Edición 352

El oficio de Escribir (Segunda parte)

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Maquinas de escribir oxidadas

Muchos de los escritores argentinos no viven únicamente del oficio de escribir, lo que  significa que sus ingresos económicos no provienen enteramente de la tarea de escribir un libro, publicarlo y venderlo al público lector, sino que se complementa con muchos otras, vinculadas con la literatura como la docencia, la investigación, el dictado de talleres y seminarios, la función de periodistas culturales, etc.

También muchos escritores incluso trabajaron durante mucho tiempo en campos ajenos a la literatura: secretariados, repartidores de volantes, fleteros, entre muchos otros oficios más.

Ahora, ¿Es la aspiración de los escritores poder vivir del oficio de escribir? ¿Cómo perciben la relación entre mercado y literatura?

Aníbal Ford, por ejemplo, cuenta que no vive de la literatura, pero sí de “muchos saberes que provienen de la carrera de Letras y desarrollos posteriores” como “las relaciones con investigación, desarrollo, invención. Proyectos editoriales, periodismo, director de investigaciones académicas, fletero, director de investigación y desarrollo de una empresa de productos químicos, profesor universitario, asesor”.

Otro de los escritores, Elvio Gandolfo cuenta su experiencia: “la mayor parte del trabajo gracias al cual vivo tiene que ver con la literatura de modos indirectos: leo libros de literatura y los comento; me dan libros en otros idiomas y los traduzco; conozco la obra de gente que hace literatura y la entrevisto o escribo sobre ellos. También, en mucha menor medida, escribo literatura y, muy de vez en cuando, cobro por ella. El resto de mi trabajo actual tiene que ver con el periodismo cultural. Antes, el otro trabajo que tuve fue el de tipógrafo, que ejercí durante unos quince años, y que desapareció barrido por la técnica del offset”. Las relaciones entre mercado y literatura existen desde sus inicios, de hecho “si la literatura existe como tal, es gracias al mercado, lo cual no significa que las relaciones sean armónicas, pero sí que sin él no existiría lo que desde hace ya varios siglos llamamos literatura. Es más: literatura y mercado nacieron juntas y por eso su vínculo es indisoluble. Sin embargo, su relación es mal avenida, y por eso es insoluble. Indisoluble e insoluble: ése es el vínculo”, explica Elsa Drucaroff.

Saccomano coincide con Ford y Gandolfo en relación a su visión sobre el oficio del escritor: “He trabajado como creativo publicitario. A veces escribo guiones de historietas, colaboro en el suplemento Radar del diario Página/12 y coordino un taller de narrativa. Cada tanto, escribo un guión de cine. Creo que deben ser muy pocos los escritores que viven de su literatura. De lo contrario no se vería a tantos en el periodismo, coordinando talleres, dictando conferencias”.

En cambio, aunque Lojo afirma categóricamente: “Sí, puedo decir que vivo de la literatura, pero esto no implica que viva exclusivamente de derechos de  autor”, sino que considera que tiene “dos ingresos estables y regulares con los que sí cuento para vivir”. Uno proviene de su trabajo en el ámbito de la investigación literaria y como crítica cultural en el suplemento ADN del diario La Nación y otro es un subsidio mensual y vitalicio por haber obtenido el Primer Premio Municipal de Literatura por su libro La pasión de los nómades.

Drucaroff cuenta que la literatura es el modo en que se gana la vida, su “oficio terrestre. Vivo de ella, no demasiado bien y haciendo todos los trabajos posibles: la enseño, la investigo, la escribo, la critico, hago periodismo cultural a su alrededor. He sido ghost writer o escritor fantasma, eso significa que escribí muchos libros ajenos durante años, fue un gran entrenamiento. Fui correctora de estilo en todos los niveles, desde cuidar detalles hasta reescribir y reorganizar toda la información, entre títulos propios y ajenos hay por lo menos cincuenta libros en los que tuve que ver, en diversos grados.

Todos los trabajos que hice o hago se relacionan con la literatura, me encantaría poder vivir básicamente de la ficción que escribo y ojalá lo logre  alguna vez, claro que en mis términos”. Vivir de la literatura nos lleva a pensar en la percepción de un salario por el trabajo efectuado, ya sea específicamente por el oficio de escribir o por alguna de las tareas mencionadas por los escritores y que están vinculadas a la literatura.

Vivir del cuento

Esto no puede desvincularse del contexto socio-histórico ni económico: en nuestro país el mercado editorial no abre siempre espacios para los escritores, ya sea porque tiene un tamaño reducido a nivel local, por las políticas editoriales o porque es acompañado por un contexto de concentración de capitales. El escritor escribe de la mano de las editoriales para que su producto pueda ingresar al mercado, y más allá de los casos particulares donde se escribe por fuera de las empresas editoriales y se lo hace en función de experiencias cooperativas para que los productos circulen en circuitos comerciales –o no- alternativos, son pocos los escritores que reciben un salario que los dignifique y les permita dedicarse de lleno a este oficio, más allá del reconocimiento social que tengan: “No me importa tanto el poder simbólico que puedo adquirir yo con mi nombre y apellido, porque escribo libros. Quisiera que a cambio de poner mi nombre y apellido me dieran más poder económico y que en todo caso, si quieren poner en el candelero, homenajear, entrevistar, etc., lo hicieran con mis libros más que con mi persona. Pero no es así cómo son las reglas del juego y para que lean mis libros, a veces hay que ir y exponerse”, dice Drucaroff.

Agrega que “ese trabajo donde una pone la cara para vender su producto, para instalarlo entre los lectores, es el que menos me gusta del oficio, pero lo hago con seriedad y conciencia, tratando de no poner mala onda, porque sé que si quiero que mi libro llegue, circule, opere, y si quiero alguna vez lograr vivir de mis ficciones, no tengo más remedio. Entonces, como para mí esto es un oficio que trato de hacer lo mejor posible y sin traicionarme, nada mejor que hablar con colegas e intercambiar experiencias”.

El pago digno, la necesidad de exponerse para poder posicionar y vender los libros descubre una literatura vinculada al mercado, en una relación que si bien muchos quieren disolver, no puede deshacerse. Porque a pesar de que escribir parece ser al mismo tiempo un oficio y un placer, en el imaginario social se piensa más vinculado al placer del escritor iluminado que al trabajo. Sin embargo, este oficio no puede desvincularse del mercado en un modo de producción capitalista: “El mercado es una luz que nos baña a todos (y toda luz produce sombras, ahí hay una clave). Lo único que logramos con nuestro gesto aireado es engañarnos y desprotegernos. Porque de esa luz no se puede escapar y el único modo de encontrarle las sombras es asumirla, entenderla”, explica Drucaroff.

Un detalle a tener en cuenta consiste en la diferencia de producir específicamente un producto editorial sin resguardar los propios intereses como escritor y sólo tener en cuenta la demanda específica de la editorial o únicamente los del mercado: las palabras de Drucaroff parecen hablar de “no traicionarse”, de no resignar sus propios gustos e intereses, de no someter en forma absoluta su propio deseo y placer en el oficio de escribir¬: “Cuando la crítica habla de literatura y mercado dice, por ejemplo: ´tal escritor escribe para el mercado, se arrodilla ante el mercado. Tal otro, en cambio, no es comercial, le da la espalda´. Posturas físicas: arrodillarse o dar la espalda, tienen no obstante, como centro, al mercado”.

Sin embargo, obtener dinero por los objetos culturales que los escritores producen es necesario en el marco del sistema capitalista: “El dinero es hoy la mercancía que se ofrece como equivalente de todas las mercancías, la forma dinero es la mercancía que tiene función especifica de valor: la forma dinero nace con el nacimiento del Estado para representar la riqueza”, explica la escritora.

No es sólo cuestión de iluminación

El escritor no puede ser un iluminado aislado del sistema de producción capitalista, de su contexto histórico, económico y social, ya que los productos culturales, las mercancías culturales son capital simbólico y están dentro del circuito del capital. Sin embargo, poder hacer que ese capital simbólico circule socialmente se convierte en un factor democratizador que le permite al lector abrirse a nuevas posibilidades.

Además, el oficio de escribir y los productos culturales que resultan de este trabajo no pueden, dijimos, desvincularse de “las condiciones de producción de cada momento histórico, el desarrollo tecnológico y otras variables coyunturales pero nunca la voluntad consciente, individual de los humanos son los factores que determinan cómo se comparan cada vez las mercancías entre sí. En la sociedad capitalista la riqueza se conceptualiza como mercancía y la supervivencia, como la posibilidad de intercambiar las mercancías que producimos por las que precisamos. Productores que intercambian y consumen: productores sociales de mercancías, porque producen para los demás: red solidaria de interdependencias”, cuenta Drucaroff.

En esa red la literatura tiene la potencia del arte. Permite generar un mundo alternativo: “La literatura nació en el mercado, pero es una mercancía molesta. Que el arte es una mercancía incómoda para el sistema es lo que menos precisa explicación acá, porque es el aspecto que la crítica académica subraya, aunque a veces lo use para deslizarse a la función de conservar los privilegios de la distinción. Pero ese desliz no niega la incómoda posición de la mercancía- arte. El arte es peligroso, desconfiable, porque su consumo proyecta sombras que el mercado no logra iluminar”, explica Drucaroff. Y el escritor, como artista si bien es parte de las fuerzas productivas de la sociedad, “permite ver al mundo de otra manera, se acerca al mundo”. Y en esta visión, es el lector quien encuentra múltiples posibilidades y caminos por recorrer. Una variedad de mundos posibles. Posibilidades para el cambio social.