Edición 371

La noche del bar

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La noche del barLa noche del bar, de ese sucio bar donde tú deseabas estar con vehemencia, yo solo quería pararme y escupir en las caras de todas las personas que se encontraban ahí. No por asco o por desprecio, menos aún por lastima, sino por desesperación. No comprendía cómo toleraban estar en ese lugar. Debían estar poseídas, o demasiado sedadas con alcohol, como para siquiera tolerar ese lugar, peor aún disfrutarlo, fingir que lo disfrutaban. Sus vidas son tan asquerosas que ese lugar les parece aún mejor que sus propias casas. Pero, ¿qué podía decir o hacer? Yo estaba ahí, como ellos, pero no por mí, sino por ti.

Tú, y tus amigos quedaron en encontrarse en ese lugar, yo te acompañé pensando que eso te haría sentir mejor, pero no fue así. Tu miseria no se resume al lugar, sino a ti mismo. No importa cuánto te esfuerces, eres el mismo monstruo negro que afila sus garras en las rocas de las iglesias. Esa parte de ti jamás te dejara, eres su consentido, eres tú mismo. Te regocijas en su pecho y bebes de su copa, aunque sabes que de ella solo emana veneno, te has acostumbrado ya a su sabor y a sus estragos.

Yo solo era un gusano que salía de tu carne putrefacta, un gusano que se llevaba un poco de ti. Pero tú deseabas que me quedara, que no me fuera, que permaneciera en ti: por miedo más no por necesidad, por miedo y asco de ti mismo, de lo que eres y no deseas ser; de saber que ya ni tu sombra te acompaña. Ni siquiera ella sabe en realidad si es tu sombra u otra farsa de la cual quieres sacar ventaja, otra fémina de cuyo sexo deseas beber, morderlo, ultrajarlo y convertirte en el cancerbero de sus puertas, en el guardián del hoyo más negro y profundo, del que solo los dioses conocen sus grietas. Pero no me fui, te acompañé y soporté la desesperación.

Sólo miraba cuando nadie me veía, tan diminuta, tan verde, tan invisible a los ojos de los humanos. Veía la falsa amistad, las risas llenas de espuma rabiosa brotando por las comisuras de sus labios, las cuchillas que se atinaban en plena yugular cada vez que había la oportunidad. Veía cómo vociferaban. Puta. Maricón. Vales verga. Un sinnúmero de palabras vacías, carentes de toda valía y significado. Me resultaba tan gracioso, eran todos amigos, amigos de antaño, de ésos entrañables y fieles en las borracheras. Siempre prestos a devorarse al primer rastro de sangre en alguno de esos cuerpos.

Transcurría la noche y empecé a cambiar. Ya no era un gusano, sino que ahora tenía brazos y piernas, y mi color ya no era verde: se mimetizaba con el tuyo... Empezaba a crecer en tamaño conforme avanzaba la noche. Tu fingías preocupación por no comprender qué era lo que me estaba pasando, pero en realidad te asustaba que luego de terminada mi transformación te dejé. No, eso no iba a pasar. Podías estar tranquilo porque yo necesitaba de ti, tanto como tú de mí.

Mi presencia de repente se empezó a notar, y mis ojos limpios y ajenos a los demás sólo despertaban curiosidad en esos engendros mal olientes que usaban disfraz. Deseaban devorarme pues mi carne aún estaba intacta, ansiaban sentirme, rozarme, invadirme. Pensaban que la nebulosa que se encontraba dentro de mi ojo era su única escapatoria, la puerta que los alejaría de sus demonios y de sus congéneres. Pero tú te convertiste en una fiera salvaje, dejaste que el monstruo saliera y en tu afán de no dejarme escapar ni que nadie más me tocara, me llevaste lejos del lugar. Cubriste mis ojos y mi boca, me forzaste y me probaste tantas veces que ya no tenía sentido poner resistencia alguna.

Volví en mí. Aún estábamos ahí, sentados junto a tus amigos. Esperando que nos pasaran otra cerveza, esperando para hacer otro brindis por la camaradería de años, esperando que la mierda no salga por sus anos convertida en ácido; esperando que yo no me vaya de tu lado... Esperando que otro cruce por la esquina del bar.