Edición 385

La otra cara de los Montes de María

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La otra cara de los lugares golpeados por la violencia de los grupos armados y el olvido del Estado se puede hallar en los textos de Lorenza Stranno. Esta siciliana fue en busca de la otra cara de los Montes de María y obstinada con la verdad que tantas muertes ha cobrado en su Sicilia natal se mete a auscultarla en un territorio que registra 80 masacres y en el que la gente le camina a la paz con hechos. La autora relata a quiénes resistieron y aguantaron.

Para superar esa narrativa intoxicante que genera adicción a la sangre, las tetas, los narcos y el escándalo, estas postales nos traen esas historias ocultas entre el conflicto armado. En ellas respira la gente, los lugares que permanecen después de la tragedia, las razones para continuar adelante. Estos relatos cortos, uno tras otro, le van poniendo rostro y le da voz a lo que el conflicto armado silenció. Lo que no termina de contarse lo pueden complementar los lectores que le huyen a la amnesia y se preguntan cómo pueden contribuir a la creación de otra historia.

Primera parte

1

San Juan

Pequeño municipio que queda a una hora de Cartagena toca el alma con una estatua en el centro de la plaza. Es un homenaje a las víctimas de la masacre de Las Brisas. No hay sangre, ni un leve toque de violencia. En la imagen de un agricultor, con sus herramientas de trabajo, la vida se mueve. Es un tributo a la identidad, al orgullo, a todo lo que es especular a la muerte:

"Dios ilumina el violento para que desarmen el alma malvada, ya no queremos más llanto, cultivemos toda la paz esperada".

Con estas palabras, el creador de la obra de arte me llamó la atención la primera vez que visité el pueblo. Su mirada es la de alguien que ha vivido en el infierno pero que ahora sonríe, porque entendió la clave para seguir adelante. Nunca mira hacia abajo, sonríe y dice:

"Montes de María es décima, versos, canción, fraternidad, oralidad. Empezamos a expresar con la creatividad a través de muchos medios para dar visibilidad a la verdad. Soy víctima sobreviviente de Las Brisas, donde los victimarios dicen que no hubo tortura, pero a través del arte mostramos la verdad e hicimos reparación simbólica. Esta vale más que la reparación económica".

San Juan es un refugio para artistas que sienten la naturaleza con visceralidad, que a través del arte se protegen de un pasado duro, elogian la verdad para reconstruir el futuro.

2

Poeta

Si pasa por San Juan por la noche, puede sentir los versos poéticos del Maestro por sorpresa. Así lo renombró Manuel de la Rosa, un joven cantante que decidió escapar del ruido de Cartagena para dejarse inspirar por la pequeña población. Allí el encontró inspiración en su mentor durante las noches montemarianas cuando el poeta aparece en su puerta para disfrutar de la frescura de la noche. Tiene un ritmo lento, su voz es clara cuando declama sus versos, sus ojos brillan cuando habla de su país.

"Amo mucho este país, pero nunca me entendieron".

Pasó su vida enseñando matemática y desde el rigor de los números ha sacado la poesía que en el soneto reconoce el matrimonio entre el riguroso ejercicio de cálculo y la libertad de la creación. Ahora pasa sus días en su estudio lleno de libros y fotocopias, impresos en letras grandes; "El canto de los nibelungos", desconocido incluso para algunos europeos, reposa en su biblioteca. El Maestro enseña métricas de la poesía y el arte del soneto en el Internet en una universidad española. En las noches se sienta en la puerta con su bastón y con un poco de suerte se puede oír recitar un poema que escribió para el artista italiano Michelangelo. Nunca abandonó San Juan, y continuó llenándolo de poesía, incluso en medio de la violencia.

3

El Cantante Manuel, la madre y la abuela

En una casa humilde, en una carretera solitaria que domina la gran troncal que cruza la región llena de camiones, se puede escuchar sonidos de pitos enloquecidos y el desgarro de neumáticos en el asfalto ondulado.

Pero no es lo único que se escucha. Después de las diversas tiendas y puertas improvisadas, en un patio marrón de hojas secas de verano que descienden lentamente como la nieve, la mirada se detiene en una hoja enredada en el pelo de la abuela de Manuel de la Rosa. La abuela del Bolívar grande, la que tiene en sí misma la esencia de los mitos de las leyendas montemarianas. Un recuerdo que viaja en dos pies y dos ojos burlones. Sus historias susurradas dan vida a anécdotas enterradas por la violencia egocéntrica. A ella no le gusta el maquillaje que su hija extiende en su rostro para prepararla frente a la entrevista. Su hija Cristina escapó hace años de San Juan, pero no de la música. La trajo adentro. Ya en el 95 participó en programas artísticos por la paz. Sus hijos crecieron en esta atmósfera de cultura de paz. Cristina probó el camino de la resistencia artística antes de irse, como instructora de gaitas y tambores en el campo alrededor de San Juan. Recibió amenazas por estos procesos artísticos porque se

convirtió en una víctima del mecanismo perverso del conflicto, así que si no estabas de un lado estabas del otro, infiltrado o guerrillero.

Fue difícil vivir en San Juan y muchos se fueron, incluidos los artistas. Para una madre no fue fácil, entonces se refugió en la fría Bogotá. Cantaban en la calle, les tiraban monedas en las avenidas bogotanas. Hoy canta desde este patio con su hijo Manuel, a quien le ha enseñado todo lo que sabe. Su voz es orgullosa y expresa la tradición oral que su madre le transmitió. Habla de la montaña, de la típica casa de bahareque. De los escenarios montemarianos que Manuel también pinta en sus canciones.

Inmersa en sus éxitos del pasado, saca una maleta llena de recortes de periódicos, registros y fotos que la retratan en el Día de la Independencia de Cartagena. Camaleónica, cambia de ropa como en diferentes escenas de un acto teatral. Primero, una imagen muy gitana; luego, una muy caribeña de colores; entre las máscaras de vez en cuando surge Cristina que nunca deja su alma de artista.

La voz de estos cantantes, vibra con la ira de no poder vivir gracias al talento, se emociona al continuar cantando y decantando el dolor y la esperanza:

"Hay pájaros que cantan todavía", repite Manuel en sus canciones melancólicas que nos permiten comprender el potencial del arte como medio de memoria, sanación e intercambio. A través del núcleo familiar han cultivado el arte, la paz y la tradición. Los tres viven allá, jugando, cantando, actuando, en esa casa humilde al borde de la carretera, con gatos salvados del abandono, el que ha condenado la vida de muchos.

4

San Jacinto

Desde San Juan se pasa a San Jacinto con 2 mil pesos, entre varios barrancos del asfalto, uno de los tramos más molestos para quienes viajan en autobús. Los robles hacen compañía durante el recorrido: rosa, amarillo y marrón cuando están en flor, se destacan contra el fondo, a veces verde, a veces seco, en toda su belleza exuberante. La entrada es inmediatamente reconocible por el desfile de hamacas, bolsos y artesanías que acompaña como una procesión la entrada al pueblo.

Famoso por la gaita, vive suspendido entre el gran nombre del glorioso pasado de los Gaiteros y desalentado por el agua que no está allí, los residuos que crecen, un rescate que nunca llegó. En las periferias se come dos veces al día, después o durante un abundante desayuno de plátanos, huevos y ñame con suero, llega el camión del agua. Inclusos los más pequeños cargan los tanques amarillos y blancos en un lento flotar. Cada uno cuesta 500 pesos y puede durar solo un día. Cruzado el puente, caminando por un camino bordeado por pequeñas piedras sobre las cuales se atascan las motos, bajo el sol hacia la iglesia, la basura diseminada entre los perros callejeros da paso a coloridos murales que representan a los grandes músicos. Como figuras heroicas se vuelven casi míticas. Julián, que no ha regresado al pueblo durante 4 años, lo observa con orgullo, quiere acercarse a su pasado que le ha colocado la etiqueta de víctima. Después de todo, los picós rasguean un reggaetón con un sabor casi triste.

El intenso sabor del café de los montes da vida a la plaza privada de sus árboles. Los granos llegan de fincas orgánicas de tierras vecinas. M. y su quiosco de tintos es un ejemplo de cómo se pueda permanecer en su propio territorio y restaurar la dignidad de los productos locales. Los años que tuvo que pasar fuera de San Jacinto debido al conflicto no le hicieron olvidar esta tierra, que él defiende y valora.

5

Gaitero Rafael y la hija

Él no me mostró la gaita de inmediato. Reservó el honor de poder escuchar su música al final de nuestra entrevista. En un barrio, a pocos pasos de la plaza en reconstrucción, nos encontramos frente a su casa en la esquina de la carretera arriba de toda la hilera de casas típicas con puertas de colores o blancas. Los picós sonaban un irreverente reggaetón que lo molestaba y que tomó como pretexto para hablarme sobre las dificultades de un gaitero que quiere vivir con y para su música. Estamos sentados afuera de su pequeña tienda, entre varios caramelos que tanto gustan a los colombianos.

Los niños desfilan para comprar los manjares en una tarde aburrida, interrumpen, pero dan ritmo a la conversación. Un ritmo lento y difícil que dejan filtrar la rabia entre tener que tocar la gaita como un pasatiempo, como una dedicación y no poder hacer algo que podría hacer renacer el nombre de San Jacinto.

Con los pesos de la tienda, se dedica a una escuela de gaita y canto tradicional que saca adelante con sacrificio. Incluso la hija está entre los estudiantes. Él la llama a tocar entre una tarea de la escuela y la otra, ella ejecuta fácilmente una dulce melodía en frente de la mercancía y la parte del mundo feo y violento desaparece de repente.

Mientras estudia inglés confiesa que quiere seguir los pasos de su padre. Un músico que ha invertido todo en su arte, que nunca ha estudiado música y no sabe cuál es la escala musical; sabe todo lo que hay que saber sobre la gaita. Lo habrá repetido mil veces y una vez más me explicará que el instrumento está hecho con material selvático, que cada instrumento es una historia separada y que todos tienen un sonido diferente. Su gaita es femenina que a diferencia de la variante masculina dirige toda la melodía, tiene un sonido que a veces parece detenerse como lo hace la voz si hay un nudo en la garganta. Naturalmente, como todos los seres humanos respiran, Rafael se une a su gaita, dándome unos minutos de música antes de abandonarme de nuevo al mar de entrevistas. Es una música que además de la melancolía mezclada con la felicidad tiene los tonos de una dulce resistencia.