Edición 381

La policía me busca

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Las sirenas reventaban la mañana que aún seguía perezosa entre las pesadas nubes que le servían de cobija.

Estaba oscuro y el sol también se hallaba más allá del Río de la Plata, sin demasiadas ganas de levantarse.

La gente sí se movía desde temprano, como todas las jornadas, desde las 5:00 a.m. cuando los primeros camiones que desvían de la autopista Perito Moreno y buscan Avenida Rivadavia, estremecen los cimientos de las casas, en esa esquina de Yerbal, en Villa Luro.

Las barreras del tren tampoco se alzaban y la hilera de conductores, a ambos lados de calle Irigoyen, esperaba el momento en que el tren terminara de meterse en la estación para empezar a romper la poca calma que quedaba, pegados a las bocinas.

El timbre en el departamento me terminó por despertar. Los estaba esperando. Agazapado y con angustia recordaba la canción de Matador, de Los Fabulosos Cadillacs, "en lo más oscuro de mi habitación, fusil en mano, me juego mi vida...".

No había retorno. Hacía algunos días había pasado por la estación número 54 del barrio. Me dijeron policías uniformados que allí podría preguntar. Que ellos se encargaban de ese tipo de trámites. No había pierde. Solo había que preguntar bien y que ojalá –me advirtieron- estuviesen relajados. En estos tiempos, genio, es difícil que lo logrés; la prioridad es para los venezolanos.

Somos las decisiones que tomamos. Y en consecuencia esta era la mía. El futuro no existe si no lo construimos. Yo aposté y perdí. Pero no me iba a quedar derrotado. La oportunidad había regresado y era calva. Tenía que lograrlo, así me jugara la piel. Cuántos casos ya había escuchado de gente que no lo lograba, que era deportada o extraditada, y perdían el dinero y el tiempo, uno que nunca se repone, como el primero, tal vez. -Si das bien la dirección, llegan. No hay apuro. Pero hay que atenderlos 'bien', ¿me seguís?-.

En cuántos casos ya había escuchado lo mismo. Que llegaban, que despreocupate –sin tilde-; que la única demora es que abrás; que depende del que te toque; que el sobre llega y sin demora. -Y vos, colombiano... Qué cantidad de quilombos con aquello de la paz, de la guerra, de la vida, del fútbol, y del narco, ¿no?...-.

No quería dejar ver los nervios mientras saludaba a la secretaria del turno. Una mujer mayor con cara de pocos amigos y quien con su voz de tormenta y cenicero regañaba a otra chica más joven, sonrojada, apenada por alguna macana que se habría mandado.

-Listo. Ya tengo tu dirección. Yerbal 5613. Sí corresponde aquí. Lleno unos datos y te paso a contar... Entre mañana jueves y el viernes o el lunes, de 8 a 14, pasan a buscarte y te llevan el sobre-, carraspeó por el EPOC. -En la tarde no hay personal. Así que estás atento o perdés la oportunidad y no creo que tengás tiempo que perder ni hacérnoslo perder a nosotros-, reclamó. Y recordé que eso mismo me dijeron dos agentes de la antigua policía cuando hice el mismo trámite del sobre hace años y quienes se frotaron varias veces los dedos índice, corazón y pulgar sin decir la denominación; solo por llevármelo.

-Voy-, dije a través de la pequeña ventana de la cocina que da a la calle. La suerte estaba echada. La rueda de la fortuna terminaba de girar con cada movimiento de la llave de la puerta en el sentido contrario al ritmo de los relojes de cuerda. Vaya cliché el de seguir sosteniendo "contra las manecillas del reloj", cuando la mayoría de los que aún existen como objetos de moda y son súper lujosos, carecen de horario, minutero y segundero. Hoy la hora, para la mayoría de los mortales la fija el teléfono celular. Cuando abriera la puerta cambiaría mi destino.

-Hola, ¿señor Álvarez?, buenos días. Traigo el certificado de vivienda que usted solicitó-, confirmó la policía con el casco puesto. No pasaba de los 30 años, rubia de rizos, maciza, sin el uniforme morado, negro y azul del sobretodo. Firmó la planilla, luego de preguntarme si recordaba el número del pasaporte -Para Migraciones, ¿no?-. Me entregó un pedazo de papel carta, fotocopiado y sin sobre y lleno a mano; el mismo que yo creía era un formato para solicitarlo. Una moto de gran cilindrada la esperaba encendida sobre la vereda (andén), a la que subió luego de ratificar los buenos días y alejarse para hacer una nueva entrega.

*Causeríes de los Jueves fueron las notas de Lucio Mansilla, periodista argentino del siglo 19 y quien se hizo conocido por hibridar aspectos de la literatura con una forma amena, periodística, para contar su entorno. Un antecedente de la crónica. Causerie, significa "casualidad", y eran sus notas casuales que se publicaban los jueves. Rendimos un homenaje a este colega y las pusimos los lunes, día de emisión del Buque.