Edición 371

“Sube sube kilométrico” hasta el cielo

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“Sube sube kilométrico” hasta el cieloMares de tinta y horas de grabaciones se emplearán para intentar condensar la figura de Fernando González Pacheco, quien falleció a los 81 años y quien desde hacía varios soportaba además de la enfermedad cardiaca, una que no tiene cura: la de la soledad.

Escuchar los reportajes que sus amigos en los medios radiales y escritos adelantaban cuando corría el rumor de su agravamiento así lo confirmaban. De hacer reír, llorar, emocionar, gritar, saltar, como lo hizo desde que era el rey de la presentación y de los concursos en televisión, o de las teletones para damnificados, a escucharlo abatido, solo, triste, rompía el alma. Condición humana.

Así que abreviaré la carreta y tan solo mencionaré la anécdota que tuvimos los niños que intentamos ganar el premio gordo al final de la vara engrasada, y que encarnaba el concurso de Animalandia –su programa estrella- patrocinado por la firma de esferos Paper Mate, "Sube Sube Kilométrico".

“Sube sube kilométrico” hasta el cieloMi hermano Ricardo y sus inseparables compinches de aventuras, niñez y adolescencia en el barrio Marsella, en Bogotá, Estupiñán y Hernán, se prepararon para inscribirse y participar en tamaña prueba: subir por un poste de madera de más de 5 metros de alto, como una casa de dos pisos, donde al final estaba una bandera que había que desmontar. Ese era el premio, el trofeo con el cual los de la producción y los patrocinadores que se sumaron, Pulver, Bodegas Sansón, el Ley, intercambiaban por sus productos. A veces le metían plata.

Yo tenía 6 años y los muchachos mayores entraban en la adolescencia. Lo del poste lo resolvieron fácil: en el parque del barrio era frecuente encontrárselos de madera y estos soportaban las líneas telefónicas de ETB. Lo de la grasa sí fue reto. Había que hacer el "túmbilis" al lubricante de los carros de los viejos, en mi casa, una camioneta Willys modelo 62, y en la de "Tupi", un camión Fiat de carga. Los Guzmán, de Hernán no tenían. Llaves en mano asaltamos la vieja vitrina de la miscelánea que mi abuela montó en el garaje de la casa y que ahora servía de bodega de repuestos. Mi cara de asombro al ver el color verdoso oscuro de la grasa pasó a estupefacción cuando empezaron a untarse entre ellos los dedos y rostros. "Parece arequipe", decía Ricardo.

“Sube sube kilométrico” hasta el cieloCon los elementos listos, había que replicar como se hacía en el concurso: engrasar el palo y ponerse overol. Los de mi abuelo José Aristóbulo, de Secretaría de Obras del municipio eran demasiado grandes: 130 kilos pesaba el señor cuando operaba el cilindro que hoy reposa en la rotonda de la calle 63. Al final con ropa vieja, camisetas rotas, pantalones descosidos en las rodillas, intentamos una y muchas veces trepar por uno de los postes del barrio. Tupi y mi hermano alcanzaron a subir cerca de 4 metros al ojo. Cerca. Si se hacía con velocidad, es decir, tomar impulso en la carrera y pegar el brinco hasta lo más alto que se pudiese en el poste de verdad, era posible ganar.

Llegó el día. Sábado en la mañana, el horario de Animalandia. En directo y no se pregrababa. Tuve que conformarme con verlos por televisión. Menores de 9 años no los dejaban participar. Lloré, gimoteé, grité pero no hubo forma.

Cuando Pacheco presentó a los muchachos las tres familias nos juntamos en mi casa para ver en bloque qué pasaba. Guzmán no llegó a dos metros; Tupi a los 3 y medio. Ricardo estuvo por lo mismo: mitad del poste más o menos. El cuarto niño que participó subió como un mono a una palmera: un estilo tremendo y agarró la bandera. Fue el ganador. Después se supo que era un habitante de la calle, o gamín, como se les decía en aquella época y que vivía en las granjas del padre Javier de Nicoló.

“Sube sube kilométrico” hasta el cieloNo me aguanté las ganas de preguntarles qué había pasado. –Chino, eso es muy verraco. La grasa que le echan es más espesa. Solo el gamicinto este lo logró. Mejor-, dijo Tupi. -¿Y conocer a Pacheco? –Ah no, ese es otro cuento. Muy buena gente aunque andaba acelerado porque Pernito y Tuerquita joden mucho-.

Luego vino la vaciada que nos ganamos por haber desperdiciado la grasa del Willys y dañado unas costuras de mi mamá que creímos viejas, pero que aún estaba confeccionando.

Colilla:

Pacheco, el más feo de los feos, y quien sacó partido de su "belleza" nos dejó la enseñanza de que hay que reírse de uno mismo para que la vida no nos amargue. Eso sí, no hay que olvidarlo nunca. Paz en su tumba.

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