Edición 385

El vuelo del ángel

PDFImprimirCorreo electrónico

De eso se trata, ¿no? De creer en lo que no se ve, o es verificable por los ojos y los sentidos. "Ver para creer", dijo Tomás, el discípulo, a Jesús. Y cuando lo vio resucitado haciéndole meter los dedos en su costado perforado por la lanza de Longinos, creyó. Así nos cuenta la historia; así la leímos y la aprendimos.

Entré en la pequeña iglesia dedicada al Arcángel San Gabriel, aquel que nos dicen fue el primer periodista, el que le anunció a María que tendría a Jesús, hijo de Dios. Está ubicada en Villa Luro, uno de los barrios que están prácticamente a la salida de la ciudad hacia la provincia. Rivadavia al 9500, aproximadamente.

El color rosado de su fachada llama la atención y las puertas de vidrio y madera que dan hacia la calle. Parece un salón para reuniones y fiestas, con rejas que registran que no se puede dar "papaya", y que los ladrones ya no respetan espacio alguno. Cara de otro lugar, no de templo. Pero una vez traspasas las puertas entras en un lugar con buena vibra. Tiene dos altares: uno de ellos, sobre el costado derecho del amplio corredor es rematado por un mural del Arcángel y una María morocha que escucha con dulzura y paz en su semblante. Muy bien logrado por quien lo haya pintado.

El otro altar, donde debe estar, tiene un cuadro al óleo de San Gabriel, con corte barroco, de escuela quiteña de pintores. Es moreno y su rostro es especial. La mirada llama la atención y no se puede dejar de admirar.

Tiene plantas a lo largo y ancho, una caída de agua fabricada, olor a incienso, velas pequeñas encendidas sobre arena en unos mesones de metal y las bancas de madera y terciopelo rojo.

Noche de invierno y me dirigía a casa esquivando como podía el frío que se mete hasta en los huesos y te parte al medio. Al pasar frente a la puerta sentí el impulso de entrar, aquello de "algo me lo dijo". No era día normal de misa, según el cartel con los horarios. Adentro, unas 15 personas, adultas mayores la mayoría, sentadas y dispersas mirando hacia el altar de María.

El padre Oswaldo Santagada, de 85 años, abrió el momento para el que todos se quedaron. Con una voz fuerte pero dulce, me llamó la atención ver que no tenía micrófono alguno y sin embargo una fuerza en ese diafragma donde retumbaban las palabras. En el púlpito, de pie, estaba un señor con la cabeza blanca, ojos claros, delgado, de unos setenta y tantos pirulos calculados. El cura tomó una bandera, ni muy grande, pero tampoco pequeña: unos tres metros por dos, amarrada a un asta de plástico verde, un tubo PVC para electricidad. Yo vi la bandera pero es frecuente encontrarlas en las iglesias, en los estadios, en las casas de los futboleros.

"Hoy vamos a hacer la oración para el Arcángel San Gabriel y el vuelo de la bandera", dijo, y la puso al lado del púlpito.

Al momento, el míster mayor tomó la palabra –él sí al micrófono-: apoyen bien la espalda y el cuerpo contra los respaldos de las bancas y asientos; cierren los ojos; respiren profundo por la nariz y expúlsenlo por la boca, como si fuesen a pronunciar el nombre de "Jesús" con la boca abierta. No dejen de decirlo.

Así lo hice. Fue como una meditación del yoga, o las mediáticas de Deepak Chopra, que ahora venden por internet. Qué más daba. Hacerlo es como llegar a ese estado de la meditación oriental que da calma y sirve para el camino.

Cuando se logró el estado de alerta, de la meditación, insisto, pasó algo. De inmediato sentí el sonido de la bandera ondeando en el aire, como cuando se agitan los trapos contra el viento. Nada raro: seguro el flaco la agarró y la movía en todas direcciones... Pero al sentir el viento en la cara y en la cabeza, es como si me la movieran encima de mí. Y escuchaba cómo iba para un costado del salón y regresaba, pasaba y de nuevo se alejaba. La mente empezó a intervenir: ¿Está seguro que el flaco agarró la bandera y corría de un extremo a otro como atleta chino de Beijing en la inauguración de los juegos en 2008?, ¿y pasaba tan rápido que se escuchaba alejarse y volver en menos de un segundo o dos, en un espacio de 50 metros cuadrados del templo? Y el aire y el sonido llegaban desde arriba de las cabezas, entonces, ¿el míster tenía la fuerza de brazos suficientes para agitarla duro y correr?, ¿o volaba? Abrí los ojos esperando encontrar al señor tendido en el piso. No estaba. No lo volví a ver si no hasta dos semanas después.

Esta sí que fue una experiencia en ese sentido. Aún me lo pregunto y un día se lo dije a Santagada, que cómo era eso de la bandera. Con su mirada, muy humana, sonrió y me dijo: "la fe se trata de creer en lo que no se ve. ¿Tú crees?".