercanía con la gente”. Eso se notaba en la emoción de chiquillo, que alguien que sobrepasó los 40 difícilmente retiene.

 Recuerdo que en ese tiempo, verlos en mi ciudad roncaroleando a menos de tres metros de distancia y con tan sólo 200 personas fue un privilegio que pocos pudimos disfrutar. Y me dije al salir de ese boliche que cómo sería si tocaran en un estadio, con el sonido a pleno, la escenografía, las luces, y esa fuerza que siempre se dijo tenían en sus presentaciones en vivo.

Pero así como “rueda la Fortuna”, once años después los veo en Buenos Aires, con más años, con menos pelo, a un Bunbury que se consolidó como solista, y a sus colegas de banda, Juan Valdivia, Joaquín Cardiel y Pedro Andreu, que no siguieron la misma senda.  Volver a verlos, sí, pero con más desorganización.

Los Héroes abrían este festival y las cosas comenzaron mal cuando tres horas antes de lo programado pregunto dónde es el escenario, y me muestran un descampado, un estacionamiento acondicionado para la presentación. Insisto en si es verdad y si es el mítico Obras, y me dicen, que no, que ahora tiene nombre gringo, como la gaseosa, y se llama “outdoors”, sí, de puertas para afuera. Un verdadero lote baldío. Pero el asunto empezó a empeorar cuando la gente llegaba y llegaba y sólo supe hasta el otro día que 25 mil cristianos se embutieron en este parqueadero, y empujaban cada vez más, con la intención, cada uno seguramente, de quedar a tres metros del escenario.

Y ahí fue Troya. Los empellones, pisotones, codazos, piñas eran la nota predominante, aún sin empezar el recital. Muchachitas desmayadas por falta de aire volaban sobre las cabezas de los de adelante, que defendían centímetro a centímetro su territorio. Yo quedé al medio, e intentaba hacer lo propio, pero la tardanza agravaba el asunto. Segundo aspecto que contribuyó al desorden: el retraso de una hora y cuarto después de las ocho programadas.

Cada vez llegaban más patotas de niñitos borrachos y pasados de drogas. Los empujones hacia adelante seguían y quien no se mantuviera firme iba a caerse, con la consabida aplastada. Una chica, con la estabilidad y los ojos desorbitados preguntaba, “Che, ¿por qué hacemos esto?, mientras estallaba en una risita histérica y caía al piso, para ser rápidamente levantada por sus amigotes.

De nada sirvió protestar, y como corchos en medio de un estanque, todos íbamos para un lado y para el otro. Los que llegaban tarde, cuales “barras bravas”, empujaban más y más hacia adelante y sacar a los débiles, como en una especie de “actitud mafiosa”, la misma que se percibe en cada esquina de esta ciudad, y todo por la desorganización de los llamados “organizadores”, primero por designar un sitio inadecuado para una aglomeración tal, y el incumplimiento en el horario de inicio. Claro, quienes estaban en VIP y Prensa acreditada, ni enterados del asunto.

Pero paso a contar algunas otras experiencias de éxito en la organización de conciertos de rock, y es más, de donde estos “desorganizadores” bebieron de sus fuentes para hacer un espectáculo masivo, con diversos géneros musicales, pero con dos diferencias enormes: trabajo articulado y gratuidad: hablamos de Rock Al Parque, de Bogotá, Colombia.

Empecemos por decir que el Festival va este año a completar su duodécima versión, en forma ininterrumpida, que reúne en tan solo a tres días a más de 60 bandas, entre jóvenes promesas y reconocidas internacionalmente, en un escenario adecuado, como es el Parque Metropolitano Simón Bolívar, que cuenta con la infraestructura para este tipo de eventos, y donde se han congregado, en cada versión, más de un millón de jóvenes, provenientes de todo Colombia y también de América Latina.

La organización del certamen es un todo un trabajo que se prepara durante el año, en forma coordinada y articulada, entre la Alcaldía Mayor de la Ciudad, su Secretaría de Cultura, que ponen escenario, logística y dinero, la Policía Metropolitana, con lo mejor de sus hombres y mujeres y que ayudan al control del orden público y la prevención, más no provocación; y las ONG de cultura de la ciudad y de los mismos rockeros que se han ganado a pulso su espacio y lo defienden con inteligencia, buen comportamiento y altura. O recordemos que durante la presentación de Metálica, en el mismo escenario, en el año 2000, no hubo ni un solo incidente dentro ni fuera del lugar, para no hablar de bandas de Metal más pesado, como Slipknot.

Un trabajo que dura todo el año, porque se apoya a las bandas que están surgiendo, con eliminatorias en las diferentes localidades que sí funcionan en la ciudad, y el premio, es subirse al escenario a compartir con los duros de la escena internacional, y ganarse el reconocimiento del público joven, que como decía Héctor Suárez, el mexicano de ¿Qué nos pasa?, “Queremos Rock”.

Es un trabajo coordinado, y no cada quien por su lado, como aquí, con este festival, empezando por el patrocinador que hace prensa gaseosa, la jefatura de Gobierno, ¿existe Jefe de Gobierno en Buenos Aires? Y ni hablar de la policía, sin recursos, sin funciones, sin nada, como el fantasma del limbo.

No es de extrañar que la anarquía siga reinando en esta sociedad, y en especial la falta de atención hacia sus jóvenes y las propuestas de arte, que quedan en el olvido colectivo y ocurren casos peligrosos y tristes como Cromañón, ¿o ya se olvidó?

Sería bueno mirar otros horizontes, y no creer que el mundo termina pasando la General Paz. Si se leyera un poquito, y se tuviera, como dice Fito, “una cuestión de actitud”, real, y no de cartel como los de Telerman, se aprendería de otros ejemplos de organización para disfrutar de algo constructivo y edificante como debe ser la música y el arte. Se tendrían en cuenta las palabras del líder de Horcas, cuando en 2006 cantó el consabido grito de guerra de mi ciudad: “Bogotá es del putas”, y destacó, además de la organización, que Rock Al Parque es gratis, sí, no hay que pagar ni un solo centavo para entrar.  Por eso la pregunta es ¿si los 30 pesos de entrada que cobran aquí sirven para promocionar y apoyar el talento de sobra de los grupos argentinos nuevos de rock, o tan siquiera para lograr algo de civilización en la organización?