Edición 385

La iglesia fantasma

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Una cúpula de tamaño considerable remata la estructura que corta contra el cielo despejado. Desde el salón de clase, en UBA, se ve a través del vidrio con el paso del tiempo y de muchas estaciones de humedad y polvo.

El techo es rojo y remata la edificación una enorme cruz de hierro forjado. Junto al pedazo de arco otros muros de edificaciones vecinas.

El contraste entre la claridad de la fría mañana y la oscuridad para quienes miran a través del cristal es evidente y a la vez atrayente, por cuanto es inevitable no fijarse en la mole. Años de descreimiento y de no usar los sentidos son reflejo de ese olvido temporal, si se quiere.

A pesar de los años de entrar y salir de esos salones no me había percatado de su existencia. Por tanto, esperaría a terminar las clases y saldría a buscar esa cúpula.

Salí a la calle y al llegar a donde creía estaba, en la parte de atrás de los salones sería fácil ubicarla. Una vez en esa cuadra no la vi. Solo los portones grandes de bodegas y casonas del viejo Montserrat. Pero no estaba.

Bueno, una iglesia tan grande, con esa cúpula no se puede perder. Así que seguí caminando porque debía estar en alguna edificación de esa misma cuadra o dentro de algún portón que da a un templo privado, pensé.

Pero al dar la vuelta, tampoco estaba. La duda atacó: estaba viendo alucinaciones o algo pasó con ese edificio. Se había esfumado en medio de la neblina que ya empezaba a cubrir las calles a mediodía. Y la humedad pegada al cuerpo. ¿Abducida la edificación?, ¿visión del más allá?

Al final, ni lo uno ni lo otro, ni lo más nimio, pero tampoco lo más descabellado.

La única explicación posible es que estuviese dentro de algún solar, pero luego de repasarlos, no, era la respuesta.

Al volver a dar la vuelta, hay una bocacalle que no se ve desde adentro de la facultad y por ella misma se desemboca en una cuadra paralela donde es fácil perderse y se alza imponente el templo de San José, patrono de las familias, con su piedra blanca y sus portones amplios de madera. En los urapanes de su vereda, los cantos de los pájaros son interrumpidos por los colectivos que pasan por la avenida del frente.

Y al alzar la mirada se ve la enorme cúpula de medio punto que es rematada por la cruz de hierro forjado, que al apreciarla bien parece alguien abriendo los brazos tan largos son, como para dar un abrazo, uno necesario en medio del frío y del despiste.

Pero, al pasar frente a sus rejas exteriores y durante más de una ocasión y en días y horarios diferentes, siempre el pesado candado amarra una cadena en las puertas. Nunca abre ¿por qué?