Edición 386

Operación inmigrante

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Es un papel oficio impreso con láser y a blanco y negro. En la margen superior derecha queda registrada la cara de asombro, nervios, amargura, tensión, ojos cerrados y escasas sonrisas, de quienes llegan a esa instancia para pedir la residencia.

La llaman "precaria", o provisional, y sirve para movilizarse y confirmar que ya haces parte de la regla. Oficialmente resides, pero no del todo. Falta un cachito: el DNI o la cédula plastificada y con código de barras que ahora te envían a la casa. Hace 11 años se hacían los trámites en el mismo lugar, Migraciones, en Avenida Antártida Argentina, en el viejo puerto donde ingresaron los millones de europeos y extranjeros que construyeron este país a pulso finalizando el siglo 19 y en los primeros 50 años del siglo 20.

La diferencia es que ya no son miles de bolivianos y peruanos los de la fila, sino venezolanos –siempre hay colombianos- y todo se hacía a mano: sí a mano, como el DNI de papel en cuadernito. Los pocos computadores que existían y que servían se usaban para algunas tareas específicas, pero no había nada sistematizado. La foto no te la tomaban allí mismo, sino meses después en otro edificio antiguo de largos corredores –de algún ministerio siniestro- con el mismo repetido: hileras de computadores apagados e inservibles.

Hoy siguen la misma burocracia y sistema de hacer filas y de pasarte de un lado para el otro y esperar al llamado con regaño de paso si te atreves a preguntar lo que no entiendes: costumbre muy argentina la de creer que eso tan fácil por qué se pregunta; una boludez; como tu vida. Pero es más ágil: lo que antes te demoraba siete horas, hoy sales en tres.

Y si quieres mayor agilidad en tu trámite, paga. Yo pedí la cita extraordinaria en mayo y me la dieron para septiembre. Hoy ya es para agosto o septiembre de 2019. Sí, la extraordinaria. La normal, la de a pie, para dentro de dos años. Ni hablar de los precios: un 200% de incremento en la tarifa del trámite. Lo que me costaría mil pesos, en mayo, hoy tocó pagar 3 mil. Y la extra extraordinaria que sí te la hacen en días, pasó de 6 mil a 10 mil pesos (UN MILLÓN COLOMBIANO). Digno capitalismo salvaje del que tanto hay quejas; o crisis económica, inflación, recesión. Todo sube, menos los sueldos.

Inmigrantes que construyeron y lo hacen a todo un país; algo que los locales, que son descendientes de esos primeros inmigrantes que se bajaron del barco con sus costales y nada más que lo puesto, hicieron.

En Estados Unidos pasó lo mismo y leemos todos los días de cómo ellos mismos son xenófobos con ellos mismos. Aquí los colombianos, que venimos a estudiar, trabajar, buscar futuro que no hay en nuestra tierra somos admirados por eso; te lo dicen en las calles en la facultad, en los trabajos. En cambio, a los muchachos argentinos no les gusta lo que perciben de los venezolanos, que vienen sin proyecto, sin futuro, huyendo. Como ocurrió con paraguayos y bolivianos a quienes ni siquiera cuentan dentro del censo.

Ni siquiera sabemos si venimos huyendo. A una chica peruana de 18 años, Fabiola, le brillaban los ojos cuando me contó su vida en 5 minutos mientras esperábamos el digiturno, sus ilusiones como futura arquitecta, su pasión al vivir con su mamá, quien estaba en otra sección migratoria haciendo el trámite. "Aquí soy feliz, me acomodé a la cultura argentina, tengo muchos amigos y quiero seguir".

Todos, al igual que los de la gigantografía que está ubicada contra uno de los muros del viejo hotel de los migrantes, donde hoy funcionan más despachos burocráticos y un centro artístico, llegamos con un atado de sueños y búsqueda de oportunidades al hombro. Veo esos rostros y parecen tener vida más de 100 años después. Cada rostro y cada mirada anhelan construir un futuro que no tuvieron en sus tierras; cada uno de ellos salió de aquí hacia algún conventillo o el campo e inició una nueva vida. Agarro y doblo mi papel oficio impreso a blanco y negro y lo guardo entre el bolsillo, mientras salgo a las empolvadas calles de esta zona, por la megaobra del bajo del río que se construye, y empiezo a caminar como lo hicieron los del costal inmortalizados en la foto que dejo a mi espalda, a esperar que llegue el DNI y ahí sí ser "residente".

El Blues del Equipaje, de La Mississippi: