Edición 359

Alienígenas

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AlienígenasCreo que fue después que me intoxiqué con veneno para matar ratas que decidí que volvería a escribir. Habían pasado meses en que no lo hacía, más por habernos mudado recientemente a los trópicos tampoco me había quedado tiempo.

En fin, estaba yo aquí en una clínica lujosa que parecía superior a las de mi tierra del norte. La doctora que me vio, al enterarse de mi caso, lo primero que hizo fue regañarme por no usar las precauciones de los exterminadores y, seguido, enfiló dos puntiagudas agujas a mis venas. Allí me dejaría tendido por veinticuatro horas hasta que me deshiciera del veneno. Fue en ese tiempo que pensé, más calmo, en cuanto había ocurrido en los meses anteriores.

Me confundía no saber cómo sacamos la fuerza y la indiferencia necesarias para empacar las maletas y terminar en medio de esta tribu de la había leído algo hace mil años pero la que parecía tan diferente y, a la vez, tan similar a la que me mostraban los libros. Me asustaba no sólo la confusión por las diferencias tan marcadas entre los humanos reales que me rodeaban con las descritas por los tratados antropológicos. Claro, pero ese no era el punto. El caso es que ahora, creo, mi vida enfrenta un grupo que, a pesar de mi oposición a las teorías raciales, clasificaba casi como una raza humana, o –lo que es peor-, como si yo hubiese descubierto una raza de seres extraterrestres infiltrados en la humanidad.

AlienígenasCuando te expliqué la cosa, sé que te produjo más desconfianza hacia mis ideas que hacia nuestros anfitriones. Varias veces en las que traté de hacerte caer en razón sobre mi posible descubrimiento dijiste que la cosa no era así, que la humanidad tenía suficiente diversidad como para albergar a estas gentes. Te dije que aun así, el aislamiento de estos naturales respecto a los demás grupos era inexplicable. Respondiste que no estabas de acuerdo, que mirara nada más como en nuestro propio vecindario los Hasidim ni si quiera se relacionaban con nosotros, o que en el estado vecino los Amish tampoco mantenían relación alguna con sus vecinos de Lancaster, o que los Menonitas en Bélice o el sur de México tampoco se integraban con sus vecinos o que, para que me quedara más claro, me pedías que recordara nuestros años en Japón en donde la soledad nos hizo más solitarios que los retirados de las residencias gerontológicas de Osaka.

Como vi que no podría convencerte, fue por eso que, sin importarme lo quijotesco del asunto, me dediqué noches enteras a juntar notas para ver si el descubrimiento de esta "raza" alienígena del paralelo veinte era factible, si de veras eran todos nono pan-humanos y si por cierto habían venido de algún lugar extraño.

Mi primer paso, como réplica de lo aprendido durante un curso de etnografía al que me mandara mi asesor de tesis hace años en Tubingen, fue utilizar a mi nativo inmediato, que en este caso fue Roberto, mi taxista, como informante principal. Digo que lo hice cómo réplica pues mi asesor, en su caso, utilizaba a su empleada doméstica y a su familia nativa de las cumbres de los Andes en sus disquisiciones acerca de los fractales dominantes de la cosmogonía de los grupos amerindios al oeste de Tordecillas. Una vez planeado que Roberto sería el caudal guía hacia las entrañas cosmogónicas locales, empecé a transcribir cada una de mis conversaciones con él. Roberto era ideal pues además de llevarme cada día a donde necesitara ir, él era de este lugar y su familia databa de generaciones, además, a cada rato, hacía menciones de las cosas en la lengua vernácula de los antiguos. Recuerdo que después de varias semanas de transcripción, terminé con numerosos cuadernos de relatos sobre la vida diaria de Roberto y su familia. Debo confesar que no habían pasado seis meses y la labor se tornó tediosa por lo monótona que parecía la vida de Roberto y por ende la del círculo social en el que su familia se movía.

AlienígenasAsí, en más de una entrada de mis cuadernos Roberto relataba sus quehaceres del fin de semana. Fui entonces testigo de meses de visitas a los centros comerciales locales que, parece, eran los únicos lugares que frecuentaban su familia y sus amigos. A tanto llegó lo aburrido de los relatos de Roberto que luego de tres o cuatro fines de semana yo ya adivinaba los relatos: "estuvimos el sábado en la Plaza Fuenlabrada. Nos fuimos allí porque mi hijo Diego quería comprar un nuevo juego electrónico que ha salido recientemente y que acaban de importar de Miami. De allí nos fuimos al restaurante Sundays donde hay una promoción que deja comer a toda la familia por el precio de una sola comida completa. Ya de allí a casa de mi suegra, quien preparó un pavo muy delicioso con el recado tradicional que sólo ella sabe hacer. Fue una tarde muy agradable con mi mujer, mi hija con su novio y mi hijo con la chava con la que sale ahora. Mi suegra, como siempre, nos atendió, hasta las once de la noche con mucho amor hasta que nos quitamos (sic) de su casa". El tiempo fue pasando hasta un día en el que a pesar de lo tedioso en que se había convertido mi investigación, se iluminó mi entendedera y entonces pude por fin tener idea de cual sería mi argumento para mostrarte que yo tenía razón y que de veras los habitantes de esta tierra no tenían nada que ver con la humanidad de la mayoría de terrícolas. Desde allí, te expliqué, que su extraterrestrialismo se debía al hecho de que esta era una raza de seres en los que el apego a las mínimas expresiones de excitación humana eran desconocidos. Por ello, repliqué, era que todos vivían en suma harmonía en ambientes terriblemente calmos, como si estuvieran muertos. Recuerdo que para apuntalar la discusión saqué a colación la postura Nietzscheana de que no hay ser humano que no esté buscando darle el mayor índice de excitación a cada momento de su vida y que aquellos que no lo están o son presa de la represión cristiana que mató lo apolíneo, o simplemente no son humanos. Mi idea, obviamente, se iba por lo último. Por eso, mi intención final fue convencerte que entre más aburridas las historias de Roberto y su familia, más seguro que sus congéneres eran alienígenas. Es más, en más de una de nuestras cenas tardías, traté de conectar mi idea, de su falta de "excitante" naturaleza humana, con una lluvia meteórica reportada por geólogos en la región hacía el año cuatro mil AC.

AlienígenasRecuerdo que cada que volví a hablarte del tema, contestaste que la locura era la que me había invadido y que mis ideas me ponían cada vez más cerca del sanatorio. Al final, yo ni caso te hacía, y mi obsesión con demostrar que vivía entre extraterrestres era la que me hacía irme cada día muy tarde a la cama y levantarme muy temprano para terminar mis quehaceres y correr a los archivos locales o a la red a buscar alguna luz sobre la mínima posibilidad que mis anfitriones no fuesen de este mundo. Sin convencerme mucho hallé no sólo escritos como los de Godfrey Higgins, Charles de Bourbourg, and Le Plongeon sobre los posibles orígenes extraterrestres de estas gentes, pero ante la falta de claridad de sus explicaciones –pues no me convencía la idea de que era yo quien no tenía las entendederas lo suficientemente abiertas para comprender sus misticismos-decidí que yo mismo encontraría una respuesta tangible en aras de demostrar al hombre común y silvestre que en esta tierra no estábamos solos, sino que desde hace

miles de años habíamos sido invadidos por alienígenas. Dicha respuesta, como ya te lo había dicho, era convencer a cada uno de los foráneos a quienes frecuentábamos en el Club de Expatriados que los locales carecían de naturaleza humana, que su pacifismo y calma monásticas no eran propias de este mundo y que sólo ellos podían vivir en semejante estado porque no pertenecían a esta tierra. A ti, la cosa te incomodaba y más bien hacía aligeraras nuestras salidas del Club cada que íbamos a las cenas o fiestas que allí se hacían. Recuerdo que una vez la cosa llegó a tanto que dijiste que te avergonzaba el hecho de que yo insistiera en sentar cátedra sobre mis ideas en cada visita al Club.

AlienígenasUno de tus contra-argumentos era que tenías dos amigas cercanas que estaban casadas con hombres que yo llamaba alienígenas y, una de ellas, te había ya reclamado por las cosas que yo andaba diciendo sobre el extraterrestrialismo de los locales; además, había afirmado que se sentía insultada por mis ideas. Recuerdo que medio socarrón intenté decirte que me gustaría hablar más a menudo con tus amigas para ver si podía a acercarme a elementos de la vida íntima de sus dos familias para ver si algo discordaba con las vidas normales de los humanos. Me gritaste finalmente que dejara la ridiculez, que mi comportamiento, de nuevo, estaba rondando en la locura y que pronto, si yo no dejaba del lado mi obsesión, ibas a terminar por dejarme de lado. Te prometí que no volvería hablar contigo del tema pero que, si por curiosidad intelectual te atrevías, podías mirar los tratados populares Argüelles o Callerman quienes te explicarían que tal vez yo tenía razón.

Imágenes tomadas de: Wallsave, Fondos Wall, Imágenes en 3D y LaPS3