Edición 386

La Otra Cara de Los Montes de María II

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Pedazos de país con su humanidad corren en esta segunda parte de La Otra Cara de los Montes de María. La herida esta allí y Lorenza Strano la visita. En estas brevedades suenan como una música las historias de vida ocultas a la bulla de los grandes medios. Aquí van en el Buque estas presencias que retan al olvido.

Joel, estudiante y campesino

La pasión por la política no es algo que se desate del contexto rural. Joel es muy consciente de esto, una vida en el campo con su padre, años entre los libros de filosofía política, proyecciones sobre el futuro de la clase campesina montemariana que lucha por los derechos. Estudia ciencia política, habla sobre Marx y Hegel mientras me explica cómo se cultivan el ñame y la yuca, cómo obtener pegamento natural de una fruta pequeña que crece espontáneamente, y hasta cómo montar un burro.

La combinación inmediatamente salta a la vista: lleva una camisa azul claro y un sombrero de paja típico de los campesinos colombianos. La bondad del alma y la sensibilidad emana de todos sus poros y sus gestos de prudencia. Debe acercarse y leer los labios para poder conversar bien, los años pasados en el servicio militar han dañado su oído. Con los ojos serenos dice que en los últimos años estuvo frente a los guerrilleros. "Tenían la misma apariencia, mis propios dolores, los sentí igual que yo", confiesa mientras toma su café o "tinto", como le dicen en Colombia.

Siempre tuvo pasión por la política y si el conflicto hizo la situación difícil, nunca ha dejado de creer en la participación. ¿Cuál es tu receta? Boca a boca, hablar con todos los agricultores en sus hogares e informar sobre la situación de la agricultura y la organización de la protesta. Comenta que las semillas de esta vocación fueron los procesos que ya iniciaron en la escuela secundaria, que luego crecieron con la incidencia que hizo el campo para el campo, a pesar del divorcio perenne entre la burocracia bogotana y el territorio. Se define a sí mismo como el representante de la gente, de los pequeños agricultores como él, que como las cañas en el viento están siempre a merced del clima. Además del conflicto, la sequía que destruye, el cambio climático que avanza complicó el trabajo.

Para San Jacinto, Joel ha congelado las expectativas como el tiempo que aquí parece haberse detenido. Si las condiciones siguen así, nada cambiará. Las palabras claves parecen ser pequeños agricultores y pequeña escala. En realidad, una mirada profunda captura el poder de una conciencia política que surge del campo, toma fuerza con personas como Joel que son realistas, pero aún sueñan.

El Museo comunitario

Único en Los Montes de María. Es el museo construido por la comunidad para la comunidad. Todo comenzó en el lejano 1984, cuando un grupo de jóvenes se le ocurrió crear la primera biblioteca de la zona. Al pedirles a todos un libro de regalo tuvieron éxito en la empresa. El primer signo de una serie de no fáciles conquistas. Poco a poco también lograron obtener piezas arqueológicas que despertaron el interés de Bogotá. Cuando llegó un arqueólogo tomó las piezas para que las examinaran. Tenían 4.000 años. Fue necesario desgarrar el suelo para encontrar otros hallazgos. Mientras que la historia antigua salía a la luz, el conflicto en el área estaba haciendo historia, otra más diferente y devastadora.

Muchos de los miembros del comité tuvieron que irse por razones de seguridad debido a los procesos que estaban llevando a cabo, otros fueron alentados por sus padres a estudiar fuera del municipio. El grupo se dispersó, pero las piezas comenzaron a ser preservadas por la gente de la comunidad. Una comunidad que resistió pacíficamente. "Cuando había una fiesta en la aldea, escribiamos cartas para asegurarnos de que la violencia cesara por lo menos durante unos días -dice un miembro del museo- los violentos respetaban esta voluntad". Incluso la música de la gaita fue la protagonista de estos procesos. "Durante la rueda, los barrios fueron un triunfo de conciertos - continúa Elinson - una vez que hubo un tiroteo la gente se dispersó, pero cuando el grupo volvió a tocar, la gente volvió a las calles". Así, la comunidad educaba a los violentos a respetar espacios hechos de tradiciones, entre el pasado y el presente.

Cuando el conflicto comenzó a desvanecerse, en 2008 se inauguró el nuevo museo, las piezas fueron recuperadas después de años de ser fugitivas de la violencia; ahora están en el museo. Para reconstruirlo, los miembros del antiguo grupo del '84 se hicieron cargo de un proceso comunitario, barrio por barrio. Durante un experimento en el que imaginaron que los alienígenas querían comprar el patrimonio de San Jacinto, las personas fueron llamadas a decidir si estaban dispuestas, a cambio de dinero, a vender partes de la identidad cultural. Una niña de 10 años fue la única que decidió no vender su propiedad. "Si vendo lo que me representa, ¿qué tendré en el futuro cuando crezca? ¡Nada!". Asamblea después de asamblea, las comunidades decidieron qué colocar dentro el museo. La gaita, las hamacas, los restos arqueológicos, el conocimiento rural. En unos pocos meses también se incluirá una esquina de memoria, para no olvidar los años de conflicto.

El Carmen

Es el más grande de los pueblos montemarianos, ríos de mototaxi, una gran plaza, refugio para vendedores, ancianos en contemplación en los bancos, la clase de zumba a las 6 de la tarde, gratis para todos. Se respira un aire de inseguridad, a primera vista parece más dispersivo. Caminando por la pequeña ciudad, puedes descubrir muchas cosas. Tiene más carreteras pavimentadas, más servicios, ONG, bibliotecas, movimientos sociales. Las tiendas están llenas de cosas y el mercado llena las calles cercanas al centro. Poco a poco las historias se hacen visibles y emerge un pueblo creativo y luchador:

La fábrica

Casi todo el mundo en Cartagena y sus alrededores conoce las galletas "Chepacorina". Pero pocos saben dónde está la pequeña fábrica y quién las inventó. En Carmen indican con precisión el camino tranquilo donde queda. Desde una pequeña ventana, el señor Díaz lleva a cabo la venta iniciada por su padre en 1947, antes de la explosion del conflicto. Si pides, permite que los visitantes entren, abriendo las puertas de la tienda y el corazón. Una mujer que no tenía familia, le enseñó a su padre la receta, eran simples galletas con queso, pero no podían imaginar que el señor Díaz creara un pequeño negocio exitoso. Pocos empleados que han trabajado durante años, siguen haciendo una parte del proceso: hay quién amasa el agua y la harina, quién lo modela y registra las letras C.H; el que pone paquetes que los vendedores ambulantes y reparten por todas partes. Tambien durante el conflicto, la fábrica continuó.

El padre se lo dejó a su hijo después de haber vivido momentos difíciles con violencia. Cierres forzados, calles bloqueadas pero nunca cerradas. "Dijo que no sabía el futuro del producto. Afortunadamente yo me he dedicado a la causa y he guardado el nombre, de hecho, se llama Chepacorina por la dama que lo inventó y franciscano en nombre de mi padre que se llamaba Francisco". Me asegura que todo el país conoce la galleta hecha con queso y leche de los montes y que el ingrediente secreto es un poco de amor. Para el futuro, tiene en mente una intervención para modernizar el lugar con herramientas que facilitarán el proceso y tal vez eso daría a conocer a más personas una galleta que ha resistido a los años más difíciles que Colombia haya vivido.

La estrella del Vallenato

Una estrella fugaz es la protagonista de una de sus canciones, él que es una estrella del vallenato nunca ha olvidado a su querido Carmen a quien le dedicó su voz. Durante los años de violencia estuvo allí para cantar a la paz. En el año 2000 en plena violencia, cuando toda la gente decidió abandonar el país, el cantante estaba en el patio de su casa, se inclinó y abrazando a un roble vio una estrella fugaz y pensó que incluso las estrellas se estaban escapando dejándolo solo con su inspiración. Todo lo que podía hacer era lo que mejor sabía hacer: cantar. "Yo vi una estrella fugaz que iba huyéndole al dolor dejó un rayito de amor como un mensaje de paz, yo cada día extraño más a esta Colombia bonita que ahora se desangra y grita como pidiendo clemencia que se acabe la violencia que el pueblo lo necesita".

Ovejas

Llegar a Ovejas desde una de las muchas calles de la troncal da la idea de un olvido institucional, a pesar de que pasaron años desde el final del conflicto, las calles siguen dando la sensación que deja una tormenta o una sequía. La ausencia de control, el caos y la anarquía parecen reinar. Una segunda mirada es necesaria para descubrir la historia detrás de las cosas.

Un árbol que funciona como una dirección, nos encontramos en el palo de caucho, un cruce donde los viajeros se encuentran con el transporte, donde las personas acuden a una cita o donde simplemente encuentran la sombra. Si no lo conoces, no puedes decir que has visitado Ovejas.

El nombre no tiene nada que ver con ovejas o mejor dicho no directamente. Se dice que los españoles asimilaron la niebla de algunas mañanas a la lana de estos animales. Otros dicen que es el apellido de una familia indígena que vive allí.

Famoso por la Universidad de la Gaita y el Festival de Octubre, por sus calles siempre pasa gente. La plaza es una continua ida y venida delante de la iglesia principal, algunas noches se juega al bingo en una tranquilidad casi utópica. Hay quién compra pizza o una papa rellena en el quiosco de Ugo, mientras los niños se divierten en las atracciones que si llueve están inundadas. Sin embargo, esa lluvia es útil. Ovejas, rica en agua, deja demasiados grifos secos para una administración ineficiente a pesar de que el agua pasa exactamente debajo de la iglesia, las escuelas, las casas.

Los caminos son una carrera de obstáculos, algunos están hechos completamente de tierra. Bordeado por viviendas mínimas que en las partes más olvidadas son solo de bahareque.

La Red

No son chicos especiales. Son jóvenes demasiado normales que quieren cosas normales. Desarrollar su territorio, poder permanecer donde tienen corazón y alma. En los Montes de Maria se vuelven especiales porque de aquí los jóvenes se van, o viven mal y en desilusión. La mayoría no tiene oportunidad de estudiar, los hijos de campesinos se reducen sin oportunidades, la única inversión es convertirse en mototaxistas. La red quiere oportunidades, imaginarlas, pensarlas y crearlas.

Ellos que han pasado su niñez escondidos debajo de la cama por temor de los disparos o de los violentos que estaban sembrando el terror, la última generación del conflicto cuenta una Ovejas diferente. Que no se da por vencida, que tiene futuro, a pesar de las heridas de sus primeros años de vida y de la sociedad colombiana que los calificó como guerrilleros.

Ellos no lo son ahora y nunca lo han sido; quieren mostrarle al mundo que aquí pueden venir, vivir y construir, y que están construyendo poniendo sus caras. Todas las noches se reúnen en la casa de Neiro, escuchan música, bailan, fantasean sobre ideas de negocios que quieren desarrollar juntos. A través del deporte y la música buscan atraer a sus pares, mantener una oferta cultural y social para alejarlos de las drogas y devolverles un lienzo en el que pintar un escenario distinto.

Al final de la tarde van al patio que llaman "de los acusados" para contarse en su intimidad. En la oscuridad, el rapero del grupo improvisa una canción que habla de un país que no ofrece mucho, pero quiere mejorar su presente. Le dijeron "Seba aquí terminarás con nada", pero aquí es donde se siente bien, donde quiere vivir. Hay muchas ambiciones: quieren crear una cultura diferente en torno a cuestiones importantes como la discriminación de género, el respeto para la comunidad LGBT, destruir estereotipos, crear una sociedad sin desigualdad. Para las personas de las montañas que siempre se han resistido, quieren dejar un mensaje de agradecimiento por las luchas, las batallas, la fuerza y el perdón. Ya escribieron muchas páginas y muchas quedan para escribir a la generación de la paz.

Las Mujeres de Ovejas

En este pequeño pueblo puedes conocer a algunas mujeres geniales. Mujeres que han tenido la fuerza para desmontar y reconstruir sus vidas para dar seguridad a sus hijos, que han pasado años entre los trabajos más humildes en medio de las mil dificultades que la violencia creó. Vidas marcadas por el terror que nunca dejaron de ser madres, hijas, profesionales al servicio de la comunidad.

Está Mariela, que cuando era niña subía a los árboles porque quería tocar el cielo, que en medio de la noche escapó sola de Salitral con sus hijos para ponerlos a salvo. Que a lo largo de los años se ha resistido a un dolor que amenaza con sofocarla pero que nunca le quitó la voz para gritar sus derechos. Todavía aficionada al lugar que tuvo que abandonar y al cual regresa tan pronto como puede, una vida de desplazada que nunca deja bondad y sensibilidad. Lo que se prepara para comer lo divide con todos los que lo necesitan en el vecindario. El ritual de su Mote de Queso es un tranquilizante natural para las almas que sufrieron en estas montañas.

Está la hija Saray, que a los 22 años sueña con poder afectar el futuro de su tierra, defendiendo los derechos de los más débiles. El sentido de justicia la acompaña en su vagar en las montañas, entre una formación y otra. Los fantasmas del pasado a veces la atormentan, pero el poder de romper etiquetas gana:

-Tomé la pequeña tienda que se ha convertido en la única fuente de ingresos en la vida de nosotros. De vez en cuando me viene a la mente la horrible escena en el patio frente a la casa, en la que los guerrilleros descubrieron la cabeza de un sacerdote que se oponía a la propaganda- y ella tuvo el coraje de preguntar por qué.

Allí también vive Anabelle, quien se describe a sí misma como una profesional que siempre ha vivido en el área rural de las carreteras. Apasionada por la política y las cuestiones sociales, le gustaría cambiar las cosas a través del poder. Ella se define como una persona correcta. Durante el conflicto, este sentido de justicia la llevó a convertirse en inspectora de policía. Pasó por una etapa muy violenta, dividida entre la guerrilla y los paramilitares. El amor por la política fue tanto que se aplicó como alcalde en los años más difíciles. Ahora trabaja en el ayuntamiento, ayudando a cualquiera que golpee su puerta.

Los anteriores son retratos de las personas que fueron víctimas de la mayor violencia que se vivió durante inicios del siglo XXI en Colombia y que buscan vivir otra realidad. Luchan todos los días por lograr sus sueños y fueron partes fundamentales de iniciativas como Pazeando por Los Montes de María, que nos acompaña hasta esta edición.

Esta es la canción que sirvió de símbolo para el proyecto. Es del cantautor Manuel de la Rosa y se titula, Hay Pájaros que Cantan Todavía: