Edición 371

Las lecciones aprendidas

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Cuatro años a bordo de Cartagena de Indias comprueba una síntesis sencilla de lo que es ser colombiano: Vivir entre la desidia y la incapacidad de una elite política de pagar una histórica deuda social y distribuir bienestar.

Declararla ciudad de los derechos humanos por el Papa Francisco I es quizás su modo de instalar alguna inquietud en la conciencia colectiva. Es muy difícil que remueva algo entre el vanaglorismo de los opulentos y la ramplonería de los corruptos. Lo que intenta darle un rostro humano viene del esfuerzo de iniciativas culturales que intentan agenciar algún tipo de cambio pero que son insularidades que no logran llegar al poder. Por ejemplo: Jóvenes emprendedores muy pilos que aparecen en algunos escenarios para nutrir el show mediático. Y hasta allí llega el empujón.

Cartagena un grito en el cielo: ¡el de sus sparrings gritando avenida, avenida Pedro de Heredia! ¡Una puta! Así lo dijo un joven estudiante en un foro:

- Todos vienen a gozarla, pero a su gente solo le quedan las limosnas de una corrupción rampante.

Allí al lado del supuesto realismo mágico muchos siguen sobreviviendo en medio de la naturalizada indolencia social de políticos y empresarios.

Esa ciudad que podría ser una de las más bellas del mundo solo logra ser una vitrina de turistas y cachacos. Basta poco: un gesto político audaz de todas esas iniciativas agrupadas por la recuperación de la ciudad. Otro destino sería el de la amada heroica. Quizás esa audacia solo puede venir de una generación joven que asuma lo que otros descartaron y dejaron en manos de unas rutinas de sobrevivencia. Quién sabe. Enlazar a los últimos de la fila en una versión de sociedad más justa no es parte del marketing político ¡Qué pena los pobres y las victimas y ya está! ¡Márica el ultimo y ya está! Gana la partida un individualismo alimentado por la misma cultura educativa instalada en colegios y universidades que no crea comunidades sino lugares de tránsito.

La esperanza se nutre de historias inéditas y escondidas. Hay algunas: la de un artista en el Barrio el Nuevo Bosque que le roba un pedazo de tierra a una montaña sobre la que se arrinconan casas y más casas. Allí él crea una obra única que es un homenaje a las víctimas del conflicto armado. La de su vecina que en el mismo barrio hace cuentas de los que se han acostado sin comer y se levanta vestida de alegría para aportar al pan de cada día. La de un par de profes que andan reconstruyendo el puente roto entre lo rural y lo urbano promoviendo la labor de los mercados campesinos y así alimentarnos sano. Esas postales son motivos para la esperanza. Cada una merece una crónica aparte. Pero son solo fragmentos de una realidad.

El hilo que une esos fragmentos es un gesto político valiente que los valide aún más. ¿Se expresará? Hay diversas valentías individuales como la de un joven llamado Alí que antes de que llegara el Papa Francisco I ya había pensado en una ruta por los derechos humanos en Cartagena. Y allí va metiéndose a los lugares del olvido a llevar cine y contar historias.

Si el destino de Cartagena y Colombia sigue siendo incierto entonces ¿Qué lugar ocupar en el actual momento de movimientos telúricos? En el que tierra y humanidad se resquebrajan. Las resquebrajan huracanes y terremotos, el miedo y una tristeza profunda. Cómo empezar este diálogo con el universo y la naturaleza que sabían llevar algunos de nuestros ancestros. Cómo conversarle a lo humano sin tanto artificio. Ambas cosas piden un ejercicio silencioso y detenido de conciencia. ¿O a la entrega total al delirio? La música ya lo dejo escrito. ¿En qué consiste ese ejercicio? Sencillo. Es una conversación íntima que reclaman por igual científicos y religiosos en la que se pondera lo que es fuente de felicidad.

La idea de enclaustrarse en algún lugar de nuestra geografía, formas de una espiritualidad que se descubre en la comunión con la naturaleza es liberadora. Oficio que en las ciudades y los pueblos parece propiedad de los pastores cristianos con sus cuotas en dinero para poder sostener su carisma de salvadores lo ofrece la tierra y la naturaleza en su llamado a ser honrada. El dilema de honrar a la madre tierra o escuchar las libres interpretaciones de un Cristo muy atareado también se puede a travesar en una dedicación mística con tantas tareas inconclusas.

Lo inconcluso es nuestra seña de fábrica en Latinoamérica. Aquello que le falta un último empujón para dejarlo bien hecho parece el síntoma de los días en este lado del mundo. Lo inconcluso pide unos rounds más respirando al unísono de lo que se ama. Y así poco a poco puede ir sucediendo esta reinvención que pide el actual momento.

Compartimos los resultados de la investigación "Capacidades para Reconstrucción Participativa de la Memoria Histórica en Montes de María".

Descarga libre de la cartilla, el informe y el registro fotográfico del proyecto en este Drive.

Y acá el documental: