Edición 371

La humanidad: ¿Mejora o empeora?

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El mundo rodeado de niños

¡Qué disyuntiva! ¿Cuántos sentimientos y pensamientos encontrados? Pero no debo quejarme. O preocuparme.

Si digo que lo que hemos vivido de niños y de adolescentes fue mejor que esto que hoy le toca a las nuevas generaciones, los jóvenes me dicen que soy un viejo de mierda, un dinosaurio y que me quedé en el tiempo. Si acepto sin decir nada “los avances de la humanidad”, esos mismos jóvenes me dicen que por callarme la boca la humanidad está como está.

La sociedad de aquel tiempo hacía un culto, con toda su pompa y circunstancia, de la amistad y de la SOLIDARIDAD. Una sociedad con reglas claras, en donde el que era laburante era laburante y el chorro era chorro, con todos los códigos del hampa correspondientes. Y todos nos respetábamos.

El respeto nos lo enseñaban en casa nuestros padres y en las escuelas los maestros, y si alguno recibía un “punterazo”  por haber hecho una cagada, nadie se quejaba y estaba todo bien.

Y si nos ponían en penitencia en un rincón o nos daban a escribir un millón de veces cualquier cosa, también estaba bien, era parte del juego que se practicaba y nadie salía a criticar a nadie, ni se lo denunciaba, porque cada uno conocía bien su rol y la educación, como tantas veces se ha dicho, empezaba en la casa, seguía en la escuela y se practicaba en la calle.

Si subía al colectivo una embarazada o una persona mayor, se le cedía el asiento o se le ayudaba a cruzar la calle. Si un mayor nos retaba o nos daba algún consejo, se lo escuchaba. No había burlas o desaprensión alguna.

Hoy día si el colectivero pide que cedan el asiento, lo miran con odio o lo putean y si un mayor reta a algún joven corre el riesgo de que lo caguen a trompadas.

El policía era un vecino más de la cuadra y se lo trataba de usted y jamás se nos hubiera cruzado por la cabeza tutear a un maestro o a un profesor. Eso era inconcebible, totalmente irrespetuoso y fuera de lugar. Como debe ser.

En estos tiempos que corren, uno debe cuidarse más de los policías que de los chorros y los alumnos, no solo tutean a los maestros sino que hay casos en donde estos son ridiculizados, manoseados y poco falta para que sean violados sobre el escritorio.

Por otra parte, hasta el más ignorante o el más humilde, tenía estilo. Hoy, en aras de un supuesto desacartonamiento, se perdieron los respetos más ancestrales hacia la buena calidad y afloró el mal gusto en todo su esplendor.

Aquella sociedad tenía sus problemas, pero trataba de sobrellevarlos de la mejor manera posible y no se hacía una hecatombe total de esa problemática. Todo era solucionable. Y seguíamos adelante. Con estilo.

Hubo un tiempo en que los pobres llevaban a cuestas su destino con dignidad y siempre intentaban superarse. La humildad era una actitud y no una obligación y nuestra sociedad luchaba por ser cada vez mejor. Y nadie buscaba subsidiar su pobreza.

Entre 1920 y 1930, la República Argentina ostentaba el tercer lugar en el mundo dentro de los países más cultos y tenía uno de los más bajos índices de analfabetismo. Hoy estamos cerca del puesto ochenta. Los diferentes gobiernos democráticos y/o de factos, se preocuparon puntillosamente de lograrlo.

En mi adolescencia, allá por la famosa década de 1960, la juventud leía a Cortázar, a Albert Camus, a Henry Miller, a  Dostoievski, pero también leíamos D´ Artagnan, Patoruzito, El Eternauta y Tía Vicenta.

Nos deleitábamos con el ballet de Neglia y Fontenla, pero también admirábamos a El Chúcaro y Norma Viola. Bailábamos con Los Beatles y con Los Wawanco de la misma manera. Oíamos a Edith Piaf y a Margarita Palacios y nadie se ruborizada por la diferencia. Porque eso es la cultura.

Además, empezábamos a admirar a los grandes cineastas del mundo y en la calle Corrientes florecían las librerías.

En ese maremágnum desbordante de cultura y de apetito voraz por saber más, por conocer más, utilizábamos nuestra mente en forma positiva para encarar el futuro.

La calle Corrientes no dormía nunca (hoy, aterrada, se acuesta bien temprano) y a la calle Lavalle la hicimos peatonal entre todos a fuerza de concurrir a los veinte cines que la engalanaban. A la salida de los mismos, atestábamos las pizzerías y los restaurantes y podíamos ir caminando desde el centro hasta Villa Crespo (en mi caso) sin que jamás nos haya ocurrido nada, sin ningún problema.

La gente vivía de la casa hacia fuera (hoy es al revés) y mientras nuestros padres hacían “terapia de grupo”  sentados a las puertas de las casas tomando mate con galletas o torta frita o en verano, cerveza y vermú con papas fritas, nosotros los chicos, nos divertíamos jugando a la Escondida, a la Mancha, a la Rayuela, al Martín Pescador y a cualquier otro juego imaginable.

El objetivo globalizador buscado se logró. Gran parte de nuestra hoy decadente sociedad, fanática del subsidio, del arribismo y de la contracultura del trabajo, se entregó mansa y en ese coito global, se dejó violar y se quedó boca abajo para que los ganadores se hagan la gran fiesta.

Como un vicio natural, nuestra sociedad pasó de ser aquella en procura de una mayor cultura, a esta pobrísima expresión de sujetos sin rumbo.

De aquellos programas de televisión en donde el objetivo era educar al pueblo, pasamos a ser apabullados por los Tinelli, los Rial, los Sofovich, rn donde las incultas modelos gobiernan las pantallas y una gran masa de estupidez se instaló entre nosotros.

Lo más grave es que no hay ningún tipo de reacción ante tanto pésimo gusto y tanta mediocridad.

En la década del 1960, los programas de televisión más vistos eran; Casino Phillips, El show de Pinocho (Juan Carlos Mareco), Odol pregunta y Justa del saber. Los dos primeros eran de lo mejor de la TV mundial, en donde el televidente podía ver a las más grandes figuras del espectáculo nacional e internacional. Los otros dos marcaron un hito en la cultura de toda América del Sur, porque venían a participar de varios países de ésta región.

Pero en los últimos treinta años todo decayó y, salvo muy escasas excepciones, debemos soportar que los ¿programas? más vistos hoy sean: Gran hermano (en todas sus variantes), Showmatch (ídem) y los dedicados a chimentos del espectáculo.

Entonces, debo pensar: ¿mejoramos o empeoramos?

Claro que el progreso es bueno si de salvar vidas se trata o de que la humanidad tenga una vida más digna.

Yo me rebelo ante mucho de este mundo artificial, virtual y de plástico que nos apabulla.

Debo rebelarme y grito:

Me gusta leer con el libro en la mano y no hacerlo frente a la pantallita de la compu.

Me gusta ir al cine y estar rodeado de gente y no viendo la peli solo en mi cama.

Me gusta el bife de chorizo en lo de Pipo y no la hamburguesa en MacPedorro.

Me gusta comer pizza de parado y que me chorree y no la bola informe dely verada.

Me gusta tocar una teta de carne bien pulposa y no una bola de moco siliconada.

Me gusta ver por la ventana sin rejas y dejar abierta la puerta de calle.

Me gusta que la gente responda a mi saludo cuando entro en un algún lugar.

Me gusta que la gente cante o silbe cuando camina por la calle.

Me gusta ver a mis hijos cuando llevan a la práctica todo aquello que les enseñé.

Y esa es la verdadera felicidad.

Finalmente, puedo llegar a aceptar algunas cosas que me impone este mundo globalizado, estupidizado y desaprensivo. Lo que no aceptaré jamás, pero jamás, es el llamado con pititos del microondas. Yo aún prefiero el grito de mi vieja, cuando jugábamos libres en la calle y ella, parada en la puerta con el delantal puesto, me gritaba: “Nene..., a comer”

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*(Del libro inédito: “Buenos Aires y su gente” – Derechos Reservados – Permitida su reproducción citando la fuente)