Edición 353

El rostro de la desgracia humana

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El rostro de la desgracia humanaHe escogido un lugar silencioso y apartado para pensar con tranquilidad y dejar que mi cerebro hile con serenidad estas ideas. No es fácil para la mente humana entender a veces lo que sucede en este valle de delicias que es la tierra en que vivimos. Durante 17 años me encerraron en un convento para que aprendiera a deshilvanar la complejidad que está oculta en las neuronas, en el corazón y los entresijos de los seres que nacimos para ser felices.

Hoy, después de 40 años, empiezo a hacer el ejercicio de preguntarme las posibles razones que impulsan a otros seres a vivir ellos mismos y a hacer vivir a sus semejantes en un estado degradado. No es la psicología, no es el sacerdocio, tal vez, sí, la economía o la ciencia del cálculo las que deben explicar el misterio que se encierra allá en el fondo de un ser con ojos, cara, manos, pies, dedos completos de quienes deambulamos como el lobo por ciudades y hondonadas cerca del río y de la selva.

Es la solidaridad, la compasión, el dolor, quienes deben hacer de veras esta labor. Deben despojarse de su saco y ponerse en mangas de camisa a tomar la piel del ser humano y empezar, como el cirujano, a escarbar para ver en dónde se escondieron los sentimientos de humanidad, de sensibilidad, para condolerse del sufrimiento de quienes están a nuestro lado.

Yo no voy a preguntarme por qué hay seres que asechan a la puerta de su casa a un civil o a un militar, a un joven o a un niño o a una mujer y los secuestran. No voy a preguntar por qué torturan, por qué arrasan los árboles y convierten en desierto la selva, no voy a preguntar por qué cultivan coca y la procesan para convertirla en droga mortal. Como no voy a preguntar, tampoco, cuál es la raíz de donde nacen los delitos.

Me pregunto cómo es posible que un lobo cace su presa y no se la coma sino que la mantenga cautiva al pie de su guarida riéndose de ella y hasta le traigan alimento para engordarla y hacer más enorme su festín. No. El lobo caza su presa con los ardides que aprendió de su feroz instinto, pero jamás almacena comida viva para tiempos de escasez o para atemorizar o escarmentar a los venados o conejos que crucen por su camino o ante sus dientes.

Sólo al hombre se le ha ocurrido, en malsano comportamiento, tan absurdo mecanismo. Para amedrentar al  “enemigo” – así sea éste el gobierno o el pueblo -, secuestra a mano armada, en la noche o en el día, en su trabajo o en el descanso, y a quien agarra en sus garras, las ata a un árbol o como animales furiosos los aprisiona con cadenas o alambrados y los vigila en condiciones canibalescas. 

¿Qué secreta fruición causará a estos chacales humanos ver que sus víctimas envejecen y sus cadenas enmohecen mientras sus familiares sufren día tras día? Un nuevo tipo de hombre ha nacido en nuestro suelo que antes daba flores y reinas, trabajadores honrados y políticos que le respondían al pueblo. ¿Cuándo acabará este negocio entre gobierno y guerrilla y se hará realidad el sueño de un acuerdo humanitario que acabe con esta degeneración abonada entre las armas?

*Los pensamientos, opiniones y expresiones de los columnistas son libres y no influyen, condicionan o significa el criterio editorial de Buque de Papel.