Edición 367

Saxofón y fiesta en la sala Beethoven de Cali

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Saxofón y fiesta en la sala Beethoven de CaliLa música cumple un rol en la vida del ser humano. La cuerda que siente el roce de la uña, el viento que es acariciado por la boca o el oboe o el cuero que el apaleado por el palillo, hacen salir del silencio notas y sonidos que calman el fragor del cansancio o las tristezas del humano.

Sin la flauta o la dulzaina, sin el clarinete o la trompeta no existirían en el camino los pájaros para hacerles el dúo. El juglar con su arte toca la quena o la avena y hasta las hojas en los robledales se erizan con el aire encantado que llega hasta sus oídos. No se distinguiría el murmullo del agua que se revuelve de frío o porque los peces la muerden.

¿Qué Dios inventó el arte de producir melodías para endulzar la vida del hombre? ¿Fue Eolo desde los árboles o los aleros que protegen las viviendas familiares? ¿Fue Euterpe que siempre tuvo en su mano la tibia o cálamo y mantuvo así el buen genio? ¿O, acaso, fue Atenea con su búho de quien se dice que inventó con un junco la flauta y que fue jueza en la competencia a dúo de Marsias con Apolo?

La armonía no está en el número, frío y escueto como lo dijo un filósofo. Está en el toque de gracia que suena cuando las cosas se juntan y consiguen estar de acuerdo. Tan pronto una piedra cae al suelo o una golondrina pasa batiendo sus alas en la inmensidad del firmamento, la naturaleza se conmueve y se producen sonidos. La soledad se llena, el vacío desaparece y un milagro se oye en el confín del universo. La piedra ha besado en su pesadez a la tierra y el ave con su aleteo ha hecho volver la cara del hombre hacia el azul y le ha hecho elevar su mirada de lo banal y rastrero.

Por eso es tan importante que haya conciertos, que haya filarmónicas como bandadas de aves con levitas negras y director que vaya adelante guiando el aletear de violines, cornos, oboes y el ronronear de platillos, timbales y bombos. Que haya duetos, tríos, cuartetos de cuerda o vientos que se junten para competir con el ruido y alejar al hombre de sus rutinas y afanes.

Ya el hombre de ciudad y tecnológico no camina por senderos con pinos, con eucaliptos, sauces y arrayanes donde anidan y cantan mirlas, guacamayas, guacharacas o milanos. Hemos perdido los bosques donde se oyen esos trinos o los silvos de las boas o los chillidos de los micos o los berridos de los zainos que le dan color al oído. La selva se alegraba al amanecer con el vuelo de las garzas que alzaban las alas y graznaban una canción al día. Y el barquero sobre el río se detenía a aplaudir la bandada, que desde sus picos repetían su sonatina.

Sea una sinfonía, una obertura, una serie de pasillos o bambucos, un concierto de jazz o blues o una audición de tango o de porros caribeños, la música será bienvenida en la Sala Beethoven de Cali, cada semana, los miércoles. Frente a la ventana no sonarán los loros viajeros, las torcazas o los toches que vienen a despertarnos en la madrugada. Por lo menos tenemos la fortuna de poder asistir a escuchar cuando empieza la noche unas voces, unas cuerdas o unos vientos que nos harán ir reconciliados a la cama después de tanta violencia y noticia ingrata.

Los videos son de los maestros Javier Ocampo y Luis Alfredo Ardila: