Edición 375

Don Otto Morales Benítez

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Don Otto Morales BenítezAnteponiendo la palabra "don", sinónimo de aristocracia del alma, evoco hoy al colombiano Otto Morales Benítez.

Nacido en Riosucio, Caldas, el 7 de agosto de 1920 y fallecido en Bogotá este año, estudió en Popayán, ciudad que recordaba con afecto y en 1944 se graduó de abogado en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín.

Su obra publicada en parte, consta de aproximadamente doscientos volúmenes escritos sobre historia, sociología, crítica literaria y de arte, pensamiento político, periodismo, geografía, indigenismo, sicología, derecho, economía, geopolítica, seguridad social y biografías de los más destacados forjadores de nuestra nacionalidad.

Con Germán Arciniegas, es considerado el ensayista mejor abastecido del país. Su estudio de la Guerra de los Mil días titulado "Sanclemente, Marroquín, el liberalismo y Panamá", es un análisis fundamentado y fundamental de la historia republicana de Colombia.

Varias veces candidato a la presidencia de la República por el partido liberal, senador por el Departamento de Caldas, profesor de derecho de varias universidades, vinculado a instituciones artísticas como el Museo de Arte y el Instituto Caro y Cuervo en Bogotá, fue también Ministro del Trabajo y de Agricultura durante el gobierno de Alberto Lleras Camargo, Consejero Presidencial en varias oportunidades, fundador de la biblioteca del Ministerio de Trabajo, testigo, pensador y analista de lo sucedido en el país, a lo largo de fructíferos años de vida y largas jornadas de trabajo y estudio.

Fiel a la concepción de lo que significa el liberalismo democrático, trajinó incontaminado nuestros altibajos políticos. Por eso dijo: "El Estado tiene la obligación de ejercer cada vez más una intervención para cambiar las condiciones sociales de su pueblo". Y conocedor de nuestras locuacidades entronizadas, afirmó: "La excelsitud de los panegíricos, ha perturbado las mentes". Sí don Otto, la lisonja es uno de los perversos ingredientes que sazonan los más tentadores experimentos político-gastronómicos que nos sirven a diario.

Serían menester muchas páginas para enumerar los reconocimientos que obtuvo como contraprestación a su gigantesca labor en beneficio de la vida colombiana. Lo aquí expresado es solo el resumen de un viaje de 94 años realizado con convicción y en libertad.

No fue un eslabón más de la cadena. Muchos destacan su carcajada torrencial y su cordialidad de fácil abordaje. Es decir, la punta del iceberg. Pero lo que respira bajo la piel y establece identidad indestructible; la decantación convertida en eso que llamamos humanidad, no se toca porque no se conoce. ¿El país que lo vio nacer y madurar, fue otro? Sí y no. Seguimos prostituyéndonos en la sombra, por lo tanto, la moneda continúa rodando sobre su filo de dos caras.

Estarían demás en este caso frases de cliché como: "Fue un ciudadano de bien", "un político ejemplar", "un patriota convencido" y otras que por utilizadas, ralean. Colombia no palpa todavía la mengua que significa para su depuración el fallecimiento de este ciudadano universal. Lo extrañarán los libros, las flores de montaña, los perfumes raizales, la palabra como instrumento de belleza y combate, los niños, los pequeños acontecimientos y los grandes vendavales históricos, la sapiencia, la templanza, su cómplice la alegría y sobre todo la verdad, maestra que supo escuchar y defender.

Pero esta modesta semblanza no es el meollo de la cuestión. Lo que asombra es el silencio mediático que ha rodeado la desaparición física del ilustre colombiano, solo roto, entre algunas breves notas de prensa, por viejas entrevistas concedidas por él a la televisión regional o (justo es decirlo), un excelente reportaje aparecido en la edición dominical de "El Tiempo".

Un país como éste cuyos medios de comunicación nos saturan con sucesos pertenecientes a las embestidas faranduleras o a los políticos de relumbrón, ante un acontecimiento que nos enluta civil y democráticamente, se tambalea en su "silencio mudo".

Cierto que la estatura ética de Morales Benítez no cabe en un simple comentario de prensa o en una entrevista de televisión. Pero eso no justifica el hecho de que los canales establecidos con el propósito de dar pábulo a la información que necesitamos y merecemos, omitan (para hablar de manera mediática) u olviden (para decirlo caritativamente), una de las noticias más importantes acaecidas en Colombia en los últimos días.

No fue mi amigo y lo lamento. En esta fauna que ruge entre pintoresca y variopinta, habló a tiempo y fue escuchado. Tuvo la suficiente carnadura para retar oportunismos y desfases. Hoy, cuando cae sobre su estruendoso racimo la luz de otra estación, debe reír a mandíbula batiente de lo inane del tiempo y lo engañoso de la fábula. De lo pragmático de la utopía y lo efímero del espejismo.