Edición 359

¿Quiero ser estrella porno?

PDFImprimirCorreo electrónico

¿Quiero ser estrella porno?Quiero ser estrella porno. O bueno, eso creía hasta encontrarme frente a frente con la posibilidad de firmar un contrato que me cambiaría la vida para siempre. Y por más duro que uno tenga el cuero, sea descarado, desvergonzado, o sea de "open mind", como dicen, enfrentarse a la decisión de aceptar protagonizar películas de sexo es un tema que hace dudar.

Así le debe ocurrir a cualquiera de los hombres y mujeres que llaman por teléfono para que los metan en la agenda y en la cita, cada 20 minutos, en un despacho desvencijado del cuarto piso de un edificio igualmente destartalado frente al parque Lourdes, en pleno Chapinero bogotano. Ese camino, si decidía firmar, con seguridad, no tendría retorno.

Sentí como si fuese el mismísimo Mefistófeles, el diablo del Fausto de Goethe, el que me pasara la hoja carta con letra de tipo muy pequeña y llena de cláusulas y objeciones, como artículos taxativos de leyes férreas, donde entregaría, no solo el cuerpo -por no decir el culo- sino hasta la "moral" (artículo 5.14). Y dinero: en caso de que la actuación ofendiera a alguien o decidieran demandar a la compañía productora, todos los gastos de abogados y del litigio le corresponden en su totalidad–según el contratito- al autor de la escena, al actor.

Todo comenzó con un aviso clasificado publicado en el diario El Tiempo, en la sección de burdeles y masajes, donde se convoca a hombres y mujeres, por parte de una productora fílmica "americana" (estadounidense, mejor) para hacer películas de la llamada industria del entretenimiento, que genera la bicoca de $USD 72 billones cada año, en todo el mundo. Sí, con b, billones de dólares, unos ingresos más altos que los de la industria de internet (Google, Amazon, E Bay) y tan sólo en Estados Unidos, donde genera USD$12,5 billones, supera los ingresos sumados de las tres cadenas televisivas más grandes, como ABC, CBS, NBC (USD$ 6,2 billones).

Según un estudio de la firma Online MBA, el 12% de las páginas web de todo el mundo son pornográficas (372 millones portales porno). Los tres países que más consumen pornografía son en su orden, Estados Unidos, Brasil y Países Bajos.

¿Quiero ser estrella porno?Dice el informe que a pesar de los clichés, uno de cada tres usuarios de pornografía en Internet es una mujer. Al menos el 70% de los hombres entre 18 y 24 años miran páginas de contenido sexual una vez al mes. Además, el promedio de tiempo de las visitas a estas webs está entre 6 minutos y 29 segundos*.

La industria del porno no es nueva en el mundo, ni en Colombia. Fueron Hugh Hefner, creador de Playboy hace más de 60 años y Larry Flint, de Penthouse, pasando por los primeros productores audiovisuales con el sistema VHS, que desplazó al beta, los que pensaron en este sector, no como algo prohibido, sino como una industria. Antes de ellos, a finales del siglo XIX e inicios del XX, las postales porno causaban furor en París y en Estados Unidos, donde a la par con las fotonovelas impresas, con las historias de los pistoleros del viejo oeste, empezaron a generar pingües ganancias a quienes desafiaban el estigma social de producir algo vetado por la mojigatería de sociedades victorianas o implantadas como la estadounidense.

Luego las mafias quisieron meterse en el cuento. A la par con el whisky prohibido, y las drogas, el negocio fue el de la trata de personas y la prostitución, que sigue vigente. Pero fue a finales de los 60 y 70 cuando las revistas, como Penthouse, que se abrió una nueva rama explotando el morbo de siempre del ser humano para generar mucho dinero.

Los clubes de baile en Estados Unidos comenzaron a proveer de estrellas a la incipiente industria productora de películas: ya nadie quería ver solo fotos e imaginarse, ahora se quería ver la acción del sexo.

Cuando llamé al celular que aparecía en el aviso, me contestó una joven voz femenina, algo tosca y muy mal manejada, que da la información, asigna la cita y otorga los pasos a seguir. Era un martes y tenía cita el miércoles al finalizar la tarde.

¿Quiero ser estrella porno?Una vez adentro del edificio pregunto por el cuarto piso, donde queda la oficina. Al descender del elevador, subo unas escaleras como hacia un mezzanine y a mano derecha hay una puerta de vidrio que resguarda cuatro oficinas. Timbro y sale un joven de unos 20 años aproximadamente y me dice que en unos minutos me hace seguir. En el hall no hay dónde aguardar, así que espero sentado en la baranda de las escaleras. Se abren las puertas del ascensor y descienden dos chicas muy jóvenes, también entre 20 y 22 años y con una lámpara en las manos.

Una de ellas me hace seguir. La oficina está dividida en una antesala y el despacho. Es pequeña, tiene muchos objetos abigarrados, pero está limpia y no se ve desorden. Eso sí, es oscura y por eso llevan la lámpara. –Sufrimos un corto, no hay luz en el despacho y es clave para que lea el formulario- me dice Ingrid, quien parece la líder del grupo peculiar.

La otra chica, una rubia de 20 años, con rastros de acné aún en el rostro es la máquina contestadora. Se pone al teléfono que no deja de repicar durante los 40 minutos que estuve allí.

Uno se imagina al diablo o al viejo pervertido o a la mujer tetona que fuma, con rulos, escote hasta la cintura, con un jersey apretando los gordos, minifalda que envuelve un culo enorme, medias de malla y tacones plataforma de puteadero barato, tan de moda hoy. Pero se rompió el cliché. Los tres muchachitos no alcanzan los 23 años y son quienes mandan en esta oficina, que como me confiesan es la división de talento no profesional de la industria del porno, algo así como la modelo no modelo de la revista Soho, y de quienes se acercan por la experiencia, o por plata: pagan entre 1 y 5 millones por cada película, claro, si se tiene un buen performance en las pruebas anteriores, que no son obligación para el rodaje final, dice el contrato.

¿Quiero ser estrella porno?La prueba, me dijo Ingrid, es ir a un lugar de citación diferente, que puede ser la casa del rodaje. Lo sientan al frente de una cámara y le empiezan a hacer preguntas directas y eróticas. El actor debe calentarse, lograr una erección, en el caso masculino, y convencer, ante la cámara, que tiene un orgasmo. No se finge nada: debe terminar en lo de siempre... ¿Y las damas? Igual, en lo que termina una masturbación. Claro, el nombre concreto no aparece por lado alguno para que la gente no se espante ni le de miedo escénico. La palabrita siempre ha sido fuerte. Ahora, si alguien lo prefiere, me dijeron, puede ir con la pareja a la prueba y aplicando la vieja y conocida técnica del voyeur, lograr el objetivo. Luego me indicaron que es el director el que decide con quién trabajar, sin importar si la "prueba" se cumplió a cabalidad.

De entrada se mueve la caja registradora. La cita costó cinco mil pesos que pagué una vez entré y 50 mil el formulario si luego de un interrogatorio demasiado directo se decide seguir adelante.

"¿Eres gay, bisexual, o heterosexual?", preguntó Ingrid, entre incómoda y sabelotodo en el negocio. Con seguridad habrá tenido uno o dos novios en la vida, el que la desfloró y el que cree es para toda la vida, pero que acaba de botar, anda en líos porque sospecha algo de su oficio, o se enteró y le armó la tercera guerra mundial. Claro, especulaciones mías, porque puede tener muchos hombres y está feliz con lo que hace, pero se le nota la inexperiencia.

Respondí rápido para salir del paso, reafirmando mi gusto por las mujeres y despejar la duda por la cara que debía llevar: a pesar de mis años en el periodismo, era la primera vez que llegaba a este nivel de la industria. Muchos años en los bajos fondos de la ciudad para hacer un libro aún en proceso y próximo a salir te dan la seguridad de entrevistar prostitutas, mafiosos, proxenetas, clientes, pero no lo había hecho con productores y menos con tres universitarios jugando, y muy en serio, a ser los Hefner o Larry Flint colombianos. En Medellín, es donde la industria es más firme y donde ya hay hasta canales especializados del tema en televisión por cable local y regional. Pero los tres chicos estaban nerviosos y asustados con mi presencia y se les notaba. Así que me relajé y me hice el boludo para que la charla, y la investigación continuara.

¿Quiero ser estrella porno?Muy amables, eso sí. Pasado el mutuo nerviosismo, me indicaron dos veces que si tenía preguntas -luego de que leyera el contrato en sí- me las iban a responder. Enrique, gay, era el experto.

En la primera parte, el escrito indica que la productora EVVA va en contra del abuso, la obscenidad y la pornografía infantil y pedofilia ¡Muy bien! Eso es limpio en una industria que mueve o gana dinero a manotadas con las perversiones humanas. Según el estudio On Line MBA, los sitios web que ofrecen pornografía infantil en el mundo se calculan en 100.000, y las descargas mensuales de pornografía en sistemas P2P (Peer-to-peer), incluyendo las que usan a menores de edad ascienden a 1,5 billones (35% de todas las descargas).

Oh, sorpresa, cuando llegué al anverso del documento y me encontré con verdaderos artículos esclavistas. Pero tres concentraron mi atención:

El primero habla de entregar la moral y ni modo de reclamarla. Afirma que "los oferentes o actores de la industria que accedan a firmar no pueden reclamar la moral por cambios en el físico que se apliquen para el rodaje de las películas". Le pregunto a Enrique y me indica que muchas mujeres actrices o que llegan a las películas quieren cambiar su apariencia o físico para que no las reconozcan en Colombia. Las pelis y fotos se presentan tan solo en Estados Unidos y Europa. Le pregunto qué productoras y me dice que es reserva, porque seguro voy a buscar a alguien que debe estar allí. Buen punto. Entonces, me explica a continuación que por ello las maquillan y transforman y como aceptan al firmar, no pueden reclamar ni demandar en 10 ó 15 años por si se les ocurre decir que dichos cambios se hicieron en contra de su voluntad.

Es un argumento coherente desde el punto de vista de la empresa. Pero ¿y desde el protagonista o la carne de cañón en el cuento, cuál es la postura moral, como se defiende algo etéreo y que depende de la sociedad y sus reglas, pero que es gaseoso e indefinido en el mundo del porno? Enrique no me supo o quiso responder.

El segundo tema que le pregunto es cómo hace la productora para evitar la piratería y que alguien lo pille a uno en dichos pasos y con mujeres distintas a la conocida, y suba el video a Youtube. Afirma que tienen todos los mecanismos legales para demandar y defender a ultranza la identidad de las personas y evitar que se use el material sin su consentimiento. Rápidamente mi cerebro recordó los casos sonados del sector, como los de Luly Bosa, Ana Karina o Shakira, entre muchos otros, que se pasearon por la red antes de las demandas costosas.

-¿Me entiende?-, preguntó Enrique. Le dije que no, porque en estos tiempos defender un crédito, un derecho de autor y más una identidad en la red es complejo casi que imposible. Me menciona las leyes como Ancla y Sopa, o la Ley Lleras, de Colombia, para defender dichos derechos y ponerle cortapisas al internet. A hoy, todos intentos infructuosos, porque el que lo quiera joder a uno, sube el videíto en cuestión si lo pilla a uno en dichas andanzas. Y la posibilidad es alta por las cifras de consulta del porno tan elevadas, como las ratificamos.

¿Quiero ser estrella porno?Y el tercer interrogante o tema que no me cuadró del todo es que el contrato dice que el proveedor de entretenimiento, así llaman a quien quiere experimentar con ellos DEBE renunciar a demandar a la productora, sus integrantes, directores, promotores, intermediarios y ni siquiera denunciarlos o hacerles mala prensa. Ley del embudo, toda la protección para la productora y nada de nada para los actores y actrices.

Enrique, muchacho bajo de estatura, cabello liso azabache, ojos grandes claros, pestañas onduladas, brazos y piernas delgadas y menudito, me dice que esa cláusula de correr con todos los gastos se puso para evitar que mi esposa o algún conocido que se sienta ofendido por mi actuación demande a la productora y su equipo. Si eso pasa, me toca a mí correr con todos los gastos de abogados y del pleito. ¡Qué mal negocio! Además de empelotarse delante de cinco o más personas que son el equipo de rodaje, tener y mantener una erección, hacer que el sexo sea casual y buscar química así no la haya con la pareja de turno, y por sobre todas las cosas, no eyacular rápido; actuar medianamente convincente unos guiones que en la mayoría de los casos son basura y blindar a los productores, demuestra que estar en esta industria no es nada fácil como todo el mundo cree o imagina.

Y la ñapa: todos los derechos intelectuales, materiales, de cuerpo, de actuación, son de la productora y a perpetuidad.

Bien decía Jenna Jameson, ex reina de la industria, en su libro ¿Cómo hacer el amor con una estrella del porno?, que alcanzar la cima en este sector requiere de mucho sacrificio, hambre, drogas, violaciones como en su caso, pérdida de confianza y amor propios, pero tener la meta fija y jugar al juego, de una forma profesional.

Jenna Massoli, como es su verdadero nombre, a lo largo de las 650 páginas de su biografía, escrita por el polémico periodista Neil Strauss, recuerda que las drogas, las adicciones a las metanfentaminas y cocaína es pan de cada día para las bailarinas de stripper, y las actrices que llegan sin una guía, a un mundo que no conocen. Por eso, ya con 38 años y retirada de las películas, montó el Club Jenna, la productora que orienta a las chicas y chicos que quieran entrar al mundo del porno y que como ella dice, no caigan en manos de inescrupulosos del negocio, en películas "gonzo", cintas pobrísimas, sin argumento, que es sólo sexo por sexo, y que entre más penetraciones, dobles penetraciones y que tratan a las mujeres como carne y denigran de las mismas, son supuestamente más exitosas. "No hay que renunciar a lo básico, como es el respeto por sí mismos, su intelecto, su derecho a pensar y sí, su moral, qu no es otra cosa que libertad, no libertinaje", afirma la rubia.

¿Quiero ser estrella porno?Con el esfero en la mano, y con la convicción de que si firmaba no había retorno les dije que si lo podía pensar. Su semblante cambió de inmediato. Las muchachas, menudas, de tez clara, baja estatura, con pocas curvas, unos ojos ávidos de experiencias y rostros que empiezan a perder la inocencia guardaron silencio y me miraron mal, desencantadas. Enrique dijo que claro, que no se obliga a nadie a hacer lo que no quiere, pero que tenía que volver a llamar y pedir cita y cancelar de nuevo los $5.000. "Sí, son las reglas de la compañía, además todas ellas se ponen porque queremos cubrir todas las cosas malas que nos pueden pasar y así estar seguros, pero en especial, para saber que estamos hablando y trabajando con gente seria", me dijo ya molesto.

-Bueno, mil gracias-, dije y me levanté hacia la puerta del despacho. Entre dientes se despidieron. La máquina rubia mal encarada volvía a levantar la bocina y contestar una nueva llamada de alguien interesado. Ya había cuadrado las citas del siguiente día y ya iniciaba con las del otro, muy a las 8:30 de la mañana.

¿Negocio? Sí, para el que lo monta. Para el proveedor de entretenimiento para adultos, no. Por eso hay que ser la propia productora y estrella del porno, como lo hizo Jameson.

Cuando salí a la calle, sentí que por esta vez, aunque sea por esta vez, le gané la partida a Mefistófeles.

*En (http://www.muypymes.com/2010/06/02/%C2%BFcuanto-dinero-mueve-la-industria-pornografica)