Edición 385

Los Montes de María PAZean por nuestra memoria

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No importa que ya sea tarde,

hay pájaros que cantan todavía.

Manuel De la Rosa.

No conozco los Montes de María, pero he escuchado varias historias que se tejen alrededor: las ya conocidas masacres que sucedieron una tras otra en breves períodos, la guerra y disputa de territorios; las historias de amigos que han ido al Palenque, a San Jacinto a escuchar y aprender de grandes músicos; la de agricultores hombres y mujeres, líderes campesinos que hablan de su territorio, y otras tantas que se quedan por fuera, pero que seguro el viento trae y recuerda.

Con el tiempo esta zona del país se ha convertido en un centro emblemático del campo colombiano, de procesos sociales, memoria histórica, arte, y colectivos culturales. Durante el conflicto los Montes fue un lugar de resistencia que latía entre todos sus habitantes, pero que no resultaba ser suficiente para quienes querían despojar a toda costa a los campesinos. Entonces, la resistencia que nunca se evapora se transmitía en la voz, en la palabra, en los recuerdos, en las visiones de otro mundo, en la fuerza que cada uno de los montemarianos tenía.

Conocer hoy su voz, la que narra el mundo actual y teje memoria es muy importante, no solo para ellos que elaboran procesos de memoria y resistencia y le dan mayor sentido a su realidad actual, sino para nosotros los que escuchamos estas historias, los que imaginariamente y gracias a esas voces hemos viajado a María la Baja, al Salado, a San Onofre, a Ovejas y a otros lugares que no aparecen en los mapas pero escuchamos continuamente.

Una de esas iniciativas que nos trae los Montes a la ciudad la conocí hace poco en Bogotá, a través de las voces de los líderes regionales, los académicos involucrados y una exposición de cuadros que expandía el imaginario sobre este territorio e involucraba nuevas formas de contar las historias perdidas, olvidadas o silenciadas. PAZeando por la Memoria, es el nombre de la iniciativa, una que lleva tejiéndose dos años en la región y que seguramente lleva más años en las voces y acciones de sus participantes. Entre experiencias, anécdotas y un performance en el que participaba el público, nos fueron contando la increíble desconexión del campo montemariano con las ciudades del Caribe que recibían a cientos de desplazados por la violencia, la necesidad de los habitantes, sobrevivientes en muchos casos, de narrar el conflicto desde su cotidianidad, una particularmente creativa y artística, y la intención de hablar de paz en un país que continuaba en combates armados.

Luz Nelly, una profesora de una vereda en María la Baja, después de ser desplazada varias veces de la región decide con otras personas no seguir corriendo de sus tierras sino establecerse y comenzar una escuela, así nace la vereda en los Montes, en plena guerra y gracias a la fortaleza de los campesinos liderados por Luz Nelly, la profesora. Ella cuenta con emoción y fuerza las rutas que ha ido atravesando para construir comunidad y territorios de paz.

Ella es amiga del artista plástico Miguel Burgos, un cartagenero que lideró los talleres y procesos artísticos de PAZeando con personas de la región, y que en este encuentro en la capital expone el material plástico de la ruta: cuadros de distintos materiales como arcilla, arena, achiote, barro, piedras, etc. Materiales de la zona que sirven para plasmar las sensaciones, las intenciones, la energía, la vida que sigue palpitando en las entrañas de los Montes y que está llena de palabras que invitan a la reconciliación.

Como el performance, el circuito está vivo, está lleno de voces que se encuentran, que se llevan en el camino y que llegan a varias ciudades para ser contadas, y construidas conjuntamente. El público también construye en un taller dirigido por el artista un cuadro con sus experiencias a partir del encuentro con la iniciativa.

Los Montes de María parecen vivir entre dos mundos, que iniciativas como esta luchan porque sea uno solo, uno que haga memoria y reflexione sobre lo sucedido pero que hable de todo lo que sucede, no solo para reconocer al territorio como sitio de reconciliación sino sitio de resistencia, de música, de artistas, de canciones, de celebración de la vida.

Iniciativas que son lideradas conjuntamente por campesinos y campesinas de la región y por profesores de las ciudades. Este esfuerzo conjunto que se teje entre todos los actores de la sociedad, es fundamental para que la academia y los procesos sociales cobren fuerza y pone énfasis en la construcción de paz con justicia social.

Conocer el circuito me hace pensar que es necesario seguir construyendo colectivamente la paz, no solo en los Montes, sino crear circuitos por todo el país, fortalecer los procesos artísticos que narran la vida campesina de resistencia y lucha y que acercan de maneras más sensibles y honestas a los seres humanos.

No conozco Los Montes de María pero los imagino, a través de este tipo de exposiciones, de canciones, que nos cuentan del aire con calorcito, con dolor de animales muertos pero con canto de tierra, con vida e intermitencias de seres ya no vivos que siguen dándole fuerza a todos los vivos para resistir a la guerra y luchar por la paz.

Este es el mensaje que desde Canadá envían para los PAZeantes de los Montes de María