Edición 378

La Fuerza del Destino

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Remo Ceccato era como el rey del Viento, como el director de los Aires que cruzaban frente al Turbión y al Azogue que llenaba el ambiente. La vida estaba allá debajo, como mirando con asombro el paso de un ejército de jinetes sobre flautas y clarinetes.

Había como un monstruo escamoteado entre un polvillo inmenso que cubría pueblos, montañas y obstaculizaba la entrada de la luz del sol o de las estrellas. No había diferencia entre día y noche. De nada hubiera servido que aparecieran caras que se divisaran o que se movieran cuerpos, brazos o se oyeran lamentos de humanos. Allí solo podía habitar una sensación, un hálito de esperanza de lejana prosapia.

El Destino lo dominaba todo con soberana presencia y majestad. Las nubes estaban teñidas de un añil terroso, espeso, pesado que se movía con lentitud. Todo era solemne y el tiempo lo sabía. No había sensación de hoy o de mañana o de ayer, de una hora o un día o una semana. Parecía que había un rey que dominara entre el sopor, la quietud y el sueño. No había oscuridad mas tampoco se distinguían seres o figuras entre el vapor que parecía erguirse sobre las montañas de un vaho nuboso y lento.

Sin embargo, entre las sombras había sensación de vida. De una vida soterrada, inmóvil que se dejaba llevar por una brida invisible y terca. Como si una multitud de bultos de humo negro se movieran entre la bruma espesa que se movía lenta como una bandada de ballenas en un mar de olas cansadas. Allá, en el fondo se adivinaban como sombras que ebullían y sacaban sus aletas por entre la espuma y el oleaje.

¿Era plano, horizontal o curvo el espacio allá, al fondo, o desde aquí hasta el frente? No había cerca o lejos. Todo era una sola masa informe que impedía divisar más allá del centímetro o el geme.

Mas, sí. Había una música. Unas flautas que tocaban una sonata lúgubre, como mensajera de un más allá incierto. Parecía como enviara un mensaje triste y cortante. Su tono era agorero y dejaba entrever una sentencia o un sendero como de un halo incierto. Era el Destino sobre

su trono de acero y marfil negro. Tenía sobre su brazo un cetro de hielo y oro. Sus ojos entreabiertos jamás se habían abierto por entero. Ni miraban ni permitían que nadie lo observara.

Sí, el Destino era como un director de orquesta que movía invisible su batuta como Ceccato o su cómplice, el concertino. Todos los músicos se movían por donde dejaba el cetro que se moviera, allá al frente, como un supremo juez de los sonidos y las melodías que salían de entre el aire y los soplos, por entre los intersticios y al compás de un metrónomo tirano. Beethoven sonreía en la Sala.

Oh, los segundos, los minutos y los instantes... ¿cuánto tiempo pasó... que la Obertura de Giuseppe se mecía allá en lo alto y el Destino sonreía con fuerza?

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