Edición 364

El café Monalva en Calima-Darién

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El café Monalva en Calima-DariénHay lugares que marcan la vida de un pueblo o una nación. Llegan a ser el punto de referencia cuando se habla de su historia porque se insertan en el imaginario diario de sus gentes y visitantes. El Café Monalva, en el marco del parque del municipio donde nace del Lago Calima, orgullo del Departamento del Valle del Cauca, es lugar de atracción para entrar a charlar, tomar un tinto o libar una cerveza fría. Hasta allí llegan al final del día los hombres del casco urbano y de las cercanas veredas.  

 El Monalva es un café que ha cumplido la mayoría de edad. Don Hernando Botero es su propietario desde que era joven y hoy ya sus hijos le ayudan a poner la música y a atender los clientes. Su hijo Hernando hace rato aprendió la clave de hacer de este negocio una actividad lúdica y grata. Calima-Darién tiene sabor a café, de dorada greca Hamilton, que resopla como una locomotora, suenan las bolas de billar en lujosas mesas Champion y sus tacos duermen en fundas cuando sus dueños no llegan todavía. Un viejo reloj muy serio, como callado búho, marca las horas de los pequeños maestros que en las mesas juegan billar, parqués o naipe y su emoción explota cuando su habilidad les hace ganar los diez mil pesitos casados.     

Allí entran en su mayoría hombres, que dejan afuera sus sudores y sus penas, se sientan como amigos a brindar por la frescura de la bebida y la dulzura de la noche. Algunos sólo miran cómo chocan las bolas en carambola o se divierten con la alegría de los que echan las cartas o van a la cárcel roja, azul o verde del parqués. Entra el mudo que vende lotería, o la señora del chance pueblerino que cambia su papel por mil pesitos. En las mesas sirve copas y botellas Claudia o Katherine o Nelly o la que esté de turno.

En el rincón del fondo del bar está don Hernando como jefe de la orquesta. A veces hace salir de la punta de la aguja “Por una cabeza”, el tango más oído de Gardel o suena una guitarra que acompaña a Olimpo Cárdenas o Cornelio Reyna canta su aguardientoso “Me caí de la nube”, o deja que Jorge Valdés engalane la noche con las notas de “Cristal”.

El Lago Calima reposa en su ensenada verde mientras la noche avanza en el parque de Darién. El Café Monalva se mueve al compás de las risas, el tintinear de las copas y botellas y los tangos, milongas, boleros o pasodobles españoles en las voces de Los Bocheros. Y la alegre clientela pasa por ojos, oídos y garganta el sedante de sus penas y el aletear de sus recuerdos.

¿Habrá manera más barata y agradable de pasar dos, cuatro o más horas al calor de la amada y de la botella en lugar tan tranquilo como este de Calima-Darién? ¿Cuántos amigos ha hecho don Hernando y cuántas veces Julio Jaramillo, o Aceves Mejía o Cuco Sánchez o Javier Solís no han estado cantando en su Café?

¿Sabe don Hernando el bien que le hace a su pueblo esta cantina con su greca, sus billares, su reloj y sus canciones? Tal vez sí, pero como un perro sabio, de esos que también entran a sentarse a oír música y a que los mimen los que los quieren, no hace más que abrir, poner música, ver cómo saborean el tinto y cerrar cuando su clientela está ebria de jugar y descansar.

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