Edición 386

Y caminamos…

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Cada año, cuando el calor empieza a apretar, peregrinos de toda Argentina y de otros países se animan a recorrer a pie una distancia que, si se piensa bien, es la misma de una maratón y media olímpica.

Temprano en el día empieza la caminata en la estación de Liniers y por la avenida Rivadavia se continúa siempre al frente, hasta llegar a la basílica gótica de Luján. Al menos esa es la idea.

Los grupos de peregrinos -como el de Santa Rosa de Lima Centro- se reúnen alrededor del carrito que su parroquia armó con megáfonos, baterías de autos, amplificador de sonido, micrófono y un reproductor mp3 para todo el camino. Música para todos los gustos: desde la cumbia, pasando por las baladas, tropicales (no reggaetón) hasta algo de metal se escuchó y mucho rock nacional (como titulan al argentino).

Luego de dos horas de marcha a buen ritmo se llega a Morón y se para en la plaza central. Allí agua, vaselina sólida para los pies, cambio de calcetines, bloqueador, comer alguna fruta e ir a los baños portátiles dispuestos en el parque; no, mejor no. Ya a mediodía están a reventar y claman por aseo y cambio que no llegará. Tocó en la escuela cercana. Bien.

Sigue la ruta hasta llegar a Merlo, a su parque –en plena remodelación y obra- donde los peregrinos toman el almuerzo. La canícula provoca la insolación de muchos que tienen que desistir y subir a los buses que los llevan directo a Luján. Ese era el trato y se pidió humildad para reconocer cuando el cuerpo no da más.

Tres y cincuenta y cinco de la tarde y arrancamos hacia La Reja, siguiente etapa. Al entrar en Moreno, en el puente de ingreso al pueblo, nos esperan dos hileras de funcionarios: "está prohibido el ingreso de alcohol a Moreno, chicos... mochilas abiertas". Al costado los medios locales registran cuando "destruyen" las botellas... ¿botellas? No vi ninguna, solo latas de cerveza... Y con ese calor... Recordaron que hace algunos años mucha gente iba de joda, se emborrachaba y armaba tamañas peleas cual barras bravas. Por eso la medida decretada.

En La Reja tuvimos nueva parada y descanso. Revisar las ampollas, mucha gente las tenía reventadas y sangrantes. Aún así querían continuar. Otros más decidieron dejar. Partimos hacia General Rodríguez (de donde es Atlas, el equipo de la Primera D y del reallity de Fox Sports que duró 13 años al aire). Fue una de las etapas más larga del recorrido: tres horas. Allí tomamos la cena, más hidratación, algo de masaje en las piernas y los pies ya sentían el cansancio. 42 kilómetros de ruta. Faltaba aún la media maratón.

Partimos a las 9 y 35 de la noche luego de recargar el estómago, el ánimo y la oración. Desde antes de la marcha el padre Gustavo, quien se presenta asimismo como "Shaggy", el de Scooby Doo, y de Santa Rosa de Lima Centro, había insistido que este era el tramo de mayor esfuerzo, porque el cuerpo ya está reventado. Aquí es solo voluntad. Al lado y lado del camino pasaba gente que no podía caminar pero que seguía: las ingles en llamas –por el roce- y los pies a duras penas los sostenían junto con el bastón que cada tantos kilómetros vendían a mayor precio. Igual el servicio de baño, pero a esa hora, y oscuro, estaban los árboles del camino... No así los puestos de comida: muchos, pero no vendían nada o casi nada. Isabel, mi compañera de ruta, me dijo que en una peregrinación, hace tiempo, hubo una intoxicación masiva porque alguien vendió chorizos podridos. Desde ese entonces, nadie les compra.

Se entra a la zona de Luján al pasar por debajo de uno de tres puentes. El ánimo se retoma y se avanza con desespero, pero alguien advierte que falta todavía y bastante: siete kilómetros. De repente se ve el anillo vial que comunica al pueblo con la autopista que ahora se usa, mientras los marchantes vamos por el viejo camino. La iluminación es potente. Con fuerzas aún se pasa el segundo puente y muchas personas de las parroquias o habitantes otorgan mate cocido, galletas, cualquier cosa para masticar. Finalmente se entra al pueblo, que de pueblo no tiene nada: es una ciudad bien grande, porque se avanza en línea recta hacia el templo por las calles de los barrios. Hasta que aparece una torre enorme de comunicaciones con una luz roja. Con las fuerzas que quedan nos topamos con las dos torres alargadas y sus vitrales iluminados. El río humano te lleva. Una rampa o escaleras para entrar por una de las naves laterales y allí está: en un altar de cinco metros de altura entre una urna de cristal: la virgen de Luján, la patrona de Argentina y quien al igual que el Cristo de Buga en Colombia, emana aceite, con el cual –y mucha fe- se curan las enfermedades. Misión cumplida. La misa campal se hace al otro día y cientos de peregrinos duermen en espacios adentro de la basílica. Renovación interna, un rato de oración y de inmediato nos mandan a los buses para el regreso. ¿En dónde están? Hay que caminar 10 cuadras más.