Edición 374

Gloria Cepeda, poeta colombiana

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A esta hora estaría leyendo. Pero se ha ido de la casa a buscar tierra caliente y descanso. Donde los amigos. Seguro que querría conversar. Eran sus dos pasiones. Leer y conversar.

Parece que fue ayer que la conocí en Roldanillo. Caminaba rápido y hablaba mirándole los ojos a uno. Era vivaz y se expresaba con claridad. Cualquier tema le era familiar. Nada de lo humano le era desconocido. Tenía una memoria prodigiosa y nada pareciera que le era desconocido. Era un ser humano singular. Nada le era extraño y a todo le tenía una respuesta y una sonrisa.

Por su aspecto externo nadie adivinaría que era poeta. No tenía el prurito de llamar la atención ni de hacer protagonismo. Su sencillez era su sello personal. Si alguien no la presentaba cualquiera pensaría que era una mujer más en la reunión. Era una joya rara.

Nació en Cali, luego vivió con sus padres en Buenaventura y luego en Ibagué y en Popayán. Se casó y se fue con él a su Venezuela en donde vivió durante 40 años. Pasó desapercibida por su patria chica y grande.

Dueña de una brillante memoria y de una excepcional facilidad para escribir se fue haciendo conocer en los círculos literarios más prestigiosos de Caracas. Transitó como en su casa en recitales y grupos poéticos. Hasta que volvió a Colombia en 1992 y se vinculó con el Encuentro de Mujeres Poetas colombianas del Museo Rayo en Roldanillo. Los esposos Rayo, Águeda y Omar la colmaron de invitaciones y ella viajaba desde Popayán a Roldanillo en donde se dio a conocer con la calidad de su poesía.

Nada tenía que envidiar a Meira Delmar, a Mariela del Nilo, a Maruja Vieira, a Olga Elena Mattei, a Aurora Arciniegas, Matilde Espinosa o a Dora Castellanos. El Encuentro de Mujeres poetas la distinguió con el título de Almadre.

En todos los Encuentros ella era centro de las miradas y la admiración por su sencillez y acendrado trabajo poético.

Un infarto nos ha privado de su presencia. Es un golpe que deja un gran vacío en el panorama de la literatura colombiana. Gloria Cepeda jamás buscó los honores ni los premios. Como tampoco se negó a recitar sus poemas dondequiera que estuviera. Ni en Venezuela, ni en Colombia, ni en Popayán ni en su ciudad natal, Cali, recibió nunca un reconocimiento a su estatura. Ya no hay lugar de buscarla para honrarla. Después de muerta no vale reconocer sus valores y exaltarla. No podrá ocupar un puesto en escenarios. Tal vez colgarán un cuadro con su foto sobre una pared. Así es el mundo cruel.

Ha muerto Gloria Cepeda con su memoria llena y su verbo de azote. Su voz de denuncia, sus trinos mañaneros ya no los oirán las mirlas ni los árboles frente a su casa. Quedamos sus amigos huérfanos con el saludo de hace dos días que celebraban la amistad. Queda su herencia: la sencillez, su poesía maciza de mazo y cielo, de grito y ternura. En ella no había mediastintas. Su fibra era gruesa como su cara cobriza y austera. Su corazón voló a juntarse con los otros pájaros cantores del guayacán y el sietecueros.