Edición 359

La Mala

PDFImprimirCorreo electrónico

La MalaCuando me sobreviene la mala, miro tu retrato. Lo llevo en mi cabeza maldita, donde sobrevive junto a la mala. Entonces sueño, con ojos bien abiertos, del tiempo ido, de los minutos muertos y enterrados en la cloaca de lo que no pasó.

La mala triunfa y recuerda que no habrán más paseos, que no volverás, que no habrá conversaciones largas, que no existen, que el calor de tu terraza se enfrió y que tu mirada excitada quedó en el tarro de la basura que un loco patea cada tres días.

Que tus ojos son carnadura verdosa acosada por el zumbido de las moscas. Que tus pechos los ajaron tus afanes y la falta de las porquerías que evitaron la prolongación de nuestras vidas.

Que no habrá caso en decirte que tengo un boleto para ir a verte a tu escondite porque, me recuerda la mala, replicarás que no tengo a que ir, que el "nos" es nada; humareda soplada por el viento milenios atrás. Que este sueño es delirio de locos y producto la yerba mal fumada, o desilusión en paga por la cobardía mía.

Y coreas con la mala, "la cobardía mía". Y juntas recuerdan que "habría de pasar", que así pasa cuando el cobarde se transa por la vida cómoda, por el miedo al dolor ajeno, la sangre y las lágrimas. Pues bien, tu rostro embadurnado en la mancha verdosa de tus ojos me repite que es mi culpa, que por eso ahora cargo la cruz maldita – me recuerdas que a ti "cruces y santos te valen nada"-. Que fui a quien se le arrugó el culo y no hizo caso ni de la carne que nos reventaba, ni del insomnio, ni de tus apariciones eternas.

"¡Héroe miserable!, valiente gracia la tuya, imbécil, -me grita la mala- . Creíste que engañarías la explosión que tenías dentro, que seguirías tranquilo, cómodo en tu casa costosa, tus viajes exóticos y tu sofisticación de pacotilla. ¡Mal nacido! Ahí estás, viendo que te llegaron los años, que la que se esconde conmigo, con la mala, te echó al basurero, a la oscuridad que ni siquiera ella recuerda.

Claro, soquete, sigues soñando que ella abrirá un día su ordenador y que, secretamente, vendrá a buscarte. Que las imbecilidades de las que le hablaste una vez, la harán escribirte una nota, como muchas veces, para decirte que vendrá. A conversarte en silencios largos, a tomarte de las manos mientras espera que tú, alcornoque, despiertes y digas que te irás con ella, que no le soltarás su mano".

"Pero no- sigue la mala-, tu escogencia fue otra; la que ahora maldices y de la que te quejas cada que yo, la mala, te sobreviene. Porque eso sí, escucha mediocre, aparezco solamente cada que me buscas, cada que tu cabeza maldita se remece con el recuerdo del día en que te creíste muerto. ¡Imbécil! Estabas más vivo que los mineros desenterrados en una mina chilena.

Pues bien, jodido, duerme ahora tu sueño estival y no hagas nada. No intentes nada. No vale la pena. Yo, la mala, te lo digo, no lo vale. Tu cobardía inescondible se te tiró la vida. Te llenaste de años y de miedos. Se te encanó el pelo y se te murió el pito. Te empezaron las dolencias y empezaste a alabar lo que nunca te gustó, la casa, las playas, las aves tranquilas, la familia, y el canto de los niños.

¡Sigue allí! que me iré pronto. Regresaré cuando te escapes de nuevo de tus miedos, cuando sueñes en comprar un boleto al sur y vivas, al menos por instantes, la resaca, el recuerdo de que, por corto tiempo, estuviste vivo. Entonces recordarás que supiste una vez del sentimiento maricón ese que, dicen, cruza mares y mueve montañas. Claro, como en toda historia de imbéciles, a ti, los instantes se te acabarán pronto. Pasarán y, para felicidad de tu cabeza de condenado, volverás directo a acariciarle las manos a la prudencia y a la vida honrada. Bravo por los buenos como tú. De ellos es el reino de los estúpidos".