Edición 353

El “mono” Di Stéfano

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El “mono” Di StéfanoAlfredito y "el mono" (por rubio) fueron los dos apodos que tuvo el gran jugador argentino mientras actuó con Millonarios. Sus compañeros de época lo recuerdan. Del libro Yo Construí Eldorado. Póstumo.

La palabra "mono" puede llegar a ser insulto dependiendo de la latitud donde se diga: en España y Argentina, mencionarla es hacer referencia a los primates y si la persona es de tez morena, prepárese para el choque.

No obstante, en Bogotá, Colombia, decirla a una persona "mona", es que es rubia, su cabello es claro al igual que sus ojos. Ese fue uno de los motes que los ex jugadores de Millonarios le pusieron a Alfredo Di Stéfano, una de las estrellas del naciente balompié profesional colombiano y que llegó a Millonarios en 1949 y partió a España, en 1953, a construir su leyenda con el Real Madrid, la selección española y hacer su vida en la península ibérica.

Guillermo Villamil, uno de los jóvenes que integraron la plantilla profesional de Millonarios en ElDorado recuerda al fallecido Di Stéfano como una persona de gran carácter, sencillo y muy profesional.

Villamil tiene una foto que es un tesoro y que cedió para la publicación del libro Yo Construí Eldorado, de ediciones Buque de Papel y El Ángel Editor y muestra Di Stéfano comiendo fritanga en el Campo Villamil.

Momentos de alegría y camaradería en torno al fútbol, de un grande que contribuyó a construir las letras doradas del mejor fútbol de clubes del mundo, que tuvo Bogotá entre 1949 y 1953, con el llamado "Dorado". Aquí parte del capítulo 9 del libro Yo Construí Eldorado, donde Di Stéfano se desmarcó para marcar el gol de la vida:

Guillermo Villamil: "la vida es redonda como un tejo"

El “mono” Di StéfanoAlfredo Di Stéfano comía fritanga en el Campo Villamil. Tengo una foto de ese instante porque le pedí a Vargas que me ayudara con la cámara de papá. El "Rubio", como le decíamos a Alfredito, miró el plato con desconfianza. Pero cuando vio que se trataba de algo parecido al chorizo argentino (era chunchullo, que son los mismos chinchulines), y sintió el aroma fresco y a recién cocinado, no dudó en comenzar con una papita criolla y luego con las morcillas (después de preguntar su nombre) que no dejó de comer mientras vivió en Bogotá.

El Campo Villamil pasó a la historia porque era el lugar donde los Presidentes de la República jugaban al tejo. Con los años, todos los candidatos, antes de las elecciones, iban a reventar mecha en el negocio familiar. Este fue fundado en 1922 por mi papá, Francisco Villamil, y mi mamá, Paulina Riaño de Villamil. Además, mi viejo contribuyó, junto con otros vecinos, al establecimiento del barrio "Siete de agosto".

No olvido que venían los dirigentes liberales y con el tiempo también llegaron los candidatos que luego fueron Presidentes de la República: Alfonso López Pumarejo, Alberto Lleras Camargo, Misael y Andrés Pastrana, Virgilio Barco, y personajes que –aunque no lo fueron– iban camino a serlo, como Jorge Eliécer Gaitán.

De Gaitán recuerdo que jugaba bien al turmequé y que después de una partida intensa pedía su plato favorito: torta de menudo. Tengo guardado el tejo que usaba en el campo.

Para mí, todo en el fútbol comenzó en el barrio. Desde niño, con mis hermanos y los amigos de las cuadras salíamos a jugar en las canchas de La América, o en las de El Hospicio, una especie de orfanato que manejaban los curas y que estaba ubicado en la calle 72, abajo de la carrera 24.

¿Que cómo era el fútbol en Bogotá antes de 1948? Muy diferente, a pesar de que el centro del deporte fue, es y seguirá siendo el mismo: meter goles y ganar partidos, once contra once, y con un árbitro intentando impartir justicia. Cómo ganar, cómo defenderse o hacer goles sí ha cambiado. Hoy es un vértigo de náusea.

Otra diferencia fueron las canchas. En cada barrio existía –puedo decirlo a mis 87 años– un terreno para jugar balompié. Y estos eran unos potreros terribles, pelados, sin grama y con muchos huecos, que cuando llovía se transformaban en piscinas de barro donde era complejo sostenerse en pie, a pesar de los guayos con los que se jugaba. Estos tenían tacos de madera e iban pegados a la suela con puntillas de zapatería y forrados con cinchas de cuero duro que, se supone, tapaba las cabezas de cada clavo para evitar rayones en las piernas de los contrarios y a veces en las propias.

La camiseta era de marca Otomana, de tela muy gruesa. Sudar era infernal.

El balón de duro cuero contaba con pitón (que era la bomba) y se cosía a mano con un hilo grueso. Cuando llovía se volvía pesadísimo.

Los equipos eran los de cada barrio. Los combos o grupos de amigos y hermanos se afiebraron y armaron sus cuadros, y cada domingo llevaban a cabo desafíos contra los muchachos de las otras zonas de la ciudad. Con el paso de los años, crecieron los desafíos barriales. Luego hubo un impulso de organización, con la creación de la Liga de Cundinamarca, que aglutinaba también a los equipos de Bogotá. La ciudad no era Distrito Especial y menos la Capital de hoy.

Pero también estaban los equipos de los colegios de los curas, como La Salle y San Bartolomé, y luego aparecieron otros de alta sociedad, como Unión Bogotá.

El amateurismo empezó a darle paso a una incipiente organización que fue creciendo con el paso de los años. Surgieron entonces equipos como Platense, Newells, Albion, Andino, San Lorenzo, Colo-Colo y Rosario Central. Por ejemplo, el Albion era un poderoso conjunto del barrio Ricaurte que goleaba al que se le pusiera enfrente. Otros conjuntos que empezaron a cobrar renombre fueron los de Olaya y Centenario.

Jugué en varios equipos amateur y llegué a Deportivo Municipal en 1942. Hice todas las inferiores y ascendí a la reserva del que ya era Millonarios –fundado oficialmente en 1946– llamada la Primera Especial. Estuve con este equipo hasta 1949, cuando me reemplazó el peruano Ismael Soria.

Entrenábamos en el Parque Nacional y subíamos a trote a Monserrate. José Olivera y Héctor Scarone –la dupla uruguaya que se encargaba de la dirección técnica– nos llevaba a este Parque, al Club de Bavaria y a Ciudad Universitaria. Entrenábamos también en la cancha del barrio Olaya.

Fortalecer el cuerpo era la consigna. Scarone no nos decía cómo pararnos dentro de la cancha porque todos jugábamos en el esquema de dos defensas, tres medios y cinco delanteros. Y esa figura, la famosa MW de los ingleses, era la misma y no variaba. El alero sabía cómo pararse de alero; el win, de win; el centro fóbal, de centro fóbal. Yo jugaba en la media y por la derecha. Aunque usaba la zona izquierda del campo, siempre manejé las dos piernas. Antes el fútbol era más inteligencia y estado físico.

El “mono” Di StéfanoLa tarea era dura. Hacíamos trote y carreras, pero también nos dedicábamos a los ejercicios de brazos y piernas, alzábamos pesas y trabajábamos con balones especiales que trajeron de Uruguay y de Argentina. Se entrenaba solo martes y jueves. Religiosamente los partidos se hacían los domingos. Los otros días trabajábamos en nuestras actividades. No existían las concentraciones.

Nos pagaban 50 pesos al mes, que eran como 5 millones de hoy. Era buena plata. Con ese dinero alcanzaba para comprar los guayos y otros elementos para el juego, entre otras cosas. El par de guayos costaba 6 pesos y eran de marca "El Gran Crack", cuya fábrica quedaba en la calle 24 con carrera 4.ª.

Cerca de allí estaba la primera sede de Millonarios, en la calle 14 con carrera 4.ª. Cuatro cuadras más al norte, en la calle 18, se ubicaba la primera sede de la Clínica Bogotá, donde nos atendían. Allí fui una vez por la única lesión que tuve mientras jugué fútbol, que fue casi toda la vida: un codazo me reventó la nariz. La sangre fluyó de manera escandalosa y no se me detenía la hemorragia con torniquetes ni con agua en la frente ni manteniendo la cabeza quieta. Fue durante un clásico ante Santa Fe y en un tiro de esquina.

"Pildorita" Cardona abrió los brazos más allá de lo normal y me puso el codo pleno en la cara. Yo quería cazarlo. Al ver la sangre se le borra a uno todo raciocinio y una fuerza indescriptible hace reaccionar. Lo quería matar.

El doctor Francisco Afanador Jiménez, socio de Millonarios, trabajaba en la clínica y me ayudó a detener la hemorragia. Afortunadamente no me fracturó el tabique.

Entre los colombianos que admiré por su calidad al jugar fútbol y por su don de gentes, estuvo Alfonso "Pipiolo" Rodríguez, un delantero muy bueno que también llegó con nosotros a Millonarios. Su arribo al fútbol, así como su salida, fueron sin querer y contaron con una alta dosis de tristeza: la mamá de "Pipiolo" le quemó sus guayos para obligarlo a estudiar. Eso le dio mucha pena. No obstante, se daba mañas para escaparse a jugar en el barrio. Cuando Deportivo Municipal fue creado por la Alcaldía y por representantes de la sociedad bogotana, "Pipiolo" era un pibe que no tenía guayos pero jugaba en tenis con Platense, equipo amateur de la ciudad que era propiedad del entonces árbitro Ernesto Rojas.

En 1945, este árbitro-dirigente decidió medir a su equipo contra uno formado y con trayectoria como Millonarios. No obstante, ni la dirigencia azul ni las demás eran muy dadas a medir a sus plantillas profesionales con los conjuntos amateur. No sería bien visto enfrentarse a equipos "inferiores" y menos si perdían (es fútbol). Así que luego de tanto insistir, Rojas logró su cometido: Platense jugaría contra Millonarios, pero con su segundo equipo, el de reserva. "Pipiolo" la rompió: hizo los dos goles del triunfo del amateur sobre el poderoso

Millos. De inmediato, Guillermo Vanegas –técnico del segundo equipo azul– se fijó en él y compraron su carta (o el pase de hoy) en $10. Así comenzó su vida de cuento y su romance con las redes.

"Pipiolo" integró la primera delegación de Millonarios que jugó en el exterior, en la gira a Ecuador, como preámbulo del Suramericano de selecciones de Guayaquil, entre noviembre y diciembre de 1947. Los desafíos fueron contra Panamá, América y Aucas, los tres conjuntos que dominaban este deporte en el vecino país.

«El viaje lo hicimos en Constellation, duró seis horas y fuimos recibidos como héroes. Solamente perdimos un partido, 1 a 0 contra Panamá, pero les pedimos revancha y les hicimos seis. Ese mismo año ya habíamos participado en el torneo interregional creado por los directivos del fútbol y disputábamos encuentros con conjuntos de Medellín, Cali, Barranquilla, Pereira y Manizales, y otros bogotanos reconocidos, como Santa Fe y Universidad», recordaba el mismo "Pipiolo".

Cuando terminó esa especie de campeonato empezaron a traer a la legión argentina, por la que muchos colombianos nos fuimos a la banca o nos sacaron de las instituciones. "Pipiolo" jugaba tan bien que conservó su trabajo y firmó contrato por $50 mensuales. Con pinta nueva, con las camisetas de cuello redondo y manga corta, 1948 fue un año de consolidación y amalgama entre los colombianos y los argentinos de renombre que arribaron.

Alfredo Castillo, el "Poeta del gol" –como le decían al argentino de Millonarios– fue el goleador de ese torneo y "Pipiolo" salió segundo, aunque muchos periodistas de la época manifestaron que Rodríguez era quien surtía de balones al súper jugador gaucho.

En Manizales, ante el Deportes Caldas (1949), el peruano "Negro" Molina le rompió una pierna. "Pipiolo" tuvo que permanecer con la extremidad enyesada durante un año y luego regresó, justo para un clásico contra Santa Fe: 2 a 1 ganó Millonarios.

Con el arribo de los argentinos que conformaron Eldorado y para buscarles puesto a ellos, la dirigencia del club decidió poner en venta su carta de transferencia, tasada en la "millonaria" cifra de $50 mil, por su exquisita calidad al jugar a la pelota. Como ningún equipo en Colombia contaba con ese presupuesto para hacerse con los derechos deportivos del jugador, de esta forma le dijo adiós a su momento de fama en el fútbol tildado de "profesional" y tuvo que dedicarse a buscar trabajo.

Pasó el tiempo y los estudiantes del Liceo Cervantes (al norte de la ciudad) solo habían escuchado el mito urbano que rodeaba a quien les abría y cerraba la puerta del colegio. Decían que el celador era un "duro" para jugar a la pelota, a pesar de sus 61 años. "Pipiolo" trabajaba de vigilante en esta institución y los fines de semana se ponía su camiseta azul de "Pipiolo e hijos", el equipo amateur que juntó con sus cinco herederos y con el cual jugaba en la cancha del barrio Tabora, al occidente de la ciudad.

«Mis cinco hijos varones son pieza fundamental de "Pipiolo e hijos" y yo estoy en el medio campo. Quienes nos ven dicen que juego mejor que ellos, y eso en lugar de molestarme me impulsa a jugar cada día mejor para que mis hijos y mis 25 nietos se sientan orgullosos de mí y digan con mucho ánimo que su ideal en el fútbol es ser tan buenos como el padre y como el abuelo», replicaba.

Además de "Pipiolo", aprendí y admiré a jugadores como los hermanos Lega (Alberto y Alfredo) y a los argentinos Antonio Ruiz Díaz (procedente de Chacarita Juniors), Vicente Lucífero (de Talleres de Córdoba), Óscar Sabransky (de Vélez Sarsfield),

Alfredo Cuezzo (de Gimnasia y Esgrima de La Plata) y Luis Timón (de Platense). El Deportivo Municipal, el antecedente de Millonarios que recibía dineros de la alcaldía bogotana, se reforzó con tres antioqueños: Carlos Álvarez (portero del Medellín y el primero en salir en avisos publicitarios, esta vez para promocionar a cervecería Pilsen); Gilberto Piedrahíta; y el "Mico" Zapata.

El cuadro lo completaban Manuel Pardo Umaña, Roberto Antenor Rodríguez, Ignacio "Nacho" Izquierdo, quien fue uno de los primeros colombianos en jugar en el exterior, esta vez en Costa Rica; Pibe Martínez y Pacho Carvajal.

Ese Deportivo Municipal era un equipo bárbaro. Jugaba un fútbol muy vistoso y en 1940 entró al campeonato de la A.D.B. (Asociación Deportiva de Bogotá), que era el torneo de segunda categoría de la Liga de Fútbol de Cundinamarca. Aquel año alcanzó el título y el ascenso a la primera categoría. En esta participó de 1941 a 1945 y consiguió cuatro títulos (1941, 1943, 1944 y 1945), así como un tercer lugar (1942). Fue el equipo más ganador de la era amateur. Nuestra ilusión era crecer y ser famosos y tener una carrera ya consolidada, como la de estos argentinos cuando llegaron a la sabana bogotana.

Recuerdo que a los de la Primera Especial nos ponían a entrenar con el plantel profesional. Un día, en un entreno de rutina nos pararon frente a esos monstruos. Nosotros solo hicimos lo que sabíamos: jugar a la pelota, hacer pases con un solo toque y construir paredes para romper la férrea defensa comandada por Lucífero.

En una jugada, "Nacho" Izquierdo, que nos reforzaba, recibió un pase de Pardo Umaña. Yo le había cortado el viaje a Ruiz Díaz, que era un jugador muy diestro con el balón. Ya sabía cómo marcar a esos habilidosos que parecen magos y engañan y esconden la pelota. Así como en los juegos de feria en los que la bolita desaparece debajo de la corteza o la tapa de cacerola, no se podía perder la mirada a la pelota. Si se seguían las piernas del habilidoso, podrían pasar dos días y jamás se le podría quitar el balón. La clave estaba en esperarlo con el cuerpo inclinado hacia el costado por donde viniera, es decir si iba a la derecha, yo me recargaba hacia mi izquierda y lo sacaba hacia la raya del campo; si por el contrario venía por la izquierda, tenía que recargarme hacia mi derecha, y de nuevo hacer que corriera sobre la raya, quitándole espacio y encimándolo para que no pudiera hacer un pase sorpresivo.

Izquierdo, que tenía una gambeta endiablada, envió el centro y Mariano Orozco, rompiendo el esquema tradicional en esa época, subió desde el medio de marca y cabeceó duro, abajo, contra el piso. Gol.

A los argentinos les cambió el semblante. Lucífero hacía honor al rey del mal y, rojo como un tomate, comenzó a dar patadas a diestra y siniestra. Cualquier aproximación de Orozco, o incluso de su compañero Izquierdo, era cortada por una férrea entrada.

El “mono” Di Stéfano–Eh, Lucífero. Con calma. No me vayás a estropear a los pibes–, gritó Héctor Scarone.

Pero en otra incursión por la banda izquierda, "Nacho" Izquierdo volvió a centrar. Esta vez, "Pipiolo" Rodríguez recibió la pelota y la empalmó, sin dejarla caer. Gol. Dos a cero y el técnico acabó el entrenamiento.

Los argentinos alegaban como endiablados. Nunca más nos pudieron ganar. Luego vino el recambio del equipo y ellos regresaron a su país. Otros continuaron en Colombia cerrando sus carreras o se volvieron técnicos, como el viejo Cuezzo, con el Deportes Caldas.

Una vez arribó el segundo grupo de argentinos al mismo equipo pero que ya había cambiado su nombre a Millonarios, hubo más dudas que certezas. Los dirigentes no nos decían nada, pero la idea de Alfonso Senior agarró fuerza: era la de crear el campeonato profesional de fútbol, para lo cual necesitaba estrellas. No era para menos. Al equipo se integraron figuras que ya habían triunfado en Argentina y otros jóvenes que tenían un futuro promisorio, como Alfredo Di Stéfano, con quien nos volvimos amigos.

Una vez en un partido contra su exequipo, River Plate, aquí en El Campín, le vimos hacer un gol de chalaca en medio de cuatro contrarios. La bola cayó desde un costado; él iba corriendo contra el área grande sin despegar su mirada de la pelota que había salido despedida de los pies de Adolfo Pedernera y volteó su cuerpo quedando de espalda al arco rival. Se elevó cuando calculó que la bola estaría justo encima, movió las piernas con una tijereta en el aire y la impactó fuerte con el empeine para mandarla a guardar. Golazo.

Jugué algunos partidos con ellos, con Pedernera y con Néstor Raúl Rossi, "Pipo".

Rossi era muy mañoso, pícaro y gritaba al jugar. Un radio encendido durante todo el partido. Di Stéfano era muy veloz. Adolfo Pedernera era el armador, el cerebro, muy técnico. A Báez le decían el "Maestrito" y era gran jugador. No obstante, nunca llegó a "Maestro" porque el título siempre le perteneció a Pedernera. Tomás Aves jugaba en la defensiva con Pini y con el colombiano Francisco "Cobo" Zuluaga.

Aprendimos, crecimos y nos volvimos hombres con estos señores, como sacados de una novela costumbrista gaucha, que nos dieron más de un reto, una lección, un consejo.

Como todo en la vida, hay momentos para sufrir, para reír, para llorar y para aprender. De estos últimos es de donde sale eso que llaman enseñanzas o moralejas, que te pueden quemar o golpear y que nunca olvidarás. Por eso, tres momentos marcaron mi vida y mi paso por Millonarios. El primero fue el partido que más recuerdo, cuando le ganamos a Junior, en Barranquilla.

El diario La Prensa, de la capital del Atlántico tituló el martes 3 de agosto de 1948, «Gran recibimiento hizo Barranquilla a los Millos», como la nota previa de nuestro arribo a la ciudad y del partido mismo. «Los famosos "Millos" desde ayer son gratos huéspedes de los barranquilleros [...] Más o menos a las cinco de la tarde apareció el avión plata que conducía a los Millos desde Bogotá. Un aterrizaje perfecto y es don Mauro Mórtola, quien desciende primero, seguido de los pupilos. Atronadores aplausos por parte del numeroso público que viajó especialmente a dar la bienvenida al poderoso equipo bogotano. Después de los saludos de rigor, gratamente impresionados, los jugadores del equipo aludido, por el homenaje de simpatía del pueblo barranquillero, en señal de reciprocidad, dieron los hurras que se acostumbran en sus presentaciones» (Diario La Prensa, Barranquilla, 3 de agosto de 1948).

Don Mauro Mórtola, ecuatoriano, dueño de la Ciudad de Hierro en Bogotá y presidente del equipo fue entrevistado y habló sobre la visita y el partido.

«Hemos venido hasta Barranquilla, con el noble fin de dar cumplimiento a la palabra empeñada, por invitación que nos hiciera el Atlético Junior. No aspiramos a destilar rivalidades, porque nunca hemos considerado un rival al Junior [...]

Entre equipos grandes no puede pronosticarse nada. Solo le aseguro que el espectáculo que brindará mi equipo será del agrado de la afición local». (Palabras de Mauro Mórtola en el diario La Prensa, Barranquilla, 3 de agosto de 1948).

Sus palabras fueron premonitorias, porque el partido terminó 6 a 0 a favor nuestro. Jugamos muy bien y demostramos que la afición por el equipo era nacional. Pese a lo difíciles y pesados que eran los viajes, la gente nos aplaudía y saludaba con cariño y se sentía por dónde íbamos. Y esa afición la construimos con ese equipo, antes de Eldorado.

En la foto de ese partido, del 8 de agosto de 1948, aparecemos, de pie y de izquierda a derecha: Carlos Valderrama (dirigente), Alfonso Piedrahíta, Guillermo Villamil, Carlos Pacheco Devia, Mariano Orozco, Policarpo Pérez, Ángel Insagaray (uruguayo), Rubén Rocha, Alfonso Correa. Agachados: Alfonso Rodríguez, Manuel Fandiño, Álvaro Mendoza, Alfredo Castillo y Pedro Cabillón (argentinos), Alcides Aguilera (uruguayo), Rafael Valek y Alfonso Soto.

El segundo momento fue el viaje a España para jugar contra el Real Madrid, en el viejo estadio de Chamartín. Y digo viajé porque estuve en el banco. Ya el peruano Ismael Soria me había relegado a la suplencia. El resto es historia. Ya saben cómo terminó. Millonarios le dio un baile de padre y señor mío al encopetado Real, campeón europeo.

El Real Madrid invitó al equipo bogotano para sus Bodas de Oro. El 30 de marzo de 1952 los españoles quedaron con los crespos hechos. El programa hablaba de dos partidos y ambos los ganó Millonarios, el primero contra el equipo sueco de Norrköping (2 a 1) y el segundo contra los homenajeados, por 4 a 2. Di Stéfano hizo dos goles, Antonio Báez uno, y el cuarto lo marcó Alfredo Castillo.

Luego vino el descuento del Real. «Millonarios, el mejor equipo del mundo», «Lo más grande que ha visto Madrid: Millonarios de Bogotá», «Millonarios, auténticos artistas del fútbol asociado», «Los Millonarios del fútbol deslumbraron», indicaban los titulares de la prensa española luego del encuentro. El Real jugaba con monstruos de la época, como el portero Juan Alonso; los defensas Zárraga y Navarro; los medios Oliva, Montalvo y Olmedo; y los delanteros Sobrado, Muñoz, Joseíto, Molowny y Pahiño. El técnico era Juan Antonio Ipiña.

De inmediato, los titulares y artículos de la prensa española comenzaron a cargar tintas y a decir que ese triunfo y baile en la casa del Real fue fortuna y azar. Por eso, los dirigentes anunciaron su viaje a Bogotá para disputar la revancha. Cuatro partidos más se jugaron en 1952 entre ambos equipos: dos en Bogotá, en el que Millonarios le volvió a ganar (2 a 1 y 2 a 0). Y en Caracas, Venezuela, donde los dos encuentros quedaron igualados a uno.

El “mono” Di StéfanoDesde el primer partido, los dirigentes del equipo blanco posaron sus ojos en ese rubiecito que corría y manejaba la pelota con un desparpajo y un descaro que no respetaba a nadie e hicieron todo lo que había que hacer para que Di Stéfano jugara con los "Merengues".

Fue tal la repercusión de esa victoria en España, que el presidente de ese entonces, Guillermo León Valencia, destacó la hazaña, la primera de un equipo colombiano en Europa: «Ustedes lograron hacer en 90 minutos, lo que los políticos no hemos podido en 100 años. Son ustedes unos verdaderos embajadores».

Es claro que el apodo de "Embajadores" para Millonarios surgió mucho antes, y era porque nos concentrábamos en el Hotel Embajador, en el centro de la ciudad. Desde ese tiempo, y luego del triunfo, también se nos conoció como el "Ballet azul". Y mi amigo Di Stéfano partió a escribir su nombre en letras de oro en la España franquista, donde aún vive. Regresó una última vez, ya con el Real Madrid, a otro partido que quedó igualado a un gol. Fue en 1959 y no volví a hablar con él. Ya ni se acordará que existimos por aquí.

El tercer momento que me marcó fue cuando me retiré de Millonarios, aunque seguí en el fútbol. Armamos el equipo de la Beneficencia de Cundinamarca donde jugué dos años; allí participamos en los torneos de la Liga Departamental y en desafíos regionales en las poblaciones de la zona, hasta que llegó el momento de parar. Me dediqué a la familia y a manejar de lleno el campo de tejo.

Me dio mucha tristeza dejar el balón. Fue una sensación fea. Un vacío que se llenó más o menos con lo del trabajo. Un hijo también llegó a Millonarios, pero me tocó llamarlo y decirle que se dedicara a estudiar. Hoy es ingeniero de petróleos. Aún juega con el equipo de padres de familia del Colegio Andino, donde estudia su hijo, mi nieto.

¿Que si hubo ingratitud para los jugadores colombianos desplazados por los extranjeros? Sí, la hubo. Muchos de los jugadores de ese fútbol profesional de antes del 48 y mientras duró Eldorado, terminaron desencantados.

Un ejemplo fue el de Antenor "el Tío" Rodríguez, el primer colombiano que iba a jugar en Argentina. Fernando Paternóster lo iba a llevar a Racing de Avellaneda, pero la esposa de Rodríguez, una española, decidió que no se iba a mudar hasta tierras australes porque se aburriría. Y él, manso, cerró las puertas para siempre.

Desde entonces "el Tío" se volvió un tipo amargado, le faltaba el brillo que se vislumbraba en sus ojos cada vez que tomaba una pelota y empezaba a armar los ataques desde atrás, en la zona defensiva, donde se ubicaba su feudo. Luego se volvió dirigente del equipo seleccionado del departamento y ganaba un sueldito que le ayudaba a sobrevivir. Siguió con su vida y se perdió entre la neblina del olvido y sin dinero.

En la amnesia colectiva quedó su esfuerzo de venirse a Bogotá todos los domingos, madrugado desde Girardot (donde vivía) para jugar en El Campín. Un viaje que, por la carretera de ese entonces, demoraba seis horas en promedio. Jugaba el partido y al terminar salía para agarrar flota y regresarse. Un esfuerzo que nadie le recompensó.

El fútbol fue muy ingrato. La mayoría de compañeros siguieron con sus vidas trabajando para edificar y mantener a sus familias. A otros más les fue regular: Patiño murió pobre, igual que "Nacho" Izquierdo, Alfonso Piedrahíta y Alfonso "Pipiolo" Rodríguez.

Cuando arribaron las estrellas extranjeras no nos dijeron nada. No hubo carta de despido ni preaviso, y mucho menos rescisión de contrato firmado, porque nunca se firmó. La plata la pagaban por partido y nada más. No había seguridad social, aunque las situaciones médicas las atendían en la Clínica Bogotá. El negocio lo hicieron los presidentes de los clubes. La plata iba para ellos, para pagarles a los extranjeros. Nunca tuvimos prestaciones sociales.

Yo tengo unas acciones que nos dio el doctor Manuel Briceño Pardo, pero luego con el tema de la intervención del Estado, por el asunto de la extinción de dominio de los bienes del narco Gonzalo Rodríguez Gacha, la posterior "Ley de quiebras" y el paso de los años, al ir a buscar su cambio nadie nos respondió. El anterior presidente del club decía que no podía hacer nada y no nos dio respuesta alguna.

Yo vivo modestamente, no paso necesidades, pero plata no me sobra. Con el Campo Villamil sostuve mi hogar, pero no viví del fútbol.

Quedaba ubicado en la Calle 66D con Carrera 20. Fui buen hijo y muy buen hermano y trabajé para la familia. Con tres de mis ocho hermanos fuimos socios. Mi hermano Francisco Villamil también jugó con Millos pero salió lesionado de una rodilla. Hoy está inválido prácticamente y el equipo no le dio nada, ni siquiera el reconocimiento. Y las facturas médicas no se pagan solas. Él perdió la rodilla jugando al fútbol y en esa época no había láser. La operación era con bisturí y se corría el mismo riesgo de hoy: la operación es peor que la lesión. Y si no, pregúntenle a Alejandro Brand a ver qué opina.

Hoy no me pierdo partido de Millonarios y pago mi boleta. De todos modos, uno quisiera que así como muchos ayudamos a ser grande al equipo en todo el país, cuando íbamos de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, al menos nos dieran la entrada. No creo que se vayan a quebrar porque den una cortesía de 60 mil pesos.

Siempre recuerdo el momento de esta foto, donde se resume la caballerosidad deportiva y las amistades que surgieron fuera de una cancha. Eso hoy ya no existe. Un buen día de 1949, todos los argentinos –sin importar de qué equipo– se reunieron para conmemorar la fiesta de San José de San Martín, en el monumento del prócer austral que está instalado en la calle 32, sobre la carrera Séptima.

Adolfo Pedernera, Pedro Cabillón, Tomás Aves, Alfredo Castillo, Jesús Lires López, Óscar Bernau, José Corso, Luis López, Lorenzo Delli, José Venegas, Germán Antón, Luis López (de gafas), Villamil, Trestor, Néstor Raúl Rossi, Alfredo Di Stéfano. Hubo mate, facturas, mucho chamuyo (palabrerías) y camaradería. A los colombianos que los acompañamos nos acogieron como propios, como hermanos, como amigos.

En el campo también fue frecuente reunirnos para algún asado, para bailes con orquesta o para jugar tejo. En nuestro deporte indígena –debo decirlo–, los argentinos eran malitos. Más de una cabeza peligró cuando intentaban lanzarlo hacia la cancha del frente. Y cuando sonaba una mecha se mostraban extrañados. Luego se relajaron y se dedicaron a gozar el momento, la distensión, la comida y el traguito.

Alguna que otra "arracachita" de aguardiente se mandaban, pero nunca se emborrachaban. Al compartir con ellos y al verlos jugar, entendí que la vida es redonda como el tejo, circular como este cuento: tienes un número de lanzamientos y buscas darle a un objetivo central, como el bocín; trabajas para ello, entrenas, mejoras, quieres lograrlo. Puedes darle al lado y estallar una que otra mecha que te sirve de alerta, o te dan puntos que te acercan a la meta. Finalmente, puedes darle al bocín y ganar, o perder sin siquiera acercarte. Yo me acerqué y reventé una que otra.

Vivir el fútbol fue hermoso, y como todo, hubo alegrías y pesares.

*Capítulo 9 del libro Yo Construí Eldorado, del periodista Carlos Fernando Álvarez. Fotos y créditos Guillermo Villamil. Libro se consigue en Librerías Lerner, del centro (Avenida Jiménez 4-35) y del norte (Calle 92 Número 15-23) y en la librería Magisterio, en el Park Way (Diagonal 36 Bis Número 20-70).