Edición 374

Jacinto Borrego

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Jacinto BorregoJacinto Borrego entró al salón pasadas las seis y treinta. Calvo y paquidérmico, se sentó pesado en la silla junto a al escritorio. En él descargó su maleta atiborrada de papeles y junto a ella una bolsa plástica que sonó como si llevara una botella adentro. Cuando sus manos regordetas soltaron las manijas de la bolsa, efectivamente, surgió de allí el cuello de una botella de licor.

Borrego hizo crujir la silla de rodachines mientras se acomodó en ella, rompiendo así el silencio del salón. Yo adiviné que sólo cuando acomodó su culo perfectamente en el hueco central del asiento y mientras su barrigota se desparramó por los lados de los descansabrazos, el gordo profesor paró el ruido de la silla. Se inclinó y con los codos resecos puestos en el escritorio, descansó su cabeza entre su manos rechonchas. Así estuvo unos segundos, mirando fijamente a la clase al tiempo que con su mano derecha tomó sus anteojos gruesísimos, y los limpió con un pañuelo arrugado que sacó del bolsillo de su camisa. Los miró con la mirada hendida que casi nunca le vi y que, esta vez, se acentuó aún más por la quebradura que los anteojos habían labrado en su tabique gigante. Con su boca grande les lanzó vapor y volvió a limpiarlos lenta y firmemente con el pañuelo. Sus ojos azules profundos, raros por esas tierras altas, estaban enrojecidos.

Borrego volvió a ponerse los anteojos y, entonces, de nuevo con la cara entre sus manos, miró a la clase entera con el sosiego del maestro quien trae un examen imprevisto o alguna proclama autoritaria. Lo que vino no fue así. Con su voz ronca retumbó diciendo que no nos aterráramos de la botella, que no era un delito -o bueno, que si lo era-, pero que la universidad lo perdonaría porque ese día su madre había muerto.

Contó que había llegado a la universidad a las dos de la tarde, luego de recibir la noticia, y que desde esa hora había paseado por los corredores bebiendo sorbos de whisky, riendo a carcajadas y conmemorando extasiado la muerte de su mamá. Con su voz poderosa pidió que no le diéramos pésames, que la muerte de la mujer sólo le aliviaba. También pidió que miráramos a sus zapatos; que no traía calcetines porque, por más de dos horas, había caminado descalzo en el patio central del claustro hasta que, cansado, se había sentado a bañarse los pies en la pila del mismo patio.

Borrego siguió hablando. Su voz retumbaba. Dijo que lo de los pies descalzos lo había aprendido de su abuelo, quien, añadió, era rico pero caminaba sin zapatos los domingos después de la misa. Con su vozarrón aclaró que su abuelo lo hacía porque sus pies desnudos recordaban a los demás cuan diferente era él. "Mi abuelo criticaba la feligresía y su elegancia dominical hipócrita. El viejo, contrario a la usanza, se paraba frente a la catedral descalzo a recordarles a los pobres feligreses la vida que llevaban el resto de sus días cuando vivían sin zapatos. Era un país con dos millones de habitantes y ocho mil pares de zapatos", cerró el gordo con aire de satisfacción.

Ese día Borrego habló de sus ídolos. Recuerdo particularmente la forma como entonaba los nombres ingleses. "I. Pi. Tomson", pronunciaba durísimo enfatizando al historiador inglés E.P. Thompson. "Michel Fukó" continuaba, "Llán de Bodrilar", volvía a retumbar, junto a "Yorsh Canguilén". Así avanzó mientras los nombres y teorías se volvieron un drum-drum que arrulló la historia de la madre muerta. Yo la imaginé amortajada en una sábana blanca, lánguida y canosa, de cara alargada y nariz aguileña. La vi en mi cabeza con sus párpados cerrados y su boca hendida por la ausencia de las prótesis dentales. No me explicaba en mi culpa cristiana cómo el regordete dictaba la clase aquella tarde en que su familia lloraba a la mamá muerta.

Y sigue el duelo

Borrego siguió retumbando. Sonó rimbombante en mis oídos, gesticuló como si no pasara nada. Rió con sorna cada que alguno de sus estudiantes, a quienes creo nos creía estúpidos, preguntó algo. Con aire arrogante aparentó escuchar las preguntas. A cada pregunta, el gordo respondió como si todo fuese obvio, como si las respuestas fuesen algo que sus autores favoritos fabricaron siglos atrás.

Debo confesar que, por lo menos a mí, el curso de Borrego me causó tanta ansiedad que creo jamás aprendí mayor cosa. Eso sí, recuerdo que me quedaron los nombres rimbombantes de los autores y las ganas de leer sus libros. No sé si por la ansiedad, cuando los leí por aquellos días, tampoco entendí lo que decían. Años después cogí los mismos libros y me pareció que estudiaba otros autores, que lo que me había quedado de los cursos de Borrego era el tamborileo sonoro de los nombres.

Esa noche, después de la clase, recuerdo que seguí Borrego por dos cuadras. Me acuerdo que en la segunda esquina su cuerpo bamboleante viró a la derecha en dirección de la Libélula, la librería frecuentada por los intelectuales de la universidad. Allí, aun con la imagen de la madre muerta en la cabeza, lo vi sentarse en el sillón que estaba junto al escritorio de Yussef el librero, su profundo admirador. Borrego se esforzó para encasar su nalgatorio en el sillón mientras yo lo espié desde la ventana donde fingí mirar libros.

Una vez acomodado, Borrego cruzó una de sus piernas gigantes y volvió a enseñar su tobillo gordo sin calcetín. Se rascó la pantorrilla y el tobillo y así, con la pierna cruzada, extendió su mano derecha y recogió del suelo la botella de licor. La puso en el escritorio mientras Yussef se le acercó. Fue allí que me di cuenta que la curiosidad me había empujado por debajo del dintel de La Libélula. De nuevo escuché a Borrego retumbar luego que Yussef le preguntó cómo estaba. "No también como a usted pero ahí vamos", dijo riendo. el pequenín le respondió que era una de las pocas veces en que le oía decir que no estaba perfectamente bien. Enseguida Borrego le vomitó la historia de su madre y entre risas le pidió al librero que no le diera el pésame, que la muerte de la mujer lo "liberaba". Yussef, estupefacto, le dijo que no le daría pésame alguno. Con su risa socarrona Borrego pidió que más bien le trajera un par de copas que lo invitaría a un whisky. El chiquitín asintió y corrió a meterse en el baño de la

librería que era donde conservaba los pocos trastes de cocina que tenía en el negocio.

Jacinto BorregoMientras Yussef sacó los vasos del baño, una mujer se acercó a Borrego. Aquella me sorprendió porque tan pronto lo vio, sin mediar saludo, se envolvió su pañoleta de burócrata local y lo abrazó intensamente. El gordo, socarrón, volvió a pedir que no le diera condolencias. La mujer, sorprendida, dijo en voz alta "ah este Borrego siempre tan excéntrico". Borrego, creo alagado por el "excéntrico", respondió con su vozarrón que no era excentricidad, sino que simplemente la muerte de su madre no le causaba dolor.

Yo seguí fingiendo mirar libros en un anaquel cercano a Borrego pero me marché pronto pues el ronroneo de los clientes y los autos que pasaban frente a La Libélula no me dejaron escuchar el intercambio entre la mujer y el gordo. A él seguí viéndolo cada martes y cada jueves hasta que terminó el semestre. Siempre en lecciones que me trajeron la ansiedad que ninguna otra me dió; siempre bajo el tamborileo de los nombres ruidosos que Borrego lanzaba al aire, las risotadas socarronas y los hitos que ponía a las obras de sus admirados.

De allí a acercarme otra vez al mundo del Borrego, desde la noche que lo espié en La Libélula, me tomó más de un mes. Fue una tarde cuando el sol ya empezaba a dejarse ver en ese cielo roto de la ciudad universitaria, anunciando la venida del verano. Ese día fui con dos amigas a darnos un chapuzón en la helada piscina universitaria. Mientras charlábamos animados, una de ellas trajo a colación el momento en que Borrego contó de la muerte de su madre. Mi amiga, Ceci, contrario a la repugnancia que me causó el recuerdo, dijo admirar profundamente no sólo la historia del gordo, sino al gordo mismo. Me sorprendió aun más cuando la mujer, quien apenas rondaba en los veintitrés, confesó del placer erótico que el vozarrón de Borrego le producía. Así, desde un punto de vista totalmente diferente al mío, Ceci habló de la sensualidad de la mirada de Borrego, de lo erótico de su mano gorda, de sus antejos, de la belleza griega de su nariz partida, de lo sensual de su barriga desparramada bajo los antebrazos; de todo aquello que a mí y a mi otra amiga nos parecía grotesco. A Ceci, el gordo la atraía con una fuerza tal que yo esperé sólo la confesara a sus amigas mujeres.

Fue entonces que reconocí que gracias a Ceci había recobrado, al menos temporalmente, mi interés en Borrego. Fue ella quien me hizo descubrir ese lado oscuro de la belleza y sensualidad perdidos el diccionario de mi normalidad. Ceci fue quien me llevó a encontrar que el descomunal Borrego se había convertido, a fuerza de su gordura, vozarrón y sarcasmo, en un símbolo sexual. Sin embargo, debo confesar, el encanto duró poco pues una mañana otra de mis amigas, Vianey, una negra hermosa con quien compartí risotadas, me contó en secreto, que el gordo la acosaba sexualmente, que aprovechaba que a ella le iba mal en su clase para demandarle favores. Vianey contó además que desde la primera vez que el gordo le insinuó la posibilidad de llevársela a la cama, ella le respondió grosera diciéndole que no se acostaría con alguien a quien la barriga no le dejaba ver su propio "pipí". Añadió que desde ese mismísimo día Borrego no sólo la amenazó con reprobarla, sino que se convirtió en su peor pesadilla en la

universidad.

Yo ni siquiera reparé si la historia era cierta o no. Luego de lo narrado Vianey, rápidamente y sin responsabilidad concluí que Borrego había terminado por creerse el cuento de su sex-appeal y pasado así de embaucador a abusador. Eso sí, recuerdo que le reproché a Vianey su respuesta grosera pues, como Borrego, durante mi niñez yo también había soportado la crueldad de los flacos contra mi gordura infantil. Creo, fue aquello lo único que me solidarizó con el gordo.

Desde el final de ese semestre, no volví a tomar clases con Borrego. Eso sí, lo vi a muchas veces ya fuese saliendo de la universidad o entrando a La Libélula. Escuché que ganó premios por sus trabajos sobre política y economía, que su fama llegó a tal que gobernantes provinciales lo consultaban, que era un hombre exitoso, con mujer, con hijos y con un séquito de adeptos que lo impulsaban poderosamente en las aulas universitarias.

Hace unos días, después de más de veinte años, volví a visitar la ciudad donde está la universidad. Uno de mis amigos que aun vive allá me dijo que el gordo Borrego aun trabaja en la facultad. Que ya no es gordo porque una enfermedad lo enflaqueció tremendamente. Que ahora habla despacio y pausado. Que ríe poco y que, recientemente, casi al punto de morirse por su enfermedad, la universidad lo premió nombrándolo profesor emérito -la más alta distinción- para que glorioso se vaya a su tumba. Claro, también me dijo mi amigo que de eso ya habían pasado varios meses y que Borrego, enflaquecido y enfermo aun sigue allí; ya no dictando clases más si envuelto en las rencillas del poder académico provincial.