Edición 385

En los zapatos de un músico

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Tres historias, tres formas de vivir, tres realidades muy distintas y una sola cosa en común. Como en el famoso libro de Miguel Otero: 'Cuando quiero llorar no lloro', en el que se relata la historia de tres hermanos mellizos llamados con el mismo nombre de 'Victorino'. Separados al nacer y criados en tres mundos diferentes; la riqueza, la clase media y la pobreza, pero esta vez no los une la sangre, sino una profesión y una pasión: son músicos.

Y como en el libro de Otero, vamos a relatar las tres historias. Tres músicos, tres 'victorinos' con universos casi opuestos, que un día, en su adolescencia, decidieron dedicarse a la música como forma de vivir o como ellos mismos lo llaman, como un escape de este mundo. Algunos de manera empírica, otros con fuertes bases teóricas; la profesión de ser músico les dio y tal vez les quitó muchas cosas. Hoy, muestran una realidad que viven miles de profesionales y empíricos de la música en la que hay mucho talento, mucha competencia y pocas oportunidades.

De la calle a la música

La primera historia es la de Victorino pobre, aunque ´pobre´ no es el apelativo adecuado, es por las circunstancias que lo llevaron a ser músico y el entorno en que se desenvuelve. En realidad este es el único músico de este relato que vive cien por ciento del dinero que le da su oficio. Su nombre es Alexis Isla, tiene 25 años y desde hace diez se dedica a la música.

Alexis es un joven bonaerense que un día, a sus 18 años, decidió marcharse de casa para buscar suerte en la ciudad. Como quien relata lo vivido después de vencer en el campo de batalla, Alexis cuenta que la calle fue su hogar por un tiempo. Tuvo que dormir en veredas y casi mendigar para comer, después de agotar el poco dinero que ahorró cuando salió de su casa. Un día, decidió hacer algo para no tener que dormir más bajo el abrigo del cemento y eligió tomar una guitarra y cantar para ganarse la vida. Hoy vive de eso, y gana hasta para planear un futuro con su esposa y un hijo que viene en camino.

El público no lo ovaciona como se podría esperar para un músico de su calibre. Su guitarra y su voz encajan perfectamente con la acústica del escenario del subterráneo de Buenos Aires que parece haber sido diseñado para que ningún espectador se pierda una sola nota. Algunos miembros del público lo observan atentamente y otros, por algún motivo, hacen oídos sordos, ensimismados en sus propias notas o tomado distancia de la muchedumbre. Pero Alexis no se preocupa tanto por lo que haga el público, solo cierra los ojos y canta con todos sus pulmones una canción de 'Los Redondos', un famoso grupo de rock argentino.

Su día comienza a las 6 de la mañana, cuando en época de invierno, la noche y el frio congelan hasta el tuétano de los huesos. Sale de su casa en la provincia de Buenos Aires a buscar el tren que lo llevará al subterráneo de Capital Federal, su lugar de trabajo. Muy temprano, se reúne con otros 30 músicos que trabajan en las líneas A y H del sistema de transporte para organizar sus recorridos diarios por la ciudad. Tienen un guía, el más viejo en este oficio, quien los organiza por antigüedad y programa su abordaje en los trenes. Uno por uno, parten en las formaciones haciendo equilibrio mientras interpretan sus canciones. Esperando que su música amerite un aplauso o un billete de 5, 10 o 20 pesos.

Algunas veces Alexis interpreta sus canciones con el tren en movimiento y otras, monta un pequeño escenario en cualquiera de las estaciones que atraviesan la ciudad. Al final del día, cansado pero satisfecho por hacer lo que le gusta, se devuelve a su casa con un promedio de 600 pesos en el bolsillo. Y ahora solo piensa en ver a su señora y a su próximo heredero.

Mucho más que un pasatiempo

Es el turno de otro Victorino de la música. Martín Sciaccaluga tiene 27 años, es porteño y aunque está recién recibido como ingeniero, es también un músico consumado. Interpreta varios instrumentos pero su preferido es la guitarra. Se formó en una familia de clase media, tradicional y que siempre apoyó sus metas y aficiones.

Además de contar con lo necesario para un chico de su edad, Martín creció con el furor del rock de los 90, aunque admite que su debilidad son los clásicos de los 70 y 80 como Led Zeppelin, Deep Purple y Pink Floyd. Y tiene una banda tributo de esta última, con una propuesta que va más allá de una imitación. Le apuestan a una alternativa visual que, al combinarla con una interpretación casi ciento por ciento similar al de la banda original, llevan a su público a una experiencia única.

Vieja y desgastada, sucia por los años, yacía en un sótano la guitarra que, a sus 13 años, Martín decidió desempolvar para sobrellevar las interminables tardes de unas vacaciones de invierno. Sin embargo, su pasión por la música surgió desde muy chico, gracias a las tardes en que sus padres compartían con amigos en la sala de su casa escuchando los ahora llamados clásicos del rock.

Con paciencia y un poco de persistencia, aprendió algunos clásicos imperdibles para cualquier guitarrista como 'Stairway To heaven' de Led Zepellin o 'Love Song' de Tesla. Martín relata cómo, poco tiempo después, descubrió que la música podría ser más que un pasatiempo, tal vez una forma de vivir. Y aunque se formó como ingeniero electrónico en la Capital Federal, trabaja arduamente en su proyecto musical que lo ha llevado a disfrutar de la música en su máxima expresión.

Creatividad, talento y trabajo constante, son para Martín los ingredientes básicos que debe contener la receta de la música. Afirma que, como músico, es fundamental prestar atención hasta al más pequeño detalle y sobre todo tener en cuenta las herramientas tecnológicas. Y es que Martín creó una propuesta que desconecta a la audiencia del planeta. Literalmente.

Todo empieza en una penumbra absoluta, el show promete ser único. Los sonidos iniciales son difíciles de identificar pero en realidad son hermosos; parecen ser voces lejanas que se mezclan con sintetizadores y armonías que suben y bajan de tono. Punteos de guitarra, suaves pero certeros y un bajo que acompaña fielmente. Aún no se ve ni un viso de luz hasta que llega el sonido de la batería y con él, aparecen en el techo del lugar estrellas que se mueven al ritmo de la música. Es un espectáculo que Martín y su grupo llamado 'Pigs', hacen realidad.

La experiencia hace al artista

El tercer Victorino, que en la historia de Otero, es el mellizo rico, es en este caso también un músico rico, pero en experiencia. Su nombre es Felipe Jolly y aunque ya pasó del medio siglo parece ser el de espíritu más joven de los tres. Es extrovertido, auténtico y tiene la irreverencia que caracteriza a una persona que vive, respira y se rodea cada segundo del arte. Nació en París pero vive hace muchos años en Buenos Aires y como los otros, empezó a sumergirse en el universo de la música desde muy chico.

Felipe es músico profesional independiente. Admite que es una profesión difícil, hay mucho talento pero pocas oportunidades. Y aunque su naturaleza creativa lo ha llevado a tener otras fuentes de ingreso, la música es su razón de ser. Tiene una banda con una propuesta que hoy en día ya no se ve; un grupo a capela conformado por sopranos, tenores y barítonos que acompañados de una guitarra y una batería emulan canciones de los Beatles, logrando un sonido que evoca, además de los ritmos clásicos del cuarteto de Liverpool, a los clásicos 'a capela' de los años 80 como the Flying Pickets, Rockapella e incluso Queen, el grupo liderado por Fredy Mercury, una de las voces más impactantes que ha tenido la música en todos los tiempos.

En un desván adecuado a un estudio de ensayo en una casa porteña, permanecen una guitarra, una batería y muchos micrófonos; aguardan a los BX4. Poco a poco llegan sus integrantes para empezar a entonar sus sinfonías. Piezas cuidadosamente construidas que emulan las melodías principales de los Beatles, creando acordes con las voces mientras una guitarra, un teclado y una batería acompañan la composición vocal.

Felipe ha tenido la oportunidad de presentarse con su grupo en varios festivales de homenaje a los Beatles alrededor del planeta. Han llegado a actuar en escenarios en Liverpool, ciudad conocida como la meca del rock, además de otros festivales en Europa y Estados Unidos. A la fecha ya han producido dos discos que se venden en los comercios y que han tenido gran acogida en el público. A Felipe, el negocio de ser músico no le da para vivir, pero le da para viajar por el mundo y realizar sus sueños como músico y artista.

Alexis, Martín y Felipe, han logrado superarse (cada uno a su modo), como músicos en tres entornos completamente distintos, pero con una realidad común, se desenvuelven en un mercado extremadamente difícil. Y es que, para muchos, ser músico hoy es la peor decisión profesional posible que una persona puede tomar, sin embargo, la buena música siempre encuentra su público y esto lo saben muy bien las personas que deciden, día a día, confiar en su talento con la meta de llegar a tantos oídos como sea posible y algún día lograr el sueño que pocos alcanzan de cautivar millones de almas con una canción.