Edición 378

México ancestral, América Crisol

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El presidente argentino, Mauricio Macri, dijo en el Foro de Davos que "en Sudamérica somos todos descendientes de europeos", desconociendo la historia de los pueblos originarios y la riquísima tradición de las diferentes culturas y tradiciones del continente, que -no hace falta recordarlo- estaban aquí cuando los europeos llegaron a estas tierras.

La ignorancia selectiva del presidente argentino demuestra que no sólo no conoce el país que gobierna (y en el que habitan o habitaron onas, comechingones, mapuches, tehuelches, tobas, coyas y wichis entre otros), sino que no caminó las calles de nuestra América. Y uno de los países en los que más pueden rastrearse esas tradiciones ancestrales en cada rincón, que aunque técnicamente no pertenece a Sudamérica podemos considerarlo, es México.

En varios países de esa Europa que tanto admira Macri, la historia está en sus calles, en sus barrios, en sus monumentos y edificaciones. Y México no tiene nada que envidiarle a esa tradición: los nombres de las calles, de los parques, la comida, el arte, las "ruinas" de las ciudades prehispánicas (muy cercanas a grandes ciudades) dan cuenta de una historia que es mantenida y reivindicada por sus herederos.

Desde la Ciudad de México hacia el sur, sin agotar la lista pueden recorrerse las impresionantes ciudadelas de Teotihuacán (de la civilización mexica-azteca), Palenque y Chichén Itzá (ambas de la cultura maya), declarada Maravilla del Mundo Moderno en 2007. Por supuesto, construidas y hasta abandonadas mucho antes de que incluso los europeos soñaran con el "nuevo mundo". En cada uno, la inmensa afluencia de turistas generó la multiplicación de guías de diversos (y hasta a veces dudosos) conocimientos sobre estas culturas, multiplicando también las versiones sobre estilos de vida, costumbres y tradiciones aztecas y mayas.

Pero también en las ciudades y los pueblos se encuentran esos sincretismos culturales que hacen de México un país más que interesante para conocer. El más tradicional de la Ciudad de México, el Zócalo, junta en cuestión de metros a la Catedral, edificios españoles que hacen recordar a Madrid, y ruinas de antiguas edificaciones aztecas.

O en la gastronomía, donde las tortillas de los famosos tacos ya eran elaboradas por los primeros pobladores de lo que hoy es México; o la infinidad de chiles para sazonar casi absolutamente todo, incluso las paletas. O el bullicio de sus mercados, donde a viva voz se anuncia el menú de cada puesto de comida, ya sean caldos, tlayudas, quesadillas, tacos o guisos. O los puestos callejeros para comer desde hamburguesas hasta platos más elaborados con frutos de mar.

Otra de las tradiciones mexicanas es el muralismo, con Diego Rivera, David Siqueiros y José Clemente Orozco como sus máximos exponentes. A principios del siglo XX, casi el 90% de la población mexicana era analfabeta, y José Vasconcelos, el entonces secretario de Educación Pública del presidente Álvaro Obregón, les pidió a estos pintores vinculados políticamente con la izquierda que contaran la historia de México y sus tradiciones a través de los murales.

En el Palacio Nacional (la casa de gobierno) puede entenderse la importancia de Diego Rivera para el arte mexicano: en diversos murales cuenta las tradiciones y culturas de los distintos pueblos que habitaron esas tierras. El más impresionante, sin dudas, es el que se encuentra en la escalera principal, dividido en tres cuadros: los pueblos originarios, la conquista, y el México "actual" –de la primera mitad del siglo XX. También hay murales de Rivera en su museo y otro en el anfiteatro del Colegio Nacional, donde conoció a Frida Kalho. Este fue el primero y, curiosamente, el menos reconocible de Rivera: todavía muy influenciado por su estancia europea. Muy distinto a los más conocidos suyos.

*Periodista, amigo y tripulante del Buque.