Edición 375

“No se dejen quitar la alegría, no pierdan la esperanza”

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Jorge Bergoglio, el Obispo de Roma, Sumo Pontífice, Papa Francisco I, y muchos títulos más llegó a Colombia y comenzó su recorrido por las avenidas bogotanas.

Dicen los cálculos que siempre se quedan cortos en un evento de esta naturaleza, que 500 mil ciudadanos se apostaron a los lados de la Avenida Eldorado, desde el aeropuerto hasta Teusaquillo, sede de la Nunciatura Apostólica, donde descansará y pasará las noches en su periplo por el país.

Francisco derrochó humildad y alegría en su arribo a Bogotá y durante el recorrido y como ha sido costumbre desde que habló en el balcón Vaticano cuando fue elegido Papa, hace llorar y nadie sabe por qué. Es inevitable que el ojo se aguara cuando saludó a los niños especiales y los policías y soldados desmembrados por la guerra que parecería quedar en el pasado.

De igual manera, los católicos fervorosos lloraban al verlo pasar por las calles y más cuando escucharon su mensaje a las puertas de la Nunciatura, con la ruana boyacense puesta y luego de escuchar a los raperos del Idipron, el instituto distrital que atiende a muchachos de la calle y jóvenes en vulnerabilidad: "No dejen que les quiten la alegría que los engañen, no pierdan nunca la esperanza".

Fue un día largo y se le veía cansado, además es un hombre que cumplirá dentro de poco 83 años. Luego de Bogotá y la misa campal donde se espera más de un millón de personas en el Parque Simón Bolívar irá a Medellín, Villavicencio y Cartagena, desde donde partirá el domingo de vuelta a Roma.

Aquí pasarán otros 30 o más años para que vuelva un Papa al país. Ahora, la pregunta es si todo lo que dijo Juan Pablo II, luego de Armero y el Palacio de Justicia sirvió para esta nación que siguió sumida en la violencia y pareciera empieza a caminar otros senderos, aún con muchos problemas estructurales por resolver. Pero lo cierto es que esta visita, de un Jefe de Estado, como el del Vaticano, quedará en el corazón de todos los que lo vieron pasar y ojalá y lo más importante, escucharlo y aplicar sus enseñanzas. Al fin al cabo, es como si se viera y escuchara al vocero en la tierra de lo que llamamos Dios.