Edición 386

Crónica de una visita y de un retorno

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Era la primera vez en 105 años de reposada vida municipal que un presidente en ejercicio visitaba Montebello, mi pueblo de 7 mil habitantes y 83 kilómetros cuadrados que abandoné a los dos años y al que he vuelto para desatrasarme de nostalgias.

Si como reportero he escrito noticias de presidentes a partir de Misael Pastrana (1970-74), ¿cómo no cubrir esa primera visita presidencial al pueblo que me vio berrear?, me pregunté. Solicité viáticos domésticos de confianza y en flota y con ropa de pontificar llegué hasta el coliseo local para asistir al XXX Encuentro de Dirigentes del Suroeste, con asistencia del presidente Iván Duque y de parte del blancaje paisa, incluido el gobernador Luis Pérez, quien lucía sonrisa y festiva chaqueta a cuadros como de restaurante... y de precandidato presidencial.

Si el jueves fue el día del gobernador con presidente a bordo, el miércoles lo fue en Medellín para el alcalde Federico Gutiérrez. Gobernador y alcalde emulan como presidenciables, dice la comidilla política local.

El jueves en mi pueblo, distante 54 kilómetros de Medellín, había gente hasta debajo del altar mayor de la Iglesia de adobe y ladrillo construida por el arquitecto belga Agustín Gooaverts, el mismo que tiene acciones en decenas de iglesias, y en el edificio ajedrezado de la antigua gobernación de Antioquia. (Claro que los antioqueños "aprendieron a rezar" en una iglesia de 477 años, levantada en el corregimiento de Sabaletas, la joya de la corona del turismo de la región). En 1941 en la iglesia de Montebello, a las cinco de la mañana, con otras 20 parejas, todas de riguroso luto, se casaron papá Luis y mamá Geno, y fue bautizado como Óscar Augusto un bello niño que sería el aplastateclas que escribe estas líneas. Si hubieran impuesto multas por parqueo de vehículos en la calle, la administración habría conseguido plata para renovar la fatigada y averiada tubería que trae el agua desde Palo Coposo.

Había visitantes de 25 municipios, bajita la mano. Todos ansiosos de darse su champú y coronar una selfi con el mandatario que lleva 71 días mandando. Pero el pueblo que "es culto por excelencia", como reza su divisa, no iba a incurrir en el desafuero de imponer sanciones.

El anfitrión Ferdinando Muñoz Álvarez, un alcalde-médico conservador que desaparecía debajo de su sombrero safari, tampoco habría patrocinado el despropósito. En Montebello, el jueves 18 de octubre fue insólito festivo entre semana. En las casas ondeaban banderas de Colombia y del pueblo construido "contra la voluntad de Dios" por su arisca geografía.

Cierta oposición dice de Montebello lo que Tomás Carrasquilla escribió de su pueblo Santo Domingo: que es feo, faldudo y frío. Los montebellenses perdonamos la triple ofensa contra el Nido de Águilas o Montebravo, sus primeros nombres. En esa calumniada trinidad radica su belleza, decimos los lugareños así hayamos abandonado pronto su paisaje.

Mientras hacíamos tiempo a la espera del helicóptero oficial que finalmente llegó entre la neblina, saludamos y redistribuimos el ingreso con personajes típicos del pueblo, y tomamos tinto en los cafés Montebello y Montebravo preparado por la Asociación de Mujeres Emprendedoras de Montebello, AMEM. El café artesanal es producido con grano de la región, no vayan a creer. Y se vende en distintos empaques y supermercados. Ojalá al presidente Duque se la haya ocurrido llevarle de regalo ese café al papa Francisco.

Toda la jornada me la pasé con un oído y el ojo atentos a la primera visita presidencial que dejó listo un convenio a varias manos que irrigará créditos del Banco Agrario por 487.500 mil millones para impulsar actividades de pequeños cultivadores. Aplauso en los tendidos cuando se produjo la firma. Quedó pendiente otro dinerillo para conectar los pueblos del suroeste con las grandes autopistas. Si no, valiente gracias las benditas autopistas. Con el oído y el ojo restantes activé el espejo retrovisor de mis recuerdos y nostalgias que he acumulado del pueblo de mis mayores que no visitaba hacía 23 años. Mientras llegaban los de arriba, con mi guía José Octavio Bedoya, montebellólogo de ley, realicé un tour que incluyó visita a las dependencias de la desierta alcaldía. ¡Sorpresa! En una placa encontré los nombres de los presidentes que ha tenido el Concejo municipal.

Allí estaba el nombre mi abuelo Lubín Giraldo López quien presidió el Concejo en nueve ocasiones desde 1935 al 45 cuando ocasión de nacer... "Estoy jugando de local", me dije sacando pecho así me conozcan más en el Kremlin y en el Vaticano que en mi terruño.

No todo era hacer política y cultivar la tierra de lunes a viernes en su finca de El Encenillo: el abuelo Lubín se las apañó para amasar con su esposa Ana Rosa Jiménez Rojas una culecada 18 hijos sin contar seis "novedades". Mi abuela, de La Ceja, municipio del que se desgajó Montebello, vivió 101 años. O sea que era montebellense, con el perdón de los cejeños. Recordé, menos alegremente, que debido a su activismo político, a mi abuelo liberal le tocó salir pitado del pueblo a raíz de la violencia que se desató con el asesinato de Gaitán. Voces conservadoras amigas le hicieron saber que la chusma lo quería lejos del marco de la plaza y de su casa en la vereda El Bosque. Detrás del abuelo salimos sus hijos y nietos. Nos acogieron en Medellín barrios populares como Manrique y Aranjuez. Somos, pues, integrantes de la forzosa diáspora liberal y conservadora, como millones en el país del Sagrado Corazón. Mientras el reloj trituraba minutos a la espera del primer presidente que hacía su cuarta visita a Antioquia (en la mañana asistió a los actos que recordaron la matanza de Machuca por el ELN. De todas formas, los habitantes le pidieron a Duque mantener el diálogo con sus verdugos), miro y remiro el cerro El Rodeo porque de niños nos asustaban con el cuento de que se iba a derrumbar y taparía el pueblo.

Fue el primer falso positivo que escuché. El culillo que nos generaba esa "noticia" era apenas comparable con el que sentíamos con los cuentos que oíamos de la Llorona y la Patasola que se dejaban sentir en el sector llamada Las Delgaditas. O con el terror-pánico que nos provocaba la carretera destapada, una trocha de 12 kilómetros en invierno, entre Versalles y Montebello, hoy totalmente pavimentada.

Finalmente, se oye un rumor lejano de helicóptero y entonces decidimos instalarnos en El Alto, donde alcaldes y dirigentes del suroeste barajan soluciones para los achaques de la región. Primero llegó el mejor telonero del presidente Duque: su gurú el expresidente y senador Álvaro Uribe Vélez quien se quedó con parte de las existencias reguladoras de aplausos que se gastaron ese día los asistentes. Mientras los oradores se desgañitaban con eternos saludos a los invitados y echando discursos para nadie, el senador Uribe constató que su gloria no tiene fin.

Hasta que llegó el presidente Duque, a quien le respiraba en la nuca el gobernador Luis Pérez, indiscutido ganador de la jornada. Duque llegó a bordo del sombrero que heredó de su padre. Que no falte un poncho paisa, y el dedo pulgar que levanta en señal de saludo o de aceptación, y la mano en el pecho, herencia uribista.

Duque, de lejos, también jugó de local. Recordó que el "presidente" Uribe hace tiempos le habló de la importancia de estos encuentros de la dirigencia maicera del suroeste. No pocos de los asistentes tenían lista la hoja de vida por si el presidente busca quién se sacrifique desde el poder... Mejor si la chanfa es en euros diplomáticos. Al final de su discurso-balance de los primeros setenta días de gestión, el presidente preguntó, dirigiéndose al obispo que le impartió su bendición apostólica, cómo se las ingenió Dios para hacer tantas cosas en solo siete días. Luego sintetizó todo lo que ha hecho por Colombia en apenas dos meses.

Mencionó avances en lucha contra la droga, diálogo social, seguridad, créditos para vivienda, recursos para la educación, apoyo a productores del campo y la pequeña empresa, simplificación del papeleo, lucha contra los corruptos y relaciones internacionales. "Ahora sí tenemos presidente otra vez", murmuraban mis vecinos que aplaudieron como si el mundo nunca se fuera a acabar.

El presidente remató la faena diciendo que la presidencia no es para halagar la vanidad ni buscar premios, pero confesó que le gustaría que al final de su gestión lo nombraran alcalde honorario de algún municipio. Lo decía por el exministro y exembajador Fabio Valencia Cossio, quien en primera fila, lucía radiante la banda de alcalde honorario de Montebello, la tierra de sus ancestros maternos. Y colorín colorado...

Fotos

1.- El presidente Duque llega en helicóptero a Montebello, antes Montebravo. (Foto de Willtheman Cuervo)

2.- El exministro y exparlamentario Fabio Valencia Cossio recibe la banda que lo acredita como alcalde honorario de la tierra de

sus ancestros maternos. (Foto Alcaldía).

3. El presidente Duque carga una niña montebellense (W. Cuervo).

4.- Selfi de Oscar Domínguez Giraldo con el fondo de la Iglesia donde se casaron sus padres y fue bautizado.