Edición 369

Crónica

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CrónicaUn día Cronos se escondió en la esquina de un camino para contar lo que ocurría en el curso de una hora. Le escocía la curiosidad de saber si en un punto anónimo del Universo algo interesante podría encontrar.

Se sentó sobre una piedra y cruzó meditativo la pierna. Bajó la cara y miró su reloj. Eran las 11:30 y el sol arriba lo miraba con sus llamas vivas. Puso los brazos en jarra sobre su anteespalda y lanzó una bocanada de aire cálido.

Pasaron unos cuantos minutos y el sol encima ardía. Cronos que había programado esta visita, olvidó traer aceite para calmar los rayos y el calor lo sofocaba. Poner sus manos sobre las cejas y bajar la cabeza para evitar el golpe vertical que emanaba del dios Febo no era suficiente.

El paisaje, entretanto, no había cambiado mucho. La misma arena, las mismas piedras, las palmas a lo lejos movían lentas sus brazos. En el horizonte el azul inmenso no tenía una sola nube. Era el desierto y solo dunas bajas modulaban el paisaje.

¿Esperaba, acaso, que viniera de occidente una caravana? ¿Se imaginaría que un beduino errante pasaría sobre su camello jadeante? Como una figura de Rodin, bajó del asiento donde estaba y se acuclilló junto a la poca sombra que a esa hora proyectaba la piedra.

CrónicaMedia hora había trascurrido ya y nada raro había sucedido. Comenzó a aburrirse y a preguntarse si estaría descuidando su trabajo de registrar el tiempo y los sucesos que suceden a diario en todo el mundo.

El rey que tiene por oficio medir el tiempo para registrar los hechos había bajado de las alturas desde donde otea al Universo y había querido hacer las veces de un periodista o un viajero. ¿Qué estaría ocurriendo en otros lugares mientras Cronos estaba curioseando en el desierto?

Cronos se puso de pie, entonces, con sobresalto. Miró sus brazos y estaban bronceados, sintió el sofoco en sus pómulos y el sudor en sus axilas. Algo había ocurrido y él no lo había experimentado antes.

Miró en su muñeca su Rolex con diamantes y eran las 12:30 p.m. Exactamente una hora había durado su intento de saber cómo transcurría un medio día en las soledades del Sahara. Tomó impulso y subió por los aires para relatarle a su Ananké el inocente chasco cerca de la casa de su madre Gea.