Edición 368

Jugando con la realidad

PDFImprimirCorreo electrónico

En épocas de un mundo convulsionado donde los hombres corren detrás de la vida intentando subirse en algún momento a ella, el diario existir presenta no solo una heterogeneidad de culturas, de personas y de prácticas, sino que cada vez es más plural la interpretación humana del cómo y para qué vivir.

 Así, los hombres post-modernos se paran en un paradigma relativista para justificar su modo de actuar. Cada uno aparenta tener su verdad; sólida y firme en función de las ideas que en ese momento pueblan su mente. Después, como fundan su pensar en la relatividad, el cambio de los pensamientos en su mente hace, consecuentemente, que su verdad se modifique en pos de estos nuevos componentes.

La consecuencia de esta estructura de pensamiento los invita a vivir en el presente bajo su sabio y cambiante criterio sin concebir otras reglas o pensar en las posibles consecuencias futuras. “La vida es una sola y hay que disfrutarla, divertirse” me dijo un amigo intentando producir en mi un contagio de ideas. Pero este pensamiento tan actual no sólo afecta a los jóvenes que por momentos sienten vivir una vida efímera, intrascendente y banal. Acucia a mujeres y hombres adultos también, no importa de qué país provengan. El panorama parece complejo, pero las oportunidades tenidas por ocultas se encuentran más cerca de lo pensado. 

El mundo de la tecnología desde tiempos remotos ha venido desarrollándose de una manera apasionante, cargado de innovaciones concretas que impulsan el mundo circundante al hombre, en pos de una vida facilitada, un poco más cómoda y placentera. Ha sido éste el aspecto de su vida sobre el que más tiempo y trabajo viene depositando, mientras que las cuestiones humanas, como el cuidado de sus estados internos, la corrección de conductas violentas y reacciones, y el desarrollo de sus capacidades morales queda postergado para más adelante.

Hace un tiempo irrumpió en el cine una taquillera trilogía futurista que nos presentaba el avenir del hombre dominado por maquinas, por seres insensibles y artificiales que dominaban el globo. En aquella secuencia de films, la Matrix controlaba la totalidad de la vida humana, donde cada hombre sentía que era libre y feliz, sin poder ver que en simultáneo sufría un profundo adormecimiento de su capacidad crítica pensante. Ahora bien, ¿qué pasa si nos animamos a relacionar el estado actual de nuestra sociedad con el futuro potencial propuesto por esta película Matrix?

La actividad puede ser muy productiva, y nos puede llevar a observar muchas prácticas cotidianas con una nueva cuota de extrañez. El resultado es consecuencia de este gran desequilibrio cultural humano. Y allí, es donde la excesiva concentración de esfuerzos para el desarrollo material tecnológico, nos empieza a proponer una retracción cada vez más completa de la angustiante realidad humano-espiritual. 

Vemos así como desde hace algunos años el surgimiento de la atrapante realidad virtual legitima el desequilibrio. El desarrollo de ciudades simuladas donde los hombres llevan a cabo sus actividades diarias de manera normal, permite un reordenamiento rápido y cómodo de todas las variables humanas desatendidas en el mundo real, cuyos efectos de realidad crean una felicidad irreal controlada por hombres; y muy pocos.

Éste fenómeno de abstracción de la problemática post-moderna que vivimos se canaliza en algunos a través de diferentes practicas de “desconexión”, como pueden ser el abuso de drogas, el alcohol, el internet, o cualquier otro vicio común que nos obligue a no pensar. La realidad virtual, por su parte, propone infinitos mundos paralelos abstractos con un nivel de complejidad tal, que logra seducir a nuestra mente de manera casi total, permitiendo que comunidades enteras de internautas (usuarios) interactúen de forma simulada creyéndose en un ámbito normal donde hacen sus compras, van al trabajo, y salen de vacaciones.

Así, ésta herramienta deslumbrante para algunos ingenieros parece constituirse, según sus usos, en una vía directa hacia un futuro “Matrix”, en el que los hombres apuesten su capacidad de hacer por una comodidad quimérica, y donde el precio a pagar por el indiferente compromiso con nuestro régimen humano no sea otro que la sumisión a la antojadiza voluntad del hombre.